Parece mentira que en frases que parecen extraídas de un manual de educación preescolar, se pueda basar una reforma legislativa que le da la estocada definitiva, de muerte, a la presunción de inocencia y a una interpretación sana y normalizada de las relaciones heterosexuales. Pero, lo importante, es acabar con la leyenda del machirulo ibérico, un mamífero bípedo que algunas veces actúa bajo el disfraz de activista feminista con moño o coleta, que circula con impunidad y que está en época de berrea, la práctica totalidad del año. Una subespecie endémica de nuestro territorio que se ha querido extender a la totalidad de los especímenes machos, que desde la adolescencia nos sentimos atraídos por el sexo femenino, gran pecado, y que con mayor o menor acierto en las artes amatorias y técnicas de cortejo, hemos pretendido amar y tener relaciones, desde el respeto y la satisfacción del deseo recíproco, con las mujeres, con las que, muchas veces, hemos querido hasta compartir lo mejor y peor de nuestras vidas, ya sea desde la institución del matrimonio o desde la simple y libre decisión de vivir juntos.

Y digo muchas veces, porque en otras, esas relaciones pueden tener un sentido menos transcendente y limitarse a un esporádico encuentro en el que tanto él como ella ven satisfechos deseos carnales, sin que, hasta el presente, después de miles y miles de años de errar el ser humano por la tierra, a ninguna persona en su sano juicio, se le haya ocurrido confundir esos encuentros, en la tercera fase, con una violación. Mas, ahora sí, ahora resulta que hay mujeres con responsabilidades de gobierno que superando los peores prejuicios de la inquisición, ven en todas esas relaciones no el pecado de fornicio sino un presunto delito de agresión sexual, porque las mujeres heterosexuales españolas han de saber que, aún de forma inconsciente, son violadas cada vez que experimentan y consienten el acto sexual con varón, violador por naturaleza, que las penetra y abusa de ellas, con el fin incluso perverso de convertirlas en madres y en esclavas de una cadena de explotación procreadora.

 Y me dirán, no es posible, pero lo es, para la mayoría de estas nuevas y flamantes defensoras del feminismo de nueva ola, resulta que es  esencial acabar, y si no poner todas las trabas posibles a las relaciones heterosexuales, pues “la mujer que se acuesta con un hombre, lo hace con su enemigo” (Kate Millet), y fomentando las relaciones homosexuales, cuando, casualidades de la vida, esas  mujeres no se sienten mujeres XX y precisamente no se sienten atraídas por varón alguno, un varón que se convierte en su máximo competidor. Esas, y otras mujeres resentidas por los estragos que hayan podido dejar en ellas, alguno de esos machirulos que siguen existiendo, son las que se erigen en representantes de la inmensa mayoría de mujeres españolas que ni las entienden, ni se quieren identificar con sus planteamientos, porque son mujeres que aman a los hombres y que saben que, en España, la inmensa mayoría de los hombres aman a las mujeres.

 Y la geoestrategia del globalismo encantada con estas nuevas políticas, que, en definitiva, contribuirán a reducir aún más los índices de natalidad, ya paupérrimos. Aborto, eutanasia, políticas de género y transgénero, políticas migratorias…. Todo está conectado con el objetivo de cargarse nuestra cultura y civilización, reduciendo el nivel de su población y su sustitución por otra de reemplazo que consideran más adaptable a los recortes de derechos, y que sería más fácil de tener bajo control. Que haya que cargarse el sentido común, la presunción de inocencia, el sistema penal y se criminalice hasta lo más íntimo de las relaciones humanas, es algo secundario y perfectamente sacrificable. Y más teniendo en cuenta el nivel de cobardía y aborregamiento de esta sociedad decadente, que saben de antemano, que traga por todo.

  La cuestión, como ya ha advertido el Consejo de Estado y el Consejo General del Poder Judicial, es que cómo se prueba el supuesto consentimiento de la víctima, que siempre lo es, pues sí es sí. La inversión de la carga probatoria va en contra de las más elementales reglas que impone el principio de presunción inocencia, consagrado como derecho fundamental en nuestra Constitución y que incluso nos exige respetar una Directiva Europea.  Paro a la ministra, gran entendida, y a sus expertos les da lo mismo, Sí es sí, no es no y ya no hay tonos grises entre el blanco y el negro. Ante tal absurda situación, se podrían plantear varias soluciones:

  • Contratar cada vez que se vaya a hacer el amor, a un grupo de mariachis, para que acompañen con romanticismo el acto y puedan confirmar que todo transcurrió en un ambiente de relajada y consentida entrega. Mas, podría resultar muy caro para quienes se prodigan en esas lides, y sólo podrían permitírselo los que lo hicieran una o ninguna vez al año.
  • Contratar a un notario para que diera fe del consentimiento prestado, pero sería una solución que rebajaría mucho la lívido del momento y que resultaría también muy onerosa.
  • Firmar un precontrato de prestación de consentimiento, pero con el riesgo que te lo puedan tirar a la cabeza y quedarse el fulano compuesto y sin novia, mirando en sentido contrario a Cuenca, amén que después se podría alegar que hubo un  arrepentimiento espontáneo y repentino durante el acto sexual.
  • Declararse ante el Registro Civil como persona trans, de género no binario, y a ser posible de género fluido, o como mujer con pene que se siente atraído por el género mujer XX binario. Ante el disparate hay que buscarse la vida, y de esta manera no podrían acusar al varón, por no serlo.

 En fin, un desatino que espero sea corregido por conducto de recurso o cuestión de inconstitucionalidad o denuncias ante las instituciones europeas. En tal caso, harto improbable, los expertos del Ministerio se mostrarían ofendidos al ser corregidos por profesionales que primarían la legalidad a la perspectiva de género. Una actitud fascista, donde la haya.