En las últimas semanas estamos asistiendo a un debate sobre el tema de la Monarquía, como si esto le importara tres pitos a los cincuenta mil fallecidos por la pandemia, a los cientos de miles de enfermos, a los millones de secuestrados por las autoridades incompetentes; a los miles de pequeños empresarios o autónomos que se han arruinado, y a los cientos de miles que los seguirán en breve.

 

Evidentemente, no descubro nada si afirmo que, mientras el Gobierno -o lo que coño sea esto- se dedica a atacar a las instituciones del Estado; mientras pone en portadas de prensa y entradillas de telediarios a los ministros declarándose republicanos y llamándole de todo al rey actual y al anterior, no necesita informar sobre las medidas que no toma con respecto a la pandemia, ni explicar por qué criterios confina a determinadas comunidades autónomas mientras otras siguen celebrando sus manifas separatistas, en apoyo de delincuentes electorales o de asesinos confesos.

 

Creo que tampoco descubro nada si afirmo que gran parte del revuelo a cuenta de la Monarquía se debe, no a quienes la atacan, sino a quienes dicen defenderla ahora, cuando creen que pueden sacar rendimiento electoral del asunto. ¿Le importó al PP, cuando gobernaba, que en la Catalunlla separatista y paleta se quemaran fotos del rey? ¿Le importó al PP, cuando gobernaba, que Instituciones autonómicas o municipales se declarasen republicanas, retirasen el nombre del anterior rey de calles o plazas, lo abuchearan dentro de los propios parlamentos o ayuntamientos?

 

Todos sabemos perfectamente que no; que al PP nada de eso le llevó a tomar ninguna medida ni a hacer ninguna declaración oficial, mandando, si acaso, a algún segundón a lanzarse a la palestra de modo particular.

 

Ahora si; ahora al PP le importa mucho que los rojoseparatistas hablen de la República. Les importa porque piensan que a los españoles el asunto de la monarquía les importa lo suficiente para movilizarse electoralmente. Piensan que, de seguir así la cosa, la defensa de Felipe VI les proporcionará votos cuando a Pedro Sánchez le venga bien convocar elecciones, si es que para entonces sigue habiendo elecciones que convocar.

 

A mi -particularmente y sin sondeos ni encuestas que lo avalen, pero con el conocimiento de lo que piensa la gente que conozco- me parece que a la mayoría de los españoles que no viven de la política, que no tienen una postura política definida y fuertemente arraigada; a los españoles que no tienen que defender en periódicos, televisiones, radios, tertulias y saraos varios la postura de su patrón, la cuestión monárquica le trae sin cuidado. Lo cual quiere decir que si pasado mañana, a Sánchez -de la manita de Iglesias- le da por proclamar la República, a los españoles la dará exactamente igual. Es más: muchos pensarán que está bien, que ya era hora de tener en ese puesto a quienes consideran parásitos; que no hay por qué pagar a quienes, en realidad, no hacen absolutamente nada.

 

Esa es -repito, según la gente que conozco, de cualquier inclinación política- la idea que se tiene de la Monarquía. Ni siquiera caen en la cuenta de que así es como se define a la Institución monárquica en la

Constitución: el rey no puede hacer nada sin el refrendo gubernamental.

 

Nada de esto me asombra, y calculo que a pocos de ustedes lo hará. Lo que si me asombra, es ver cómo muchos de los que se sitúan, más o menos vagamente, en el campo nacional -porque ya estamos de nuevo, definitivamente, divididos en bloques cada vez menos reconciliables- apuesten por la defensa de la Monarquía.

 

Por supuesto, cada cual es muy libre de defender esta Monarquía si así le gusta. Incluso lo entiendo, si tenemos en cuenta que la República de Sánchez e Iglesias no será una República nueva, actual y justa, sino una reedición de la Segunda.

 

Pero a mi esta defensa de la actual Monarquía me trae a la memoria una anécdota que cuenta Rafael García Serrano, a cuenta de un requeté navarro que, en 1931, se fajó en aquellas elecciones municipales a favor de las candidaturas monárquicas, y que el día 14 de abril echaba pestes de Alfonso XIII, el rey que corrió hacia Cartagena dejando abandonada incluso a su familia.

 

Por mi parte, nada más que citar unos párrafos:

 

Fijaos en que ante el problema de la Monarquía, nosotros no podemos dejamos arrastrar un instante ni por la nostalgia ni por el rencor. Nosotros tenemos que colocamos ante ese problema de la Monarquía con el rigor implacable de quienes asisten a un espectáculo decisivo en el curso de los días que componen la Historia. Nosotros únicamente tenemos que considerar esto: ¿Cayó la Monarquía española, la antigua, la gloriosa Monarquía española, porque había concluido su ciclo, porque había terminado su misión, o ha sido arrojada la Monarquía española cuando aún conservaba su fecundidad para el futuro? Esto es lo que nosotros tenemos que pensar, y sólo así entendemos que puede resolverse el problema de la Monarquía de una manera inteligente.

 

Pues bien: nosotros –ya me habéis oído desde el principio–, nosotros entendemos, sin sombra de irreverencia, sin sombra de rencor, sin sombra de antipatía, muchos incluso con mil motivos sentimentales de afecto; nosotros entendemos que la Monarquía española cumplió su ciclo, se quedó sin sustancia y se desprendió, como cáscara muerta, el 14 de abril de 1931. Nosotros hacemos constar su caída con toda la emoción que merece y tenemos sumo respeto para los partidos monárquicos que, creyéndola aún con capacidad de futuro, lanzan a las gentes a su reconquista; pero nosotros, aunque nos pese, aunque se alcen dentro de algunos reservas sentimentales o nostalgias respetables, no podemos lanzar el ímpetu fresco de la juventud que nos sigue para el recobro de una institución que reputamos gloriosamente fenecida.

 

Como seguramente todos ustedes saben, esto lo dijo José Antonio en el discurso que pronunció en el Cine Madrid el 19 de mayo de 1935.

 

Y en mi opinión, nada ha cambiado. La Monarquía se desprendió de España como cáscara muerta. Si volvió, fue por el deseo del hombre que rescató la esencia de España del muladar donde todos -unos y otros, derechas e izquierdas- la habían arrojado. Pensó, acaso, que en una España nueva bien podía arraigar una Monarquía nueva. El problema es que se equivocó, porque a España volvió la vieja Monarquía; la de los chanchullos, la corrupción, el borboneo y la traición.

 

Por lo tanto, cuando la Monarquía vuelva a desprenderse, lo único que nos tiene que importar es que no vuelva una nueva edición de la Segunda República, trufada con los cantonalismos de la Primera, sino la única República posible: la República Nacionalsindicalista.