Desde los primeros gobiernos de Felipe González en los años ochenta, la izquierda se ha apresurado a hacer lo necesario para cambiarle a España sus patrones morales y su identidad, a toda prisa, aprovechando cada año de legislatura para ponerlo todo patas arriba. Con esa visión curiosa de nuestra Patria que pasa a ser un cortijo de su propiedad cuando ganan las elecciones. Es entonces cuando desbaratan todo lo construido anteriormente, cuando reescriben el pasado con la ayuda de sus medios adeptos, y cuando elaboran leyes, casi siempre inicuas, que van invariablemente contra el Bien Común y contra la libertad.

La ley Celaa no lleva el sello de identidad de la ministra que le da nombre, sino del inquilino del Palacio de la Moncloa y de su vicepresidente segundo. Se ha elaborado sin contar con ningún consenso, sin apenas debate de la comunidad educativa y en contra del criterio de los mayores expertos en educación especial. Es una ley que perpetúa la vagancia y el mínimo esfuerzo, dejando que los alumnos pasen de ciclo con varias asignaturas suspensas; es una ley que atenta contra la educación concertada, en contra del derecho de los padres a educar a sus hijos como quieran. Y es una ley que consagra la aberración de que los alumnos españoles que viven en Cataluña no tengan el castellano como lengua vehicular en sus estudios.

Es de tal calibre el despropósito que difícilmente podríamos explicárselo a un ciudadano alemán, francés o británico sin que pensasen que hemos perdido la chaveta. La lengua de Cervantes, orgullo patrio y prueba del nueve de nuestra estirpe imperial, robada miserable y cobardemente a los niños catalanes, a quienes se empuja a tener que estudiar en un idioma de segunda b, válido sin duda como complemento a la educación ordinaria, pero de ninguna manera comparable al español, que es hablado por más de 500 millones de personas en todo el mundo. Es una ley que persigue hacer paletos, provincianos, a unos estudiantes que podrían educarse en la segunda lengua más hablada del planeta.

Bien es cierto que tampoco los gobiernos anteriores, con alguna honrosa excepción, hicieron mucho por defender el español en Cataluña y Vascongadas. Pero en este caso, además de este disparate de priorizar las lenguas regionales, la ley Celaa condena a la educación concertada prácticamente a la desaparición de aquí a unos cuantos años, suponiendo que esta aberración sobreviva a la actual legislatura. Partiendo de una de las características más nefandas del socialismo, que es pretender que todas las personas sean exactamente iguales, clonados unos de otros, en un supuesto igualitarismo que es contrario a la propia naturaleza humana. Sin entender que la riqueza de la humanidad consiste precisamente en que somos diferentes.

Se acaban de cumplir 84 años del asesinato de José Antonio Primo de Rivera, y 45 de la muerte del general Franco. Pero algo han debido hacer fatal los demiurgos de la actual democracia cuando hace unos días, en el pleno del Congreso de los Diputados, sonaron gritos de "libertad, libertad". ¿Pero no habíamos quedado en que desde 1975 los españoles recobraron esas libertades que de manera tan infame habían perdido durante la dictadura? Pues parece que no, porque en noviembre de 2020 casi la mitad del Congreso ha gritado "libertad, libertad" a este gobierno socialcomunista que, gracias a la pandemia, está ejecutando su hoja de ruta liberticida y antiespañola a marchas forzadas. Sin pedir perdón y sin pedir permiso, o sea, al modo marxista.

¿Cómo queremos que sean los hombres y mujeres del mañana? ¿Qué futuro van a tener, con estas leyes educativas que fomentan la pereza y la mediocridad, que sepultan en el ostracismo las asignaturas que más abren el cerebro y despiertan la inteligencia?, ¿cómo van a ser los catalanes, los gallegos y los vascos de mañana, con otra ley educativa que ignora el castellano, como si la lengua fuese cosa distinta que la herramienta que nos ha dado Dios a los hombres para que podamos entendernos? ¿En qué otro país, aparte de esta enloquecida y triste España, los alumnos no tienen como lengua principal la que es común en todo ese país, al margen de la región donde cada uno nazca, por esos hados del destino?

"Nosotros amamos a Cataluña por española, y porque amamos a Cataluña la queremos más española cada vez, como al País Vasco, como a las demás regiones. Simplemente por eso, porque nosotros entendemos que una nación no es meramente el atractivo de la tierra donde nacimos, no es esa emoción directa y sentimental que sentimos todos en la proximidad de nuestro terruño, sino, que una nación es una unidad de destino en lo universal, es el grado a que se remonta un pueblo cuando cumple un destino universal en la Historia". Así, con estas palabras habló José Antonio en el Parlamento, en 1934. Pero para hablar así, para pensar así, es necesario tener una cabeza y un corazón españoles. Lo que hoy tenemos en el poder es justamente lo contrario. Lo que tenemos hoy en el poder es justamente la anti-España.