Es algo obvio e indudable que la situación en la que vivimos es grave. Los que tenemos memoria no recordamos haber pasado por un trance similar nunca antes. Situaciones y momentos de crisis sí, muchos, lo mismo que peligros, incertidumbres varias e incluso tragedias dolorosas. Pero este azote mundial de muerte, enfermedad y miedo por parte de un mal microscópico invisible e imparable, nunca.

Vivimos, o sobrevivimos, en una emergencia pandémica instalada y de la que desconocemos su duración y sus consecuencias, pero también comenzamos a recorrer el principio de un verdadero cataclismo económico sin precedentes y ante el que tampoco aparece claramente su verdadera dimensión e impacto social.

Hasta aquí una somera descripción de la situación. De aquí en adelante debemos agregar un nuevo mal que se solapa a los anteriores y que es la cesión de libertades individuales y derechos fundamentales en nombre de la emergencia sanitaria y que ya está en marcha. El derecho al disenso, a la oposición y la crítica también está suspendido, confinado.

El disenso está en fase de hibernación. Lo han dicho por activa y por pasiva: “No podemos aceptar que haya mensajes negativos, mensajes falsos, que transmiten a la ciudadanía consecuencias que luego pueden alterar su salud y que además van en contra de los criterios científicos y de la integridad de las instituciones públicas” afirmó recientemente un miembro, o miembra, del Consejo de Ministros de España. La única línea aceptada y a seguir por la población es la línea marcada por las ruedas de prensa diarias de los expertos en cuidar de nuestra salud en un nuevo estado de vigilancia sanitaria.

Más allá de la gestión política, irresponsabilidades, ineficacia, desidia, errores e incluso actos malintencionados e ilegalidades al margen del orden jurídico, lo que estamos oyendo últimamente es un discurso aparentemente bienintencionado por parte de muchos, que habla de unidad frente a la crisis, que de ésta salimos juntos y que hay que dejar de lado las polémicas políticas ya que no es el momento para eso. Ok, entonces yo preguntaría en la rueda de prensa de Moncloa para cuándo tienen pensado la fase de desescalada de la protesta y discrepancia ciudadana.

Nos han impuesto renunciar a la libertad entrando en una parálisis física y mental con la esperanza de que esto pase en algún momento y entremos en una nueva fase que se verá cómo y cuándo acaba. El virus existe, es real. No soy un negacionista ni mucho menos, pero a veces es peor el remedio que la enfermedad.

El martes el Consejo de Ministros aprobó el denominado “Plan para la Transición a una nueva Normalidad”. No me gusta hablar de nueva normalidad, el adjetivo que le precede me huele que viene cargado de trampas, como un caballo de Troya. Nadie sabe a qué se refiere eso de nueva normalidad. ¿Nuevo Orden tal vez?

Han anunciado que la “desescalada” durará ocho semanas en todo el territorio nacional, será "gradual, asimétrica y coordinada" y "no habrá movilidad entre provincias o islas hasta alcanzar la nueva normalidad". Es decir, las actividades permitidas "sólo se podrán realizar en la provincia o isla donde se viva".

¿Cómo se hará? ¿Qué seguridad tendrán los ciudadanos de no caer víctimas de la segunda ola? ¿Quién protegerá nuestros derechos fundamentales ante el nuevo escenario al que nos estamos dirigiendo a ciegas? La pregunta que hoy nos hacemos es cómo será el disenso en la fase de nueva normalidad hacia la que España se encamina.

Esperemos que no se limite solamente a disentir acerca del tamaño de los drones y su altura de vuelo, el horario de las delaciones, el tono en la geolocalización móvil o el modo de control de las redes, aplicado todo por nuestro bien por el Estado de Nueva Normalidad. Que así sea.