De aprobarse el proyecto de Ley presentado en las Cortes con la denominación equivoca de “Ley de Memoria Democrática”, dejaría de existir en España la democracia; mantenerse en vigor la Constitución y se entronizaría, con Corona o sin ella, una republica comunista bolivariana. Avisados quedan los amantes de la libertad formal; los defensores de los equilibrios; los postulantes de la ponderación; los ecuánimes defensores de la nada; y los tontos útiles de siempre. Esta ley ataca, sin ambages, los fundamentos de la Constitución, la convivencia política y la libertad de opinión, expresión, cátedra y manifestación, basamento de cualquier democracia y estado de derecho que se precie. 

Como sólo los niños y los pedantes expresan lo primero que se les ocurre sin mayor miramiento; la rueda de prensa de la vicepresidenta, Carmen la de Cabra, para justificar la totalitaria ley, reeducadora de la historia, le salió una descarnada ocurrencia: “…es una asignatura pendiente de nuestra democracia”. Dado el rasgo distintivo del gobierno en su solvencia cultural, quedó simpática la alusión a la asignatura pendiente. Lo pendiente también es su vacuo escepticismo, su inmoralidad evidente, su sectarismo patológico, su hemiplejía impostada de la historia; sino su inconsciente dogmatismo.

Sabíamos que Pedro Sánchez es un mentiroso compulsivo; también que resulta un tramposo académico. Nos dicen que un ególatra sin límites y, quien sostiene desde un prisma psiquiátrico, que es un psicópata peligroso. Lo cierto y de lo que no me cabe duda, a tenor de sus actos, es que “no es un demócrata”. Pues la esencia de una democracia es el respeto al derecho ajeno; la libertad de pensamiento, palabra y obra; la igualdad ante la ley; el respeto a la independencia de quien tiene que imponer esa ley cierta e interpretarla. Por ello concluyo el diagnostico de que Pedro Sánchez es un falsario de la democracia y su Ley de Memoria Democrática, la mayor evidencia.

Siendo objetivo en el rigor de los hechos; resulta incalificable la conducta humana, cualquiera que sean las motivaciones ideológicas, de quienes se valieron de un poder sin limites para profanar la tumba del soldado que mejor sirvió a España, al menos, en el siglo XX, y del estadista más preclaro desde los Reyes Católicos. El sufrimiento padecido por quienes defienden, desde la Fundación, el inmenso legado de Franco para España y su pueblo, acompañando a la familia, en soledad, frente al despotismo estatal, merece admiración y respeto. El comportamiento ha sido impecable en su defensa, desde su presidente Juan Chicharro, hasta el último miembro de su Junta Directiva y Patronato. ¡Todos ellos solos frente a la impostura política! 

Todos han dado lo que de ellos se esperaba y deben sentirse orgullosos de su labor, pues si momentáneamente se les ha privado de la victoria, no del honor del combate más difícil y contra el Leviatán del Estado. El mayor enemigo dispuso de todos los medios a su alcance; incluidos los de la cobardía, complicidad, dejación de funciones y traición de todas las instituciones de la sociedad y del derecho, para poder triunfar. Así cometieron una de las mayores infamantes felonías que se recuerdan en la historia de España.

Frente a la sinrazón de la fuerza que representa, en un Estado, el actual gobierno; solo cabía oponer y así se hizo, la fuerza de la razón. La razón histórica, que conculca una Ley de ingeniería social, cuyo falsario relato, se viene imponiendo en España desde hace quince años, sin que a la derecha (PP) le importe, pues no fue derogada durante los más de ocho años de su gobierno. La razón política, de una izquierda totalitaria que ve en el pasado el espejo de su fealdad, y en el futuro la ausencia de mensaje capaz de resolver los retos que hoy nos acongojan. La razón jurídica, de un estado de derecho, garante de la democracia, que viene siendo horadado desde 1982, por la política de nombramientos, control y ascenso judicial, hasta convertirla en “la justicia del poder” más propia de los siglos XVII y XVIII.

Contra estas tres espurias razones históricas, políticas y jurídicas se enfrentó la Fundación Nacional Francisco Franco; entidad cultural privada, no política, sin ánimo de lucro, y que nunca ha pretendido el dinero del poder acomodaticio o corruptor y sí la defensa de la verdad histórica objetivable y la libertad de los historiadores para fundamentar cualquier teoría, por equivocada que parezca. Es la libertad, lo que defiende la Fundación. Es el derecho a la dignidad familiar e histórica, lo que esgrime la Fundación. Es la razón del respeto al interés general de saber lo ocurrido, antes de que tú nacieras, lo que auspicia la Fundación. Todo ello merece la victoria, por ser consustancial a nuestra civilización greco-romana-cristiana.

¿Porqué hurtar a las generaciones venideras todo conocimiento sobre su inmediato pasado, mientras la propaganda partidista de sus enemigos, derrotados en 1939, hacen el trabajo de blanqueo de la II Republica y la demonización de Franco? ¿Qué interés esconde tal proceder? Y, sobre todo, ¿Qué ventajas comporta?, para salir de la actual crisis institucional, política y económica en que nos encontramos ¿Qué puede aportar la experiencia y el conocimiento riguroso del pasado? Entendemos que mucho, tanto como para llenar la indigencia intelectual con que se ha mirado en estos cuarenta años.

La Fundación en su triple combate, didáctico, dialectico y ético, encuentra escaso acompañamiento social, debido a la anestesia colectivista de lo “políticamente correcto”, unido a la amnesia cobarde de lo considerado superfluo y a la apabullante propaganda de tópicos denigratorios, lo que hace más dificultosa la defensa de la memoria y obra de Francisco Franco.

Frente a semejante tropelía, la Fundación denuncia lo que entiende como una derrota de la democracia. Qué Pedro Sánchez no puede ganar la guerra civil con 80 años de retraso. Qué el grotesco espectáculo mediático no le va a reportar votos. Qué perseguir a una familia hasta retorcer el derecho, no va a pasar desapercibido en la ciudadanía. Qué el tener todos los medios de comunicación/intoxicación a su servicio, no bastará para doblegar a la opinión publica. Qué un sistema político, sea o no, democrático, no puede decidir donde, cuando y de que manera se entierra a los muertos. Qué no se puede legislar contra la historia. Que legislar sobre y contra la verdad histórica, es un ejercicio totalitario del poder.

Las consecuencias que esta conducta comporta, resultan siempre ajenas a la ética y la deontología profesional o política. Vuelve el Partido Socialista a ser el mayor obstáculo para preservar la libertad, la justicia y la democracia en España. Recuerda, Pedro Sánchez, a sus antecesores de la II República, de quienes Azaña refirió, asqueado, al final de la guerra civil, como: “…tabernarios, caterva de botarates de codicia y de botín, incapaces de ningún ideal superior…”.

Seremos Alcázar inabordable e indestructible y no rendiremos la plaza, por muy duras que sean las pruebas y mucho lo que debamos sufrir; nada comparable con lo pasado por nuestros antepasados del Alcázar de Toledo, del Cuartel de Simancas, de Santa María de la Cabeza, de los defensores de Oviedo, del Cuartel de la Montaña, o de los asesinados en Paracuellos del Jarama, a los que siempre honraremos y mejor dignifican nuestra historia reciente. Hoy, Pedro Sánchez, como ayer, Largo Caballero, ya anunció nuestra derrota y con “prismáticos fiscales” pretende ver nuestra voladura controlada.

Desconoce la incapacidad de rendir a quienes viven dotados de un ideal trascendente al que han jurado servir, como nuestros antepasados; desconoce que antes de sonreír sabremos ahogar las lagrimas, como los sufridos españoles en esta epidemia tridimensional; desconoce que consideramos tanto el triunfo, como el fracaso, como a dos impostores; ignora el nervio oculto de la vitalidad hispana que ante la dificultad suprema, prefiere encontrar honrada muerte a tener muy larga vida, pero jamás se rinde.

No acudirá a nuestro auxilio el Generalísimo Franco, ni se adelantará el General Varela con un grupo de legionarios o regulares. A socorrernos acudirá, ya lo hace, lo mejor y menos contaminado del pueblo llano español, las élites más valientes y honestas; quienes conocen la gravedad e injusticia de nuestra posición; aquellos que abandonaron la equidistancia y han vuelto a la convicción de la trascendencia del reto; españoles de toda laya y condición cuyo patrimonio es amar la verdad e ir en su búsqueda, sin aceptar una España pobre y rota.