Mientras ese pobre diablo que soñaba con tomar los cielos al asalto pulula de tertulia en tertulia, a ver donde le dejan repetir sus ocurrencias de niño consentido por el Sistema, a la izquierda de Pedro Sánchez empieza a destacar la figura de Yolanda Díaz, actual ministra de Trabajo y vicepresidenta del Gobierno, cargo que por supuesto no hubiese podido soñar ni en su noche más maravillosa. A Pablo Iglesias le sobraba matonismo y chulería, y se fue por la fosa séptica del Sistema al alcantarillado de los medios privados donde todavía puede ladrar un poco. Su sustituta en Podemos ha preferido cambiar el tono bronco, las amenazas y los insultos por las formas elegantes y los vestidos de Chanel. Pero sin renunciar, por supuesto, a la reivindicación del comunismo, que es el nefasto hilo conductor de ambos personajes.
 
Para entender quién es y a qué juega Yolanda Díaz, es necesario entender antes lo que pasó con Podemos desde su nacimiento, en las plazas con olor a orines del 15-M y su descalabro final tras las elecciones de mayo en Madrid. Lamentablemente, el "periodismo" ha dado palos de ciego en este asunto, y los analisis sobre el fenómeno podemoide han ido siempre de la confusión a la precipitación, y viceversa. Porque ni el 15-M fue nunca otra cosa que una estrategia marxista para resucitar su corpus doctrinal lleno de cadáveres y polillas, ni Podemos ha sido nunca otra cosa que un intento desesperado de vestir el cadáver del comunismo con una mortaja más juvenil y almidonada. Y Pablo Iglesias fue, como mucho, el más listo de una clase repleta de zoquetes y de vagos.
 
A Iglesias le duró la fuerza en la boca lo que le duró su conformismo proletario de piso en Vallecas y pantalones de Alcampo caídos. En cuanto el Sistema le abrió sus puertas de par en par (gracias a las bendiciones del "periodismo" paleto), y él empezó a beber las mieles del poder, Irene (con esa sabiduría eterna de las mujeres) le convenció para cambiar el barrio de obreros de clase media y aceras melladas por la vivienda de sus sueños húmedos capitalistas. Un cuartel de invierno en Villa Meona, con caseta para el perro y piscina climatizada, gracias a un préstamo extraño de la Caja de Ingenieros.
 
Cuando Isabel Ayuso le despertó de sus glorias de pequeño Lenin de dientes arreglados, Pablo se cortó la coleta y se puso un pendiente, dejando el escaño que le correspondía en la Asamblea de Madrid, allí en Vallecas, para colaborar con el Grupo Prisa y con Jaime Roures, metiendo a España el comunismo en vena, esta vez desde los medios de propaganda privados. Y su puesto en Podemos, después de una interinidad plagada de frikis (con los dobles de Tom Petty y de la "niña de la curva"), se la ha quedado Yolandísima, mujer que levita sobre sus Manolo Blanhik y que ha entendido que se puede llegar al mismo cielo del marxismo sin necesidad de pasar fatigas con la lucha de clases.
 
Esta comunista, hija de comunistas asturianos, lo mismo acude a una audiencia con el Papa Francisco que da un reportaje a una revista de actualidad posando como si fuese Rita Hayworth. Pero luego se presenta en el congreso de Comisiones Obreras y se arremanga sus blusas de seda en los mítines, entonando La Internacional, porque en realidad a Yolandísima las expoliadas clases medias le importan lo mismo que a Carlos Marx y a Federico Engels. Le importan tanto como a Pablo Iglesias los problemas de la gente corriente. Le importan tanto como a Santiago Carrillo los miles de inocentes asesinados en Paracuellos. A un marxista es imposible que le importe el prójimo, salvo que pueda pisarlo para subirse encima.
 
Y así, pues, Podemos, esa cosa difícil de definir que creció gracias al dinero fresco que llegaba desde el otro lado del Atlántico, vive hoy esta segunda juventud con olor a Versace y a Carolina Herrera, porque yo lo valgo, un comunismo 5.0 de melenas rubias al viento y oligarquía de frikis en contraste, como Alberto Garzón, el enterrador de industrias cárnicas, e Irene Montero, hoy madre amantísima de sus hijos, en evidente ausencia del macho alfa sin coleta. Podemos es una especie de cuadro abstracto pintado por un borracho. Pero el año que viene hay elecciones, y a Pedro Mentiras le inquieta que, por su izquierda, alguien pueda hacerle sombra. Podría ser la sombra del tucán..., pero en realidad, es Yolandísima.