Se sabe inmune y se siente impune. Los fluídos de su escroto son la ley, su voluntad es código y su palabra es reverenciada desde Montserrat a la Moncloa, haciéndose regia en el silencio de la Zarezuela, donde los Borbones timoratos la escuchan en silencio, con más miedo que respeto, elevando preces a los dioses del exilio para que el verbo de Torra no espabile a los peones camineros de la carretera de Cartagena, por donde el bisabuelito Alfonso se marchó sin pena y sin gloria a jugar al bridge en los tapetes del éxodo.

Hace de su capa un sayo y del sayo una armadura frente a la espada de la ley  que, por ser vos quien soís, permanece siempre en la vaina tal y como las sentencias contra él las mece la retórica y las duerme el tiempo en el limbo impotente del dejar hacer dejar pasar hasta que el tiempo las cubra de olvido. Torra vulnera todas las leyes y con el papel de sus sentencias se hace mascarillas contra la pandemia españolista porque sabe que el general Domingo Batet, español nativo de la Imperial Tarraco y miembro de una raza tan extinguida como los Almogávares, ni está ni se le espera. En esta hora de pigmeos, hombres como aquéllos no caben en los gallineros escleróticos que señorean, sin espolones y sin huevos, gallitos de sainete republicano como iglesias y Sánchez, como Urkullu y como Torra. No tienen media hostia, pero tienen muchos votos. Carecen de valor pero les sobra la chulería sin gallardía que derrocha el cobarde que sabe que se enfrenta al tonto que, ovillado en sus complejos, cree que la fuerza de la ley es fascismo y que la tolerancia con los apóstoles del hispanicidio es la quintaesencia de la democracia.

Torra está inhabilitado, y sigue en el ejercicio de sus funciones parlamentarias y presidenciales en Cataluña. Desde su ilegítima e ilegal okupación de cargos y atribuciones, la caricaturesca Justicia española se dirige a él, soslayando su inhabilitación, para advertirle de que no está facultado para decretar el Estado de Alarma en Lérida. Todo es esperpéntico; es como si la Guardia Civil en vez de detener al Carnicero de Mondragón en los Años de Plomo se hubiera limitado a advertirle de no estaba facultado para asesinar. Por supuesto, Torra se pasa por el forro de la barretina el pellizco de monja de la cómica Justicia española, decreta el Estado de alarama y... no pasa nada.

¿Por qué? Pues porque Torra sabe que el general Domingo Batet ni está ni se le espera, porque Torra es el genuíno representante del español antropológicamente retratado por el regeneracionista Ángel Ganivet cuando decía que “todo español lleva en el bolsillo una Constitución con un solo artículo que dice: este español  está auorizado a hacer lo que le salga de los cojones”, y porque Torra es la prueba empírica de lo que en solemne ocasión afirmó el presidente del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes: “La ley en España es para los robagallinas”. Y Torra es solo un robapatrias que, en esta España de gallinas con Síndrome de Estocolmo, ni siquiera es delito si el robo se perpetra democráticamente.