Cada vez es más evidente que muchos rebrotes de coronavirus están asociados a las actividades propias del llamado ocio nocturno, protagonizadas por la juventud; como consecuencia de lo anterior, nuestros políticos no paran de hacer llamamientos a nuestros jóvenes para que actúen con responsabilidad, y para que su comportamiento sea prudente, respetando siempre las recomendaciones de los sanitarios, para evitar contagios.

Pierden el tiempo los políticos. Hablan así porque no conocen a los jóvenes de hoy, que fueron niños ayer. Yo los conozco bien a los dos, a los jóvenes y a los niños, porque con ellos (mejor dicho, contra ellos), me he ganado yo el pan que nos hemos comido en mi casa durante casi cuatro décadas.

No quiero que nadie me malinterprete. Los niños siempre han sido traviesos, y los jóvenes siempre se han mostrado con rebeldía, porque ambas cualidades del comportamiento humano, travesura y rebeldía, están unidas de forma indeleble a la niñez y a la juventud, respectivamente. Lo que sucede es que antiguamente (sí, he dicho antiguamente), cuando el comportamiento de los niños o de los jóvenes era peligroso, bien para ellos o bien para los demás, la sociedad disponía de mecanismos de actuación, para defenderse del peligro.

Y esos mecanismos de defensa eran, básicamente, tres, a saber: la educación, el respeto y el miedo. La educación, que entonces servía para algo, y mediante la cual, padres y maestros inculcaban a sus hijos o alumnos, unas normas básicas de comportamiento, que permitían que la sociedad funcionara de manera más o menos coherente y ordenada.

Luego estaba el respeto, que se grababa a fuego en nuestras mentes. Yo aún recuerdo, con ternura, cómo mis padres siempre tenían la palabra respeto en la boca, y me hablaban de la imperiosa necesidad de respetar a los demás, fundamentalmente a los más mayores; incluso cuando alguna vecina mía, ya anciana, me mandaba a la tienda a comprarle algo, yo tenía que abandonar mis juegos infantiles y hacerle el recado a esa señora ya mayor.

Y si las dos herramientas antes citadas fallaban, pues quedaba otra muy socorrida en estos casos: el miedo, sí, el miedo a la autoridad, encarnada esta por padres, maestros o representantes oficiales de la autoridad, que podían actuar, en la medida que consideraran conveniente, para que no se cometieran abusos. Pues bien, hoy día, y ustedes lo saben mejor que yo, ni hay ni educación, ni hay respeto, ni hay miedo, es decir, que no hay vergüenza, y así es imposible que una sociedad funcione.

Yo podría contar, no una, sino miles de anécdotas para ilustrar lo dicho anteriormente, pero me extendería demasiado. Por eso me voy a quedar con una, ocurrida el año pasado: resulta que en la ciudad en la que resido, el Ayuntamiento, con motivo de las fiestas patronales, organizó, entre otras actividades, una muestra de teatro infantil, que se desarrollaba al aire libre, en una recoleta plaza. Pues bien, varios días, los niños no dejaron terminar la función, porque se aburrían (los niños de hoy día se aburren con todo), y abucheaban a los actores, que tenían que interrumpir su actuación. Pero cierto día la cosa fue a más, y los niñatos se dedicaron a tirarle objetos a los artistas, que tuvieron que recoger sus bártulos y salir pitando de allí.

Pero lo peor vino después, cuando en un ¿facebook? de la ciudad, algunos padres se lamentaban del poco civismo de las criaturas, pero hubo otros padres, la inmensa mayoría, que no sólo justificaban la actuación de sus retoños, sino que instaban a los actores a hacer autocrítica, por no haber escogido una función del agrado de sus nenetes, y hubo quienes sugerían que el Ayuntamiento de la ciudad no debía de pagarles, y otro, magistral, apostillaba en el ¿facebook?: “Pueh mi nene leh a tirao una borsa de pipah, pero si yo llego a teneh una tranca cerca, leh atizo a loh pallasoh ehtoh bien atizao, que son unoh payasoh”. (sic)

Ya termino. Esos niños que humillaron a un grupo de actores, que intentaban ganarse la vida como buenamente saben, mañana serán jóvenes, irán a sus actividades de ¿ocio nocturno?, y no se les podrá exigir que se pongan la mascarilla, ni que guarden la distancia de seguridad, ni nada por el estilo, porque están acostumbrados a hacer lo que les sale de sus cojones, desde que son chiquitillos, con el aplauso bobalicón y complaciente de sus estúpidos padres. No tenemos pues derecho a quejarnos.

Aunque la parte positiva de todo esto es que en sus actividades de ¿ocio nocturno?, se podrán contagiar de coronavirus, ir luego a sus casas, y contagiar a sus padres, como por ejemplo al colega que dijo en el ¿facebook? lo de la tranca. De lo que yo, como es obvio, me alegraría enormemente.