Nomen est omen, ¡qué sabios eran los romanos! pues, querámoslo o no, tanto si lo sabemos como si lo ignoramos: el nombre lo es todo. El nombre no sólo nos identifica, nos define. He ahí a Rufián, al que por su conducta y su ejecutoria su apellido le sienta como un guante. Tanto es así que, si Rufián no fuera su nombre sería, sin duda, su alias, pues en verdad ese charnego separatista es un auténtico rufián español. Como tal se comporta y se conduce. Nunca son inocentes ni espontáneos nuestros nombres, tampoco los que le otorgamos a nuestros descendientes y a nuestras cosas. El bautizo es siempre un sacramento, religioso o pagano, pero un sacramento. Cientos de miles de niños españoles nacidos en la posguerra fueron bautizados con el nombre de José Antonio, ellos, y Victoria, ellas. ¿Casualidad? No. ¿Multitudinaria y espontánea coincidencia? Tampoco. Cuando a Julio César le preguntaron qué quería ser, respondió. “César o nada”. O sea, lo que él iba a hacer en su propio nombre, con su nombre y de su nombre: Roma, el Imperio.

Los dos barcos del Rey Juan Carlos se llaman Bribón y Fortuna. Nomen est omen. Nombres muy apropiados para la flota de Pablo Escobar, para las naves de Bárcenas o para los barcos de cualquier rufián del PSOE, pero no para los barcos, si quiera sean de recreo, de un Rey de España, aunque sea un Borbón y se llame Juan Carlos. Ni por esas debe el Rey gobernan unos barcos llamados Bribón y Fortuna, pudiéndoles haber bautizado, por ejemplo, no sé, digo yo, se me ocurre, así a vuela pluma: Lepanto y Churruca.

Si además al Bribón del Rey, Juan Carlos le hace navegar conjugando el verbo regatear que, al margen de su acepción deportiva, en la mar y en la cancha de fútbol, significa también trapichear, chalanear, cicatear, esquivar, burlar y eludir, hasta el más tonto de la Corte le va a hacer coplas al Bribón del Borbón y a la Fortuna de Juan Carlos, del mismo tono y con idéntica y legítima mala leche que aquella que Valle-Inclán le compuso a Isabel II, a cuenta de sus amoríos con el Marqués de Loja, el General Narváez: “La reina se acuesta con el Marqués de Loja porque nunca se le afloja”. Parodiando al maestro del esperpento, Don Ramón, no Don Juan Carlos, a mí, que soy el más tonto de la Corte, se me ocurre: “El Bribón de la bragueta floja su Fortuna no afloja ni a barlovento en Sanjenjo, ni con el moro a sotavento. De la popa a la proa y de babor a estribor el Bribón del Borbón nos da por la cofa pues para el regateo, el chalaneo y el trapicheo es un primor”.