Mucho más que la concatenación de tres excelentísimos cortometrajes de animación, El Malvado zorro feroz, de Benjamin Renner (recordemos su fastuosa Ernest & Celestine) nos anega en una experiencia visual y moral única y apabullante. A través de fábulas protagonizadas por animales, en la línea de Esopo o Félix Samaniegoabsorbiendo un incisivo lavado de cara cartoon, nuestras historias acaban felizmente optando por la senda de la elección moral, jamás moralizante. Historias joviales, hilarantes, ocurrentes, tronchantes, chistosas, perspicaces, desopilantes e increíblemente tiernas, con un dibujo al desgaire, a medio camino entre la destreza de Sempé y la eficacia de Franquin,  todos los relatos se hallan enlazados por un presentador no tan feroz sobre un escenario teatral. El reto cinematográfico discurre, posteriormente, entre un pollo que quiere ser zorro, un cerdo juicioso, un pato chiflado y un conejo insensato, entre otra fauna faustamente narcótica. En ese sentido, el pulso narrativo de Renner es sobresaliente, trasladando con esbeltez y brío al celuloide su magistral historia.

Todo deviene milagro, ya desde el principio con la historia de la niña que no puede quedarse huérfana bajo ningún concepto. Entre Avignon y China, un entrañable bebé debe ser entregado sin demora. El siguiente episodio nos cuenta el acontecer de un zorro incapaz de ser tomado en serio por las sospechadas presas de la granja que acecha, cuyas gallinas, cerdos, patos y conejos también reciben sólido y solvente protagonismo. Por último, la Navidad debe ser salvada de incompetencia y malentendidos plurales (cómo no rememorar Pesadilla antes de Navidad, con el secuestro de Santa Clavos mediante). Pavorosos y chusquísimos conflictos de identidades, carnaval slapstick, casi podría afirmarse que estamos ante un tríptico animal que pone al día aquellas florecillas de san Francisco de Asís, parodiadas con simpática mala uva por el genio de Pasolini en Pajaritos y pajarracos. De esa manera, Renner hace algo tan reverentemente irreverente como convertir un imaginario propio de las fábulas de Jean de La Fontaine en una desternillante y muy clarividente tira cómica bocetada en acuarelas. Un satírico cruce entre la alta comedia de Hawks y los desbarres de Harold Lloyd, desafiando en todo momento del metraje los arquetipos de la factoría Disney. A través de tres cuentos en los que se exhala el espíritu de la caricatura belga (al estilo de Tintín), el gag inteligente con impronta Tati y la mirada elegante, sentimental y muy humana de sus creadores.

Paternidad, divino tesoro

El malvado zorro feroz acoge la coartada de la representación teatral para proveer un mismo marco narrativo a sus historias que tratan cuestiones como la valentía, las orfandades metafísicas redimidas o el insustituible valor de la familia. Todo esto pulula por estos indestructibles fotogramas, tan ebrios de vida. Tan ebrio de vida como la insólita cuestión de la paternidad. En ese sentido, le preguntaron a un rabino cuál era el animal más inicuo que existía. Contestó rotundo: el águila. Solo cuida a sus criaturas. En el adverbio se halla la clave. Solo. Aquí todos cuidan de todos. Protección (jamás hiperprotección) y cuidado. Arrojo y servicio. Todos poseemos imágenes entalladas en nuestra mente de tigresas que amamantan cerditos, ovejas que adoptan crías de elefantes o leopardos que arropan a la cría de babuino a cuya madre acaba de matar. O, sobre todas, el gorila Koko adoptando al gato Bolita, llorando meses después desconsolado su pérdida. Inolvidable. No es baladí recordar también que muchos animales no están dispuestos a perpetuar los genes de otro macho. Eso es cierto. Llegan a matar a sus propias crías. La naturaleza es amarga, compleja y cruel. Pero no siempre. Y El malvado zorro feroz nos lo esclarece. Una obra maestra del cine. Indispensable.