Refutando las falsedades, omisiones y ocultaciones del reportaje emitido por TV el pasado 23-F sobre aquel histórico pronunciamiento militar (mal llamado “golpe de Estado”), es de justicia emitir un juicio moral-sociológico, desde la estricta doctrina católica, en defensa y desagravio del nuevo Cid español, patriota católico, épico en la historia ya imborrable, sin la leyenda del héroe del siglo XII, Diaz de Vivar.

En teología moral católica, hay que considerar tres cuestiones fundamentales: hechos objetivos, intenciones y medios.

 

1º. – Los hechos fueron la toma militar del Congreso de los Diputados intimidatoriamente, como manifestación de unas quejas contra situaciones nacionales intolerables por su anarquismo práctico, inmoralidad autodestructiva, terrorismo bárbaro y desintegración nacional independentista, ante un régimen liberal, sobre el vano cimiento de una Constitución atea y antiespañola, votada por engaño y sin el aval moral del conocimiento real de sus votantes. –

2º. – ¿Intenciones de aquella aparentemente tiránica entrada sorpresiva? Restablecer el orden público, erradicar en dos días todo posible terrorismo, combatir el separatismo de dos regiones que ponían en peligro la unidad nacional con la legalización de sus banderas separatistas. Unidad católica de la multisecular España con su moral de derecho divino-positivo en legítima defensa y acorazarse contra todo posible brote del derrotado marxismo-liberal. Todo ello haciéndose eco de la grave advertencia de Franco en su testamento: “No olvidéis que los enemigos de España y la sociedad cristiana están alerta”.

3º. – Medidas usadas: advertencia ante las Cortes congresistas como un “¡Alto al carro!”. “Nada va a pasar; permanezcan esperando una autoridad militar que dispondrá”, y bajo la autorización del supremo Jefe de las Fuerzas Armadas, el rey Don Juan Carlos I.

 

Medios incruentos por imperativo de la fuerza de la razón contra la razón de la fuerza.

Un golpe de Estado es un vulgar atraco al poder, como quien atraca un Banco para llevarse el botín. Pero un pronunciamiento militar es un toque de atención al poder gubernativo cuando por comisión u omisión incumple sus funciones de justicia y defensa de los inocentes y demás exigencias direccionales, ante el timón del barco nacional.

Es buscar una autoridad que no existía, abandonada a una libertad sin Dios, como escuela de huérfanos abandonados, sin maestro y sin padre-caudillo, ausente y traicionado por el nuevo sucesor en quien confió Franco, pero el nuevo inquilino perjuró de sus sagradas funciones católicas y antiparlamentarias, convirtiendo el cambio político en una ruptura con el pasado tradicional católico español.

El Teniente Coronel don Antonio Tejero Molina protestó así: contra el perjurio de un monarca que nos estaba metiendo en una espiral desintegradora de la Patria, a las órdenes de poderes ocultos masónicos, antiespañoles.

Protestó contra el peligro de ruptura nacional que se estaba gestando en Vascongadas y en Cataluña.

Protestó contra la abolición de la católica pena capital, para los enemigos del orden público, ante la masacre casi diaria de militares, civiles y policías.

Protestó contra la inmoralidad facilitada por una Constitución que destruía la familia: el crimen horrendo del aborto.

Protestó contra las “nacionalidades” autonómicas, parasitarias contra la economía nacional y la unidad.

Protestó contra el clima de degeneración moral de la juventud, por aquella ola pornográfica del “destape”.

Protestó contra una política que nos abría las puertas a todo lo que representaba ataque a la salud religiosa, tradicional, jurídica e histórica-martirial de la reserva espiritual de Occidente.

Fue la triple deslealtad borbónica:

En política, la conversión al liberalismo del rey y su monaguillo, Adolfo Suárez.

En la columna militar, Gutiérrez Mellado, descafeinando la milicia en un ejército de mercenarios a las órdenes de la ONU y no de la defensa nacional: soldados que ya no sirven ni para morir ni para matar.

Y en el ámbito religioso, la Iglesia con el pasotismo de la falsa libertad religiosa, permitiendo sectas, cómplice con la Constitución atea que promovió cayendo en la cobardía de perdones contra la gloriosa historia de la “Undécima Cruzada” del 36, así llamada por el Papa Pío XII, hasta el escándalo supranacional inaudito de la complicidad en la profanación sacrílega de la tumba de Franco, con quien España, la Iglesia Católica y Europa, tienen una deuda impagable.