El Rey no abdicó, desertó. Aquel 14 de abril de hace noventa años se estrenó el último acto de la tragedia que los españoles empezaron a escribir al finalizar la Guerra de la Independencia. La tragedia cuyo relato abrasa con acercarse sólo a mirarlo, que llenó de fuego y de sangre todo el siglo XIX, que arrastró a la Nación al borde de su disolución física en 1873 con la primera, breve y calcinante experiencia republicana, y que dejó a España sin misión y sin propósito en 1898 con la pérdida de las últimas provincias imperiales. Vieja y fatigada, ajada y vencida, culpándose a sí misma, flagelándose con los versos y la prosa de los líricos de la derrota, profetas del pesimismo, apóstoles de la Leyenda Negra, España entra en el siglo XX con las legañas decimonónicas en la mirada, los cayos de las Guerras Carlistas en las manos, la infamia del federalismo disolvente en el mapa de su Historia y con el alma vacía.

Un pueblo sin alma colectiva que se lamía las heridas en los tendidos del Ruedo Ibérico, sin sol en sus banderas y sin mas clarines que los de la aldea se amontonaba en los rediles que fueron la antesala del matadero de la II República. La trajo la derecha política e intelectual, la asaltó la izquierda que no la quería más que como gatera de la Revolución Bolchevique, y la deserción del Rey, que se llevó la Corona y traicionó la legitimidad de la victoria de las candidaturas monárquicas en aquellas elecciones municipales, le dio patente de necesidad a la proclamación de la II República, nacida en el pesebre de un pucherazo electoral y acunada por los hijos de Caín que odiaban a la Mater Hispania. Fue hace noventa años. No parece que fue ayer. A mí me parece que es mañana. ¿O es que no lo veis?