Dicen que cuando se llega a los territorios de San Pedro lo primero que te hacen es medir en una balanza lo bueno y lo malo de tu vida... y según a qué lado se incline el platillo de más peso allá te reenvían: o al cielo o al infierno.


     Pues bien, aceptemos, o  supongamos  que nuestros dos  últimos Reyes, Juan Carlos I y Felipe VI, han llegado a las puertas de San Pedro y ya unos empleados están removiendo los  Reinados  de ambos  y seleccionando lo bueno y lo malo para ir rellenando los dos platillos de la balanza (con una balanza en forma de peso con dos platos y horizontal aprendí a pesar las  distintas  piezas que se hacían en la panadería de mis padres).


     Naturalmente, la vida del Rey viejo tiene preferencia y es el primero en pasar la aduana. 
A su favor salen muchas pequeñas cosas. Es guapo, es joven y un atleta,  pero con experiencia y buenos maestros, es simpático,  sale jurar con seriedad, viste los uniformes militares mejor que los profesionales, sabe idiomas,  se sabe de memoria los nombres de todos sus empleados,  adora al Generalísimo que le hizo Rey, maneja las motocicletas mejor que Angel Nieto, lee los discursos que  le preparan con verdadera corrección y un largo etc.
    Y algo fundamental: supo transformar la Dictadura en una modernísima Democracia y supo detener el golpe del 23-F del 81 con guante blanco... y además supo mantener la buena imagen  de España en el exterior (¡por qué no te callas!!) y retirarse a tiempo para salvar la Monarquía.
     En su contra: no supo ser un un buen  esposo ni un buen padre, no supo mantener sus  juramentos  y traicionó al que le había hecho Rey, le dedicó más tiempo al sexo que al Estado,  vivió  rodeado de amantes y humillando y maltratando sicológicamente a su mujer, la Reina, cobró comisiones ilegales y se hizo una gran fortuna personal con cuentas secretas en paraísos fiscales y, al final, se lió con la Corina que le dejó casi k.o. entre elefantes.
                    Decisión: al Infierno directo.
       Y ahora, el Rey nuevo. Don Felipe VI. A su favor: es guapo, es muy alto, viste los uniformes militares con soltura y elegancia, sabe idiomas,, fue un niño modelo, rubito y cariñoso, causó impacto por su simpatía en los E.U durante sus estudios, fue abanderado de España en los Juegos Olímpicos de Barcelona, fue respetuoso con sus padres a la hora de abandonar amores juveniles y supo elegir a Doña
Letizia por su cuenta.

             Y sobre todo: supo frenar el golpe catalán con su famoso Discurso del 3 de octubre del 2017.

       En su contra. No haberse mantenido firme en el "Procés" catalán y aceptar las humillaciones sin cuento que le están haciendo los independentistas catalanes y vascos. No defender la Unidad de España y poner en peligro la convivencia de las dos Españas y haberse traicionado a sí mismo al olvidar o hacer lo contrario del discurso del 2017. Y sobre todo, lo del Perú. ¡Increible, que el Rey de España permita que un botarate ofenda a España y a su Historia, sin inmutarse y arrugarse cobardemente!
      ¡Cobarde hasta la náusea!
      Ahora sí que la Monarquía está en peligro.
      Un cobarde no puede ser Rey de España.
      Después de callar ante los insultos del comunista peruano  sólo le queda una salida: la abdicación...  ¡¡ y al limbo !!

      O sea, que estamos con un traidor sinvergüenza en la Moncloa,
       Un florero cobarde en la Zarzuela...
      Y un "mindundi" de Jefe de la Oposición. ¡¡¡ Casi ná!!!
       ¡¡¡ El trio de la bencina !!!