Hace muchos años que vengo sosteniendo que los sujetos al Ius sanguinis y al Ius soli de las cenizas de España no merecemos el glorioso gentilicio que nos bautiza como hombres y como ciudadanos: Español. Nuestra conducta, individual y colectiva, no es digna de ese nombre; no es una crítica ni un lamento, ¿para qué?, es el acta forense de un largo e intenso proceso de decadencia inducida e inoculada por una gigantesca operación de ingenieria social perfectamente planificada e impecablemente ejecutada por traidores de cuello blanco y traidores con el cuello bordado de hojas de roble, con la silente complicidad de la inmensa mayoría de unas masas populares con vocación de percebes adosados al sofá, incapaces de dejar de bostezar y sólo preocupados en que les satisfagan todas las necesidades, caprichos y emociones que les caben entre la boca y el ano. La Armada tampoco merece ese glorioso apellido, ese glorioso gentilicio. No es una crítica, ni siquiera un lamento, ¿para qué?, ni ella merece la pena ni a mí me merece el menor respeto. Es un acta forense, la prueba es que la Armada se ha dejado arrebatar tan épico gentilicio (Española) administrativamente, mansamente y, por supuesto, en primer tiempo de saludo. ¡Faltaría más! La obediencia es siempre más rentable que la gallardía. Esa gallardía que llevó a los capitanes Daoiz y Velarde a desobedecer las órdenes recibidas en Capitanía el 2 de Mayo de 1808. La misma gallardía que llevó al almirante Cosme Churruca a desobedecer al almirante Villeneuve y acudir al fuego en Trafalgar. Esa gallardía que sitúa el Honor por encima de la disciplina. No lo olvidéis nunca. He ahí el drama: no es que lo hayan olvidado, es que ni siquiera lo han aprendido, y lo que no se ha aprendido no se puede olvidar. Simplemente se desconoce, se ignora.

Hace muchos años, con los muros de la Patría mía ya desmoronados, entré a adecentarme en una peluquería de Atenas. El barbero descubrió mi condición de español por la marca de tabaco que yo fumaba. A partir de ahí pegamos la hebra, mientras me afeitaba y me cortaba el pelo no dejaba de elogiarme a España, donde había trabajado tres años, y a los españoles. Por gratitud y cortesía le pregunté de dónde era él. De Esparta, me respondió. Con admiración le dije: “Qué honor, eres espartano”.No (me dijo con la fría indiferencia del que asegura que va a llover) soy de Esparta pero no soy espartano porque los espartanos ya no existen”.

La Armada en la que un día formaron Blas de Lezo, Churruca, Gravina y tantísimos héroes, ha dejado que echen, como si de lastre se tratase, por la amura de babor el épico gentilicio que la apellidaba y bautizaba: Española. En posición de firmes y en primer tiempo de saludo. ¡Qué disciplinados, qué obedientes! ¿Y el Honor? ¿Al oficial de estiba se le olvidó cargarlo? ¿Y los españoles? ¡Ah, esos están en los baúles de la Historia, junto a los espartanos!