A Robert Hare, Iñaki Piñuel y Zabala, Antonio de Vicente, Hugo Marietan, Natasha Lopera, Tabatha Lepe y Omar Rueda (7 de una lista posible de varias docenas de especialistas consultados), por toda la luz que nos ofrecen para comprender y combatir el alma oscura y el modus operandi de los psicópatas integrados y los narcisistas malignos. Al resto de los que he leído y sobre todo escuchado, me comprometo a irlos citando en sucesivos escritos.

Conozco sufridamente la experiencia del narcisista maligno o el psicópata integrado que depredan en el ámbito familiar.

Es devastador el daño que ocasionan estos depravados que solamente se idolatran a sí mismos. Desde acabar separándote y enemistándote de tu propia familia (a base de difamarte, denigrarte, hostigarte, presentándote siempre como culpable, victimario, necio, loco, malvado, ruin, mal hijo, mal hermano, mal nacido, maligno, tóxico...), hasta pretender desheredarte en vida, el espectro del odio, la envidia y el egoísmo enfermizo que alcanzan a manejar estos trastornados es una auténtica pasada.

Actuando así contra un hermano, por ejemplo, ¿cómo luego pueden alardear de que aman a los otros hermanos y a los mismísimos padres? Desde luego, no descubro nada si afirmo que para la gran mayoría de los especialistas en estos asuntos, por no decir todos, los narcisistas malignos y los psicóptas integrados no aman a nadie; a lo sumo, se aman a sí mismos y mal.

Corroídos por una envidia enfermiza o patológica, carentes o huérfanos de empatía, endiosados en ese falso yo grandioso que en verdad esconde un atroz vacío existencial, en consecuencia, no pueden amar genuinamente a nadie. Sus relaciones con los demás son o comportan, dicho a la manera de Iñaki Piñuel y Zabala, experiencias de amor zero.

A estos seres sin alma (desalmados), sin escrúpulos, sin empatía emocional alguna, sin conciencia moral, siempre pendientes de su imagen y buscando la adulación y el aplauso de sus incondicionales, en verdad los demás les importan un pito; incluidos en este los demás el esposo o la esposa, los hijos, el padre, la madre, los hermanos, los supuestos amigos...

Lo mismo encantados de humillar a los otros que empeñados en estar siempre en primer plano, como actores principales, como únicos protagonistas de la película, estos seres a tope malignos son consumados imitadores del mítico Narciso, de suerte que solo se aman (y malamente, claro) a sí mismos. Para la cual adoración organizan en su mente calculadora y fría, en la que no sienten emociones, que los otros son como piezas de un ajedrez que mover y usar según conveniencia propia.

Convencidos de que tienen siempre la razón y de que no se equivocan nunca, por lo cual no se sienten impelidos o exhortados a pedir perdón a sus víctimas por todo el daño que les causan (impacables, intachables), no se hacen querer sino todo lo contrario: resultan odiosos.

Qué grado de maldad, Dios mío. Desde la nula vergüenza y el cinismo de negar contra toda evidencia el maltrato psicológico que perpetran contra las víctimas inocentes, hasta el pretender hacerse pasar por garantes de la verdad, la honestidad, la asertividad, el diálogo cálido y constructivo, la razón abierta a lo trascendente y el juego limpio sin marrullerías en todo diálogo con los otros, cuando no son sino la mentira personificada.

Son ellos mismos la mentira elevada a la categoría de megalomanía. Son la mentira personificada porque su falso yo endiosado y su complejo de superioridad son mera mentira: cáscara, vacuidad, ausencia de substancia, carencia de fondo, ausencia de vida interior.

Un constructo de cartón piedra tras el que se esconde una vacuidad de espanto, un viejo yo herido y acomplejado que dejaron en algún rincón remoto de la infancia, una tenebrosa ausencia de vida interior, y un tremendo complejo de inferioridad que tratan de salvar y suplir con su megalomanía, la megalomanía del psicópata.

Seres desalmados, atrapados en su sola malevolencia (disfrutan haciendo sufrir al otro, ¡se descojonan cuando causan daño a sus víctimas inocentes!), sin conciencia moral, sin fondo, sin substancia, en definitiva son la mentira personificada porque detrás de esa fachada o máscara que los presenta como seres magníficos, excelentes, ideales, perfeccionistas, honestísimos, generosos, siempre atentos, serviciales (vamos, lo que se dice personas de irresistible encanto), se esconde un monstruo perverso lleno de odio, envidia y celos patológicos, maldad, ruindad moral, vanidad, megalomanía, nula empatía emocional, resentimiento, cero entrañas de misericordia, irracionalidad, absurdez, nula conciencia moral, y cero remordimiento ante el sufrimiento que infligen a sus víctimas inocentes...

Ciertamente, te da mucha rabia el solo comprobar cómo la soberbia de estos seres malignos, que de humanos tienen tan poco, les lleva a mirarte con desprecio, siempre por encima del hombro, rebajándote a la condición de cosas de usar y tirar, inferiores en todo a ellos (no en balde seres que se tienen a sí mismos por excelsos, casi semidioses que nunca pecan ni se equivocan ni, casi ni que decirlo habría, se rebajan a pedir perdón por sus muchos daños infringidos a sus víctimas).

Y te da mucha rabia, desde luego, y sientes demasiada impotencia y dolor en el alma, cuando te llaman necio y loco (dos de sus acusaciones o insultos favoritos), para así tratar de estigmatizarte, anularte, infravalorarte, despreciarte, desacreditarte ante los demás: un loco es alguien que emite oponiones pasadas a través de su desequilibrio cognitivo mental; ergo, acusar al prójimo de que está loco es pretender convertirlo en presa o víctima potencial del psicópata integrado y el narcisista maligno.

Refinados maltratadores, traidores de la confianza y de la reciprocidad, mentirosos compulsivos, manipuladores, empeñados en lastimar al prójimo, en empequeñecer a sus inocentes presas para engrandecerse ellos, si no fuese por todo el espantoso y dramático sufrimiento que causan serían no más que para mearse de la risa, ante la simpleza de sus mecanismos de control, de agresión y de violencia psicológica (más simples que el mecanismo de un muñeco).

Pero no, porque el daño y el sufrimiento que son capaces de inflingir a sus presas, sin por ello experimentar el más mínimo sentimiento de culpa, de piedad y remordimiento para con la víctima inocente, es -ya lo hemos dicho-, devastador.

Dios nos dé fortaleza y capacidad de discernimiento para alejarnos lo más posible de todos estos seres malvados, tóxicos, malignos, dañinos, perversos hasta lo inimaginable o indecible. Seres que, en las antiguas religiones más apegadas a lo mítico, eran invariablemente calificados de demoniacos, dado su insoportable nivel de hipocresía moral, doblez, maldad, cinismo, vampirismo o parasitismo emocional, y nulo remordimiento ante todo el sufrimiento que causan a sus víctimas inocentes.

De manera que, según titulamos este escrito, en efecto "tanta perversa maldad sí que provoca ganas de llorar amargamente". Solo que estos seres que han elegido el camino del mal, el camino de causar sufrimiento al prójimo, como modus vivendi y modus operandi, no merecen nuestras lágrimas y sí nuestro irrevocable contacto cero; irrevocablemente cero, también frente a sus lágrimas de cocodrilo.

Porque cada uno de nosotros además, y más en particular las víctimas de estos monstruos perversos, somos empáticos, frente a ellos, que son seres sin alma, desalmados, fríos, implacables, de mente perturbada por cerrada a lo empático emocional. Seres empáticos, sí, seres humanos plenos, de carne y hueso, pecadores, normales, falibles, llenos de luces y de sombras, de pecado y virtud, de cualidades y defectos, precisamente frente a ellos, que se autoconsideran semidioses (perfectos, infalibles, impecables, intachables...).

Luis Henríquez Lorenzo: profesor de Humanidades, educador, bloguero, militante social, escritor.