La máscara ejerció desde siempre un poder fuerte e innegable en la cultura humana. Es un objeto potente, transformador, casi mágico que cubre el rostro y oculta la identidad de su portador convirtiéndolo en otro. Lo transforma en algo diferente y que en realidad no es, para bien o para mal. La máscara no es la mascarilla higiénica, quirúrgica o FFP2 con las que convivimos diariamente, pero se le parece.

Desde un lejano origen tribal, la máscara, portada por el chamán intercedía entre los dioses y los hombres. En el pandémico mundo actual no ha perdido su fuerza, atracción, rechazo y su temor. Sin entrar en debates antropológicos o históricos, la máscara es parte sustancial de la cultura.

Mascara_02

La máscara y su portador, el enmascarado, han actuado a través del tiempo como una representación simbólica del poder, sea este religioso o político. El control social estuvo siempre relacionado con este instrumento que posee la fuerza del anonimato y la superioridad.

A lo largo de la Historia hemos visto cómo el poder de la máscara estuvo presente en nuestra vida cotidiana. Desde el guerrero samurái a El Zorro de la televisión, de Anonymous a V de Vendetta, de la Bocca della Verità al teatro chino, del kabuki japonés al grupo de rock KISS. Dioses y demonios, héroes y villanos, superhéroes y supervillanos, sectas y sociedades secretas, psicópatas y terroristas. Desde el KKK a la ETA, desde Fantomas a Batman, desde el hechicero de una tribu africana, a los EPI de las UCI, del carnaval de Venecia al Halloween americano, del fetiche de cuero y látex sado maso, a la abuela sentada frente a la ventana de la residencia que espera en soledad una visita negada.

Las máscaras han estado siempre y son más poderosas de lo que muchas veces sospechamos, y no me refiero solo a las que portan los pintorescos luchadores mexicanos. La máscara o la mascarilla, como versión sometida y subordinada de ella, han entrado en nuestras vidas por la fuerza. El rostro cubierto y la distancia social se han consolidado como los imperativos para seguir con vida en un mundo que ya ha muerto, tal como lo conocimos hasta el 2020.

Acabo de ver un anuncio de Amazon donde sus protagonistas, gente común de la calle, recibe alegremente los paquetes de Jeff Bezos con la mascarilla de rigor cubriendo sus rostros. Siguiendo con el televisor encendido, vemos que los programas de concursos televisivos pasaron de tener las gradas vacías a poner siluetas de cartón, y ahora el público asistente guarda las distancias de seguridad y porta mascarillas. Los telediarios conectan en directo con sus cronistas y corresponsales, incluso con sus periodistas en redacción o plató, también rigurosamente “enmascarillados”. Si tenemos el coraje de salir de casa y de llegar al Centro de la ciudad, observamos en los escaparates de las pocas tiendas abiertas, que sus maniquíes también van protegidos con la mascarilla. Mascarilla obligatoria en el exterior, en lugares cerrados, en las desiertas y distantes terrazas y ahora las sugieren también llevarlas puestas en las reuniones familiares.

Mascara_01

Los helicópteros sobrevolaron este verano las playas con altavoces recordado a los bañistas la obligación del uso de la mascarilla bajo pena de multa. Los “especialistas” ya sugieren practicar sexo sin besos y con las mascarillas colocadas como una versión distópica del “póntelo, pónselo” del siglo XXI. La visión de una pareja de recién casados “besándose” con las mascarillas puestas ya no merece comentario alguno.

Mientras tanto observamos acríticamente el contraste con las imágenes de pateras a tope de inmigración clandestina desembarcando en la costa bajo la mirada de los turistas, o la de las narcolanchas bajando tranquilamente el alijo de droga. En ambos casos ninguno de los recién llegados a la costa lleva mascarilla, ni tampoco sobrevuelan los terapéuticos y preventivos helicópteros policiales.

¿Vamos en camino de la adopción y aceptación de las mascarillas para siempre? Solo el tiempo lo dirá. Sin duda que la creación del hábito modifica nuestras vidas y muchas veces no hay vuelta atrás de ello.  Estamos viviendo un proceso paulatino y silencioso de una mutación de ingeniería terapéutica, y antropológica, más que social. El acelerado avance hacia una dictadura sanitaria, hacia un totalitarismo farmacéutico, un autoritarismo preventivo para una humanidad inmunizada de lo humano, avanza sin pausa mientras el tejido productivo nacional desaparece delante de nuestros ojos.

Las distancias, aislamientos, lejanías y desconfianzas conllevan inocular el miedo viral que inmuniza al hombre de su esencia como tal, del contacto de grupo, del amor, de la procreación, del nacimiento, del crecimiento, de la madurez, de la enfermedad, de la vejez y de la muerte. En definitiva, la modificación genética de la vida humana para poder adaptarse al Mundo de la Nueva Normalidad.

Ya hemos perdido lo táctil, el contacto de piel del próximo, del prójimo, el estrechar de manos, el abrazo. Vamos camino a convertirnos en drones quirúrgicamente desinfectados y pandémicamente protegidos por nuestro propio bien, según los operadores de la agenda globalista.

El rostro, signo primario de la identidad, se uniforma bajo mascarillas de distintas maneras, colores, protecciones y tamaños: reutilizables, de un solo uso, para niños, para jóvenes, adultos, para el coctel, la boda y funerales, eso sí, con la libertaria personalidad de la personalización textil. El objeto de protección anula la identidad personal y eso tampoco es casual. De este modo no hay gesto, se pierde la expresión de los sentimientos, se ocultan los matices emocionales, es el oscurecimiento del espejo del alma. La normalización de la anormalidad en la Nueva Normalidad y los nuevos cánones de belleza con el rostro oculto reemplazan a los antiguos advirtiendo que esto va para largo, quizá para siempre.

Un anuncio de una cadena de supermercados en Colombia reza “poner en pausa las sonrisas” ante la pandemia. El mundo entero parece estar en pausa poniéndose una mascarilla. Los poderosos supervillanos megalómanos enmascarados van ganando la partida, de momento. Tal vez cuando menos se lo esperen, las sonrisas dejen de estar pausadas y los rostros vuelvan a tener identidad soberana y a ser humanos otra vez. Ese día será el fin de la gran mascarada.

Mascara_04