Al hablar con mucha gente estos días casi todo el mundo está sereno y acepta con madurez y responsabilidad la situación. Pero todo el mundo coincide en que ya nada volverá a ser igual después de esta gran pandemia que como jinete del apocalipsis está asolando a la humanidad. Habrá un antes y un después, será un punto de inflexión en la historia reciente. A la mayoría de gente, no acostumbrada a guerras o epidemias así, le ha sorprendido las estrictas medidas de confinamiento. Las cosas se valoran cuando se pierden. Nadie valoraba algo tan sencillo como el poder salir a la calle con normalidad.

Psicológicamente lo más duro del confinamiento es la incertidumbre de no saber con certeza hasta cuando va a durar esta pesadilla. Solo el hecho de pensar que se pueda prolongar durante más de un mes es para agobiarse. A este sentimiento de agobio se suma el miedo a que nosotros o nuestros familiares enfermemos.

No sabemos todavía las pérdidas humanas que nos puede costar esta gran epidemia, pero es dramático tener que informar cada día de nuevas muertes de españoles de todos los sectores y condiciones, algunos famosos, la mayoría desconocidos, muchos ancianos y varios profesionales a los que les ha costado la vida cumplir con su obligación.

Muchos opinan que será el fin del estado del bienestar, tal y como lo conocemos, pues se avecina una crisis económica de proporciones siderales, donde mucha gente lo va a pasar muy mal. Esta crisis puede hacer caer al gobierno actual, que siempre tendrá la losa criminal de haber permitido el 8M, haciendo que se disparase el virus en la sociedad española.

También las relaciones sociales no volverán a ser igual que antes. Habrá una cierta desconfianza, miedo a estrechar la mano, a dar un abrazo, pánico a la tos y la espada de Damocles de nuevas amenazas globales en un futuro incierto.

Como consecuencias positivas y esperanzadoras puede venir una cierta euforia después de haber derrotado al virus, algo que infunda ánimo vital para afrontar la terrorífica crisis y reciclarse para la supervivencia. También a nivel espiritual puede ser beneficioso ser más consciente que nunca de que el hombre, aún en plena era tecnológica, puede ser impotente ante una enfermedad letal o ante una catástrofe natural.

Lo más importante: aprender a valorar las pequeñas cosas y plantearse en profundidad cuales son las grandes cosas y donde está el sentido de la vida. Los católicos tenemos la certeza de que lo está en Dios. La impotencia ante la enfermedad y la muerte nos puede llevar a buscar en lo más profundo de nosotros una respuesta trascendente, algo que no haríamos en época de bonanza.