La memoria de los españoles es frágil y su voluntad colectiva, tornadiza y voluble, es arcilla con la que ya no se hacen bocetos para la épica del bronce o para la eternidad del mármol, se fabrican botijos electorales que se llenan con el agua del Leteo, el río del Olvido en cuyo caudal se pierde la identidad porque se borra la Historia. Sin sus obras, que nos engendran, sin su relato, que nos guía, y sin su memoria, que nos trae la voz de los que fueron para que nosotros seamos, ¿qué somos?, ¿quiénes somos? Individualmente, poco. Colectivamente, nada. Nadie, vacilantes oscilaciones al albur de los aguadores que colman cada uno de nuestros botijos con el caudal del Leteo.

Hay acontecimientos que marcan, determinantes, la Historia de los Pueblos y de las Naciones, de la Civilización. La Historia del Hombre. Sin la resistencia de las Termópilas, la historia de Europa hubiera sido otra. Sin la victoria de Roma en las Guerras Púnicas, hoy no seríamos lo que somos. Si los bárbaros germanos que provocaron la caída del Imperio Romano no hubieran estado previamente cristianizados y romanizados, toda Europa habría sido pasto y forraje para los jinetes tártaros y mongoles de las estepas asiáticas. No hubieran florecido las catedrales que jalonan el Viejo Continente, sino la depredación permanente del nómada sin alfabeto y sin raíces. Sin Don Pelayo en Covadonga y sin los Reyes Católicos en Granada, en Europa no habría campanarios, habría minaretes orientados a La Meca, y sin Juan de Austria en Lepanto la línea divisoria del Bósforo estaría en el Atlántico.

Si hace ochenta y dos años, el 1 de abril de 1939, el último parte de guerra hubiera rezado “En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Nacional, han alcanzado sus últimos objetivos militares las tropas rojas...” ¿qué hubiera sido de España? Imaginarlo no es un ejercicio ucrónico, es una certeza histórica que, gracias a Francisco Franco, no fue. Si en ese Armagedón que fue la Guerra Civil española entre la Libertad Nacional y la esclavitud comunista, entre Franco y Stalin, hubiese vencido el tirano bolchevique, España hoy sería un trasunto de lo que son Rumanía, Bulgaria y todas las naciones europeas sometidas a la férula comunista desde 1945, porque Stalin jamás se hubiese dejado arrebatar (ni en Teherán, ni en Yalta, ni en Postdam) la primera República Soviética en el Mediterráneo Occidental, en el sur de Europa, cuya conquista colmaba y culminaba sus dos grandes sueños, el primero, heredado de los Zares imperiales, un puerto de abrigo cálido en el Mediterráneo para las naves militares y mercantes rusas, que se helaban en el Báltico, y el segundo, cerrar el cepo comunista atenazando a la Europa Occidental desde el Estrecho de Gibraltar hasta la Puerta de Brandeburgo.

Gracias a Dios y a Francisco Franco, Stalin cayó derrotado en España. El 1 de abril de 1939, Francisco Franco coronó las victorias de  Covadonga, de Granada y de Lepanto contra la moderna barbarie asiática, el Comunismo, salvando a la Civilización Occidental de que las coordenadas geopolíticas del Bósforo Bolchevique se trasladasen al Estrecho de Gibraltar. Churchil y De Gaulle no lo olvidaron jamás, por eso ambos manifestaron siempre, sin miedo y sin complejos democráticos, que “la Civilización Occidental tiene una deuda impagable con el General Franco”. Ochenta y dos años después, los españoles sí lo han olvidado y, llenos de miedo y de complejos, como el tonto machadiano, desprecian a Franco porque lo ignoran todo sobre él y sobre su obra. Para mí, el 1 de abril es siempre el Día de Acción de Gracias al General Francisco Franco y al Ejército Nacional.