Reescribir la historia como si fuese una ficción literaria y con deje de sabor a Tweeter o Instagram es la consigna global de estos días. Perfiles en negro con el lema Black Lives Matter inundan las redes sociales tanto de ricos y famosos como del último de la fila con smartphone. Curioso tiempo para comprometerse con el conflicto racial mundial en medio de una amorfa y oscura pandemia. El detonante ha sido una muerte por abuso policial en los Estados Unidos. El resultado, una guerra racial que quiere cambiar la Historia y el presente. Pudo haber sido por cualquier otra cuestión, pero en este caso el motivo ha sido ese. Primero en Mineápolis y de ahí al resto del mundo. El movimiento parece más un ajuste de cuentas con un pasado que no gusta a algunos, con la excusa de la lucha contra el racismo, mezclado con la construcción, fríamente calculada mediante la ingeniería social, de un falso relato histórico mundial.

Violencia y derribo de estatuas, como la de los terroristas talibanes dinamitando Budas en Afganistán, pero esta vez en numerosas ciudades de Occidente por parte de vándalos encapuchados contra Cristóbal Colon, por ser un símbolo de su entendido racismo. Y todo ello transmitido por la CNN y las redes sociales en directo. Destruyendo un pasado de piedra, los antirracistas, “racializando” la muerte, han conseguido poner de rodillas a todo ser viviente de cualquier raza, color, pensamiento o religión, predispuesto a la manipulación, ante el temor de no ser tachado de racista. Estos días estamos viviendo una locura colectiva que parece no tener fin. ¿Qué tendrá que ver una desafortunada muerte en una detención policial en USA con los llamados antifa, saqueos, banderas rojas, crímenes, indigenistas de distinta laya, incendios, puños en alto, palizas, hoces y martillos? ¿Y con las estatuas derribadas, decapitadas y vadalizadas en una fiebre iconoclasta hacia cualquier símbolo que no sea del agrado de los extremistas de izquierdas? Desde los medios de comunicación, la cultura, el mundo del espectáculo y el deporte, como de costumbre peones útiles de los poderosos, se incita a subirse a la ola antirracista impuesta como una moda a la que no se puede poner en cuestión sin correr el peligro de quedar al margen de la nueva sociedad que están construyendo día a día y sin pausa.

Como una nueva religión sin mayor deidad que uno mismo, sus sacerdotes pretenden imponer definitivamente el nuevo catecismo progresista en una violenta ofensiva contra todo lo que quede fuera del mismo. Inclusive el delito de opinión está a punto de imponerse en una sociedad cegada a voluntad y a mayor comodidad y corrección hedonística de las masas.

Esta violencia iconoclasta global comenzó de manera repentina, pero no espontanea, en medio de la pandemia del coronavirus y la factible reelección de Donald Trump. No es casual. El antirracismo racista puso como objetivo a monumentos y estatuas de figuras tan dispares y discutibles como las de Cristóbal Colón (el favorito de los vándalos), el presidente sureño Jefferson Davis, Winston Churchill, el Adelantado Juan Ponce de León, el General Lee, el explorador Don Juan de Oñate, Leopoldo II de Bélgica e inclusive al maestro periodista italiano Indro Montanelli. Vemos a figuras del espectáculo y el deporte, millonarios blancos y negros, hincando la rodilla en tierra en señal de apoyo a la oleada de “justicia racial” que calla la censura de Lo que el viento se llevó y la condena a J.R.R. Tolkien y El Señor de los añillos por ser supremacistas.

Estamos en manos de fanáticos psicópatas peligrosos y lo que menos les importa es la justicia o algo parecido, sino el poder y el control absoluto de las voluntades de los hombres libres. Buscan una Tabula Rasa mundial para remplazar la Civilización que hemos conocido. Acabar con la Tradición y la Libertad es su objetivo por el bien común de un mundo sin razas ni fronteras. La maldad y la ignorancia son motores que ponen en marcha la maquinaria de la indignación y memoria selectiva que sufrimos. Nos posicionan a gusto y a la carta ante las injusticias hacia algunos y no hacia otros, como marionetas sin alma en un escenario en llamas que cambia al ritmo del telediario y la tertulia radiofónica de las mañanas.

Los talibanes racistas e iconoclastas están de moda y como ella, también pasaran. Pero cuidado, que siempre hay alguien que por detrás hace negocio, y a los poderosos es lo único que les motiva, mientras millones sigan comprando, ya sean camisetas con el Black Lives Matter o picas y martillos para decapitar estatuas de piedra.

columbus