1. El catolicismo como religión política

En las antípodas intelectuales y morales del Doctor «cum fraude», el gran José María Pemán, realizó un magnífico trabajo de investigación con su tesis doctoral Ensayo sobre las ideas filosófico-jurídicas de la República de Platón (1921). La atenta lectura de este texto muestra cómo la razón humana demanda un adecuado conocimiento e interpretación de la historia y la política. Y es ahí, incluso para las personas no creyentes, donde resulta de capital trascendencia para la vida de la sociedad, la profesión o no de la fe en Cristo y su Iglesia debido a su repercusión política.

 

Señalan acertadamente, tanto Alexandre Koyre en el clásico Introducción a la lectura de Platón, como más recientemente Giovanni Reale en su voluminoso y completo estudio Por una nueva interpretación de Platón, en su obra República, Platón aclara la capital importancia de la teología en la educación del ciudadano en la polis para permitir la constitución de un buen orden político. Platón señala la existencia de dos tipos de teología, según Gregorio Luri en Introducción al vocabulario de Platón.  Junto a una teología mítica-poética, disolvente del orden social y político, existe otra teología mítico-política que sirve para formar buenos ciudadanos. El filósofo griego con su doctrina sobre la polis justa está proponiendo, según Hans Blumenberg en Salidas de la caverna, una suerte de teología filosófica capaz de diferenciar entre ambos tipos de teologías políticas para así poder optar por aquella que contribuya mejor a la estabilidad política de la ciudad ideal.

 

El cristianismo sigue esta senda de la llamada teología política debido a su «carácter de religión histórica por excelencia y a la concepción de la historia humana como historia de salvación, debido a la encarnación del Verbo, junto con su dimensión esencialmente comunitaria», afirma el teólogo Karl Adam en El Cristo de nuestra fe (1958). Pero realizando una inversión fundamental respecto a la Antigüedad pagana. Lo divino deja de estar subordinado a lo político pues ahora los imperios, los reinos y las ciudades pasan a depender de Dios y no a la inversa, apunta Walter Ullmann en su clásico Historia del pensamiento político en la Edad Media. En la cosmovisión medieval lo político se encuentra subordinado plenamente a lo religioso, es decir, a Dios fin último del hombre, siendo su cometido la realización terrenal del plan salvífico divino, según enseña Santo Tomás de Aquino al explicar el concepto de «religión» (S. Th.  II-II, q. 81, a. 1).

 

  1. La ideología como religión secularizada

A pesar de que la Modernidad, continuada y ampliada por la Ilustración, se configura como un proceso secularizador, las grandes categorías de la teología (providencia, Dios, salvación) siguen ejerciendo una enorme influencia en el mundo moderno por medio de categorías propias de la teología política secularizada, como es el concepto de Estado moderno, puesto de manifiesto por Carl Schmitt en su obra Teología política. Así la Ilustración vino a ser, en síntesis, una radicalización extrema y secularizada del milenarismo de orígenes judíos. Es decir, de la primera herejía de la historia de la Iglesia, el ebionismo, con la cual emparenta el marxismo, como define en H. Masson en Manual de herejías. El hombre, que desea salvarse por sí mismo, primero lo intentará sin la mediación de la Iglesia, según el protestantismo del siglo XVI, y en la Ilustración, al modo de la herejía pelagiana, sin la gracia de Cristo.

 

En los hombres ilustrados, aunque en apariencia fríamente racionales, late un milenarismo o mesianismo, una creencia apasionada, puede decirse que casi mística, en la posibilidad de edificar el cielo en la tierra. Están convencidos de la posibilidad de crear un paraíso terrestre por medio de la promulgación de leyes y de la instrucción, por lo que difundirán la famosa Enciclopedia (1751-1772) de Diderot y d´Alembert, junto con la educación. Eso sí, se tratará de una pedagogía ideologizada y degradada, según los prejuicios de Rousseau en su obra cínica y demoledora Emilio (1762).

 

El liberalismo o más con más precisión libertarianismo, afirma la libertad negativa, es decir la libertad humana sin otra regla que ella misma, sin sujeción alguna, sobre todo en la res publica, a la verdad, o sea al orden natural, a la ley divina. Por lo que viene a ser un naturalismo práctico, una negación de la dimensión sobrenatural del hombre, resalta Santiago Cantera en La crisis de Occidente.

 

Dos pensadores tan diametralmente opuestos como el anarco-socialista Proudhon y el católico antiliberal Donoso Cortés se percataron de ello. El pensador francés destacó cómo la idea de la «gubernamentalidad», caracterizada como una forma de gobierno completa sobre la vida de los ciudadanos tal y como señala Michel Foucault en Nacimiento de la biopolítica (1970), no deja de ser una traducción secularizada de la idea teológica de la providencia. Al igual que el creyente, que a través de un acto de fe confía su vida a los designios providentes de Dios, el buen ciudadano es aquel que, como indica Platón en la República, confía plenamente en la acción de su gobierno, incluso cuando éste le miente. Pues la mentira, como también dice Platón, tiene una dimensión pedagógica en la política que permite construir «buenos ciudadanos», sostiene Ramón Alcoberro en Introducción a Platón.

 

Como manifiestan Estatismo y anarquía (1909) de Mijaíl Bakunin o La moral anarquista (1905) de Kropotkin, toda forma de dominación política resulta odiosa. Debido a esa especial vinculación entre política y teología que mencionábamos antes, cualquier intento de liberar al hombre de las cadenas de la dominación política debe ir acompañada de una simultánea liberación de las cadenas opresoras de la religión. De ahí proviene su conocida consigna: «Ni Dios, ni amo».

 

Donoso Cortés en su nunca suficientemente ponderado, Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, también reivindica el valor de la llamada teología política, pues para él toda idea política es previamente teológica, ya se fruto de una mala o de una buena teología, en el caso del conservadurismo que él defiende. Toda ideología política presupone una doctrina soteriológica, es decir, una idea de salvación del mal que atenaza al hombre, recuerda José Ramón Ayllón en El mundo de las ideologías. Por tanto, el elemento diferenciador de unas ideologías y otras es donde éstas ubican el origen del mal.

 

Los liberales, al presuponer la total autonomía de la política respecto de otros órdenes como la economía o la religión, creen que el hombre puede alcanzar la salvación respecto del mal por medios estrictamente políticos, ignorando el origen del pecado original (S. Th. I-II, q. 82, a. 1) y sus consecuencias (S. Th. I-II, q. 85, a. 3). Principalmente, la concupiscencia o inclinación del hombre al mal. Para los liberales, el problema del mal se disolvería así en un problema concerniente a un mal gobierno, a una mala gestión de la cosa pública, a una mala gestión económica. Esta genial intuición de Donoso Cortés, puede explicar perfectamente la incapacidad que experimenta gran parte de los liberales para identificar la razón última del auge de la ideología más totalitaria de ayer y de hoy: el comunismo. Devenido ahora en «socialismo del siglo XXI» o «nueva izquierda», como diagnostica Alasdire McIntyre con Pensadores de la nueva izquierda.

 

  1. El liberalismo agnóstico secularizante…

El liberal ingenuo, buenísta o simplemente progre, continúa creyendo que todos los problemas sociales y políticos se resuelven con una receta taumatúrgica o bálsamo de fierabrás: menos gobierno o pura ausencia de gobierno para dejar paso a la libre iniciativa de los individuos, los cuales pueden ejercer muchas de las funciones estatales o ciertos servicios públicos básicos de una forma más eficiente (versión utilitarista) o de una forma más respetuosa con la libertad y autonomía de los individuos (versión iusnaturalista del liberalismo conservador). La llamada teología política, apunta David J. Melling, en Introducción a Platón, reivindicada ya por el filósofo heleno y más recientemente por autores como Hans Blumenberg o Carl Schmitt, pone de manifiesto el carácter secularizado de la ideología como una forma moderna de religión política.

 

Sin esa comprensión de la raíz última de los problemas políticos es relativamente sencillo deslizarse por la pendiente del electoralismo oportunista, del marketing político y de la pura demoscopia maquiavélica. La política no puede desligarse, como creen los liberales agnósticos de lo ideológico, en una mera gestión de lo recibido. La buena política no consiste, como se empeña el PP de Casado, en eludir continuamente la batalla de las ideas a fin de mimetizarse con los dictados culturales impuestos por la izquierda a la sociedad, sino, precisamente, en mejorar la sociedad para que ésta piense y, por lo tanto, obre mejor. Buena parte del electorado del PP, alentado oficiosamente por el clericalismo de los eclesiásticos, que durante largos años contó con el voto del mal menor sufría en silencio viendo la humillante satelización cultural, educativa y mediática al socialismo. Simétricamente, otro tanto sucede en la Iglesia, donde se sostiene que ejerce una mayor renovación y atracción cuanto más se libera del lastre de la Tradición católica abrazándose a la Modernidad. A lo que habría que contraponer la sentencia de Chesterton en Vegetarianos, imperialistas y otras plagas: «Los que abandonan la Tradición de la verdad no escapan hacia algo llamado libertad. Sólo escapan hacia otra cosa que llamamos moda».

 

El agnosticismo político conduce a la creciente desideologización de los partidos que se definen como liberales, véase el caso paradigmático de Ciudadanos, si es que alguna vez poseyó algo que pueda definirse como ideología. En los casos más extremos, como el del PP, ese liberalismo se difumina tanto que incluso pierde su fundamento doctrinal económico para degenerar en una suerte de socialdemocracia moderada y epistemológicamente débil que está condenada a la irrelevancia a largo plazo. Así el liberal acaba reducido a una suerte de socialdemócrata tardío y acomplejado, por consiguiente, necesitado de la tutela de la izquierda auténtica, única expendedora válida del carné democrático.

 

De ahí que, con la finalidad de analizar adecuadamente los orígenes de la situación presente de España, se hace evidente retrotraerse a la última etapa del franquismo. El régimen franquista, a partir del desarrollismo económico de la década de los sesenta, empezó a impulsar una profunda despolitización y desideologización de la sociedad española. Exponente principal de esta tendencia sería el intelectual de derechas Gonzalo Fernández de la Mora con su obra El crepúsculo de las ideologías (1965). Los ministros tecnócratas, pertenecientes al Opus Dei, retengan este dato, en los sucesivos gobiernos franquistas harán realidad la primacía de una buena gestión material presentada como una superación de la ideología. Unido a estas circunstancias hay que añadir las enormes repercusiones político-sociales del concilio Vaticano II.

 

Que este liberalismo, desarrollado, concluya en la socialdemocracia no es más que la consecuencia lógica del abandono de la cosmovisión católica para asumir, acríticamente, los postulados utilitaristas que Max Weber expone en La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1920). Dicha opción de la derecha liberal, encarnada en el PP, no podría comprenderse sin mediar antes la asunción de un profundo complejo de inferioridad, consecuencia de la asimilación de la leyenda negra fabricada por el protestantismo, como Mª Elvira Roca ha retratado brillantemente en Imperiofobia y leyenda negra y Fracasología. Es ahí donde se encuentra la clave interpretativa de esa actitud política, la cual el lector no encontrará en ningún manual de historia económica, ni tan siquiera en la lúcida trilogía Los enemigos del comercio, de Antonio Escohotado.

 

La primera ideología que vino a justificar esta praxis fue el empirismo deísta de Locke y Hume, y antes la filosofía política de Hobbes, escribe John Rawls en Lecciones sobre la historia de la filosofía política. El rechazo de estas ideologías a toda moral revelada y a toda metafísica contribuyó a negar tanto la ley divina revelada como la natural. De estas negaciones, se deducía que no puede haber otro criterio regulador de la moralidad de los actos humanos que el de la utilidad. Según recoge Urdánoz en su Historia de la Filosofía, el utilitarismo será la teoría que defina el bien como lo útil, tanto en economía como en política, instalando una creciente amoralidad en las relaciones humanas ¿Cómo se ha de proceder política y económicamente? Ante todo, rigiéndose por el principio de utilidad: lo bueno ya no es lo justo o lo verdadero, sino lo útil en cada momento y circunstancia, dice Jean Touchard en Historia de las ideas políticas.