La absurda, errática y contraproducente decisión de la Casa Real, de ambos monarcas, de abandonar su residencia y España Juan Carlos I, resulta el penúltimo penoso acto de la restaurada, por Franco, monarquía borbónica.

Dado el cruce de absurdas justificaciones sobre la herencia, la dignidad privada de una vida pública y la loable pretensión de favorecer a España y a la Monarquía, me obligan a extenderme en algún articulo más sobre estos temas. La plutocracia instalada en 1978 y cuya bóveda central era la monarquía parlamentaria, devora, como Saturno, a sus hijos, sin regenerar en nada el sistema falsario y clientelar por ella instalado.

 

No estoy, con estos artículos, analizando un problema teórico que el tiempo se encargará de resolver, ni tan siquiera vengo a proponer una solución ideal a la luz de la realidad que nos circunda y aflige, a gusto y conveniencia de una ideología concreta. Pretendo exponer cómo se gestó el pasado de la actual Monarquía que continúa en el presente y debiera mirar al porvenir como si de una administración de futuro se tratara.

 

Todos los superiores que tuvo Franco, en su vida militar, destacan la destreza de sus informes, el rigor con qué allegaba los datos, el orden con el que exponía los “porqués”, los “para qué”, los “cómo” y los “cuándo”, sin olvidar los “cuantos”. Lo que denota que Franco era un riguroso organizador analítico, que lo aplica a su sucesión en lo que a él le corresponde: los aspectos jurídicos, formales y políticos.

 

La segunda restauración, la de Franco, a diferencia de la de Cánovas del Castillo, se basó en su absoluta autoridad, legitimadora en su origen (vencedor de la guerra), y en su ejercicio: transformando la sociedad que se encontró hasta cotas inimaginables en su tiempo. Muere de manera natural en la cama de la Seguridad Social, por él creada, y se mantenienen las previsiones sucesorias por él instauradas. La restauración Canovista hubo de recurrir al “consenso” partidista, dentro de una democracia liberal y de un atraso cultural y económico secular. Ello y los errores de los monarcas que se apoyaron en “las camarillas” de oligarcas caciquiles, provocaron la animadversión de las masas, perfectamente adoctrinadas por la izquierda, secularmente antisocial, antinacional y atea.

 

El éxito, y más aún, el éxito en el poder, no dimite nunca. La encarnación suprema del régimen fue Franco, cimentando en su prestigio y carisma los logros. Proyectó con tanta solvencia el futuro que lo consolidó, él mismo, en vida: la unidad de España, la cultura de todos los españoles, la riqueza per cápita, la justa distribución de la misma, la forma del estado y la estructura jurídica del mismo. Cosa distinta es que todo lo “atado y bien atado” fuera deshilándose por la conjunción perversa de los camaleónicos social comunistas y de los monarquicanos de derechas qué abrazaron la monarquía para traer una república, pero con injertos sociales e ilusionismo popular, como si de un mago prestidigitador se tratara.

 

Para llegar al poder hay que contar con el poder y jugar con sus reglas, si no podemos derrocarlo por la fuerza. Las pocas monarquías supervivientes, hoy, son republicas coronadas. Todos sabemos que una república como la de suiza es gemela de una monarquía como la belga. Hoy, las notas características de las actuales monarquías no son la corona, ni el sistema hereditario, si no la de no haber perdido las guerras mundiales y haber mantenido unas democracias liberales. Parece verosímil que esto no lo ignorase Franco.

¿Cree alguien posible que Franco trajera la Monarquía sobre su legitimidad histórica, para que ésta declarara anormal o criminal al Régimen que la había restaurado? ¿Qué el mecanismo sucesorio propuesto por Franco y aceptado en Referéndum por el pueblo español, fuera la monarquía liberal como garantía de continuidad? Por ello la historia pone rápidamente en quiebra tal garantía. ¿La ingenuidad colectiva creyó que el Rey vendría, como institución superior, a reinar sobre todos los españoles, respetando las obras positivas del régimen del que traía causa, con elecciones como las de antes; qué no habría vencidos, ¿ni vencedores? No lo creo. Fue un paulatino golpe de Estado, pero en colaboración con el Estado. Un sui generis “Caballo de Troya” auspiciado por las élites troyanas. Olvidar todo esto no es conveniente, si queremos corregir la encrucijada en que nos encontramos.

Franco, en sus meditaciones y con el rigor del estadista, sabía lo que podía acontecer y lo que estamos viviendo/padeciendo: tener un Rey de “todos los españoles”, de “vencedores y vencidos”, liberal y democrático, al estilo de los que España echó por la borda tantas veces. También habría pensado que algunos le recordarían que su padre/abuelo, en los primeros días de la guerra civil, había acudido a tomar partido por los vencedores y por ello le pasarían factura los vencidos, mediante sufragio universal. Franco sabía muy bien que ninguna monarquía hispana caminó incólume, como el Maestro en el mar de Tiberíades, sobre los remolinos y las tormentas de los partidos políticos. Pero suya sólo fue la responsabilidad histórica “in eligendo”, disculpable ante el cumulo de aciertos y la buena fe del soldado.

La opción republicana, hoy sagazmente presente, sin que nadie acierte a comprender como ha sido, se encuentra en los polvos de la transición. La república democrática o la monarquía parlamentaria, en vida de Franco, ofrecía las mismas dudas y el mismo rechazo, por mucho que fuera heredada de lo más puro de la cultura romana, por nuestra particular idiosincrasia y el espectacular fracaso que conllevaron esos dos intentos.

Para que hoy tenga predicamento la República sin corona, han tenido que darse varias y concatenadas circunstancias. Que la gran masa de españoles dejara de asociar el vocablo república con desorden, persecución, inseguridad, anticlericalismo, revolución. Que se introdujera en la enseñanza y medios de comunicación el control de programas de “ingeniería social”, como la ley de memoria histórica y ley de violencia de género. Que la conducta pública del Monarca designado por Franco fuera inaceptable y reprobable. No existe la diferencia entre lo publico y lo privado en la esfera de la ejemplaridad y rigor político.

También que los españoles, intelectual y pasionalmente adversos a la república, estuvieran dispuestos a tolerarla o colaborar con ella. Que las dos repúblicas anteriores no fueran conocidas sino como idílicas representaciones de la voluntad popular. Que el ejército fuera triturado e incapaz de mantener su mandato constitucional. Que el régimen que se coaligara fuera la sucesión y continuidad de los partidos que perdieron la guerra civil y llevan, desde Zapatero, deseando la revancha sobre la otra España.

En ello están y avisados estamos. Con la admirable prosa del riguroso e inolvidable amigo Juan Luis Calleja, convengamos: “¡ay del sensato que increpa al viento adverso pasivamente!; ¡ay del pesimista que cierra puertas y ventanas para no oír sus silbidos! Sea hombre, pueblo o clase, caerá a tierra entre las arrugas fofas de su cometa. Pues los vientos de la historia no soplan para alimentar nuestras pasiones o temores, ni para excitar la contemplación de un tiempo mejor. Lo hacen para sustentar nuestro vuelo, dar apoyo a nuestras alas si sabemos desplegarlas, y exhortarnos a la brega contra la adversidad.

No exijamos a Dios una existencia sin inquietudes, no vaya a ser que nos la conceda y la molicie se apodere de nuestras almas y la pobreza de nuestro cuerpo. No queda mucho tiempo para el tratamiento paliativo de gangrena inoculada al tejido patrio, bajo un sistema favorecedor de cualquier bajo instinto de poder y sin el contrapeso de institución alguna en quien pudiera apoyarse el pueblo. Parecería que la suerte está echada y sin embargo sigo creyendo en el pasado macizo de nuestra raza y en una España que alborea, hija de la rabia y de la idea.