Si hay algo que un poeta no puede permitir es que le hablen mal de la primavera. En lo que a mí respecta, puedo consentir que en mi presencia se refieran con desdén a cualquier otra estación del año sin que eso me produzca desasosiego alguno. El tórrido verano, con sus mosquitos, sus chapuzones playeros y su vida haragana, me parece tan prosaico que cualquier diatriba que le puedan dirigir me deja indiferente: cada cual tendrá sus razones para criticarlo y todas ellas me pueden parecer respetables. El otoño, que desbarata la hermosura del campo arrebatando a los árboles sus vestiduras y dejándolos con el aspecto triste y famélico de los pollos desplumados o de las ovejas tras su paso por el esquilador, tampoco merece mi especial consideración. La hojarasca seca que va dejando a su paso y el frío con que el que nos amenaza no infunden precisamente vigor o ilusiones al poeta; más bien evocan en su mente viejas amarguras, juventudes que pasaron para no volver y amores que se perdieron o que solo se desearon y que nunca se llegaron a alcanzar. En cuanto al invierno, puede el poeta tomarlo fácilmente como motivo literario si lo que pretende es escribir por puro esteticismo. Las cumbres nevadas del Moncayo pueden darle mucho juego, pero siempre que piense en ellas desde la comodidad de su sofá o desde la silla de un viejo café. Porque los alpinistas, como los esquimales, no son muy dados al género lírico; quizás el frío agarrota las neuronas dificultando ese necesario flujo de acetilcolina y demás neurotransmisores que posibilitan el milagro de la creación poética.

Pero…¿qué persona sensata osaría hablar mal de la primavera?. Creo que ninguno de ustedes, queridos lectores, se atrevería a hacerlo, lo cual me reconforta. Aunque dada la coyuntura en la que nos encontramos lo que verdaderamente me reconforta es acudir a un parque cercano y desprenderme de la camisa de fuerza que el Gobierno me ha impuesto sobre la boca y la nariz para reprimir mis ansias locas de remate de aspirar los efluvios de la primavera. Con ese propósito, afectado vivamente por un desconocido síndrome de abstinencia primaveral, este domingo me he acercado a la Rosaleda del madrileño Parque del Retiro, tanto tiempo cerrada a cal y canto y abandonada a su suerte por sus jardineros. Y la desazón me ha recorrido el alma al ver sus arriates descompuestos como un campo al final de una batalla, agostadas muchas de sus flores por el calor y la falta de riego, y mutilados gran número de sus tallos, quién sabe si por manos amigas o por manos furtivas de desaprensivos. Pero la naturaleza es milagrosa y –como dirían los ingleses- de las cenizas del desastre crecen las rosas del éxito: por entre las ruinas de aquella batalla contra el calor asoman nuevos capullos de hermosas rosas que renuevan la promesa que todos los años hacen a los ingratos humanos, que es la de reciclarse eternamente para nunca desaparecer.

Y esto hay que celebrarlo. Como la primavera es tan benévola con la humanidad haciéndonos tal regalo que no nos merecemos ni podemos pagar, nosotros –la redacción de este periódico- hemos decidido corresponder a ese gesto organizando un concurso poético en su honor. Podrán participar todas las personas que lo deseen enviándonos un poema de no más de ochocientos versos, que pueden ser libres o sujetos a métrica y rima a gusto del poeta. Eso sí: se rechazará categóricamente toda poesía que hable mal de la primavera. El plazo para enviar sus creaciones a la dirección de este periódico finaliza el próximo 20 de junio, último día de estancia oficial de su estancia en España; todo ello a salvo de que el Gobierno, sabiamente asesorado por el Dr. Simón, decida prorrogar por real decreto esta estación del año, en cuyo caso quedará ampliado el plazo de presentación de escritos por igual espacio de tiempo. La poesía que acaso fuere elegida como la más hermosa y original por el tribunal calificador (presidido por mí) podría ser premiada con diez mil euros en metálico, además de aparecer en la portada del periódico. Y digo “podría” porque se trata solo de una posibilidad, ya que también podrían darse otras posibles situaciones como, por ejemplo, que el premio se declarase desierto y que todos los escritos recibidos fueran arrojados directamente a un contenedor municipal de papel sin haber sido leídos. ¿Merece la pena, pues, participar en un concurso en el que se ofrece tan vaga posibilidad de recibir un premio, por suculento que éste pueda ser?... Yo creo que no; pero ésta es solo mi modesta opinión, que puede valer tanto como la de cualquiera de ustedes; y no quisiera yo pecar de cruel quitándoles de antemano la esperanza que puedan abrigar de ver dignamente remunerado su talento, así que les invito a participar en este concurso y -como diría Rubén Darío- a perseguir por el cielo de Oriente la libélula vaga de una vaga ilusión. Al fin y al cabo de Oriente vienen los Reyes Magos todos los años cargados de regalos para nosotros, y por más que la izquierda se dedique a tratar de convencer a los niños de que estos personajes, propios de una cultura machista y heteropatriarcal, no existen, lo cierto es que nunca faltan a su cita navideña. Una cosa sí les puedo garantizar: aunque escribir panegíricos a la primavera y enviarlos a quien acaso no se los vaya a leer pueda parecer una pérdida de tiempo, en realidad no lo es tanto, al menos en la medida en que sí lo es dedicarse a los juegos de envite y azar. Porque si bien estos juegos no llevan a ninguna parte, como no sea a sentar plaza en un comedor social, los juegos florales o concursos poéticos no cuestan dinero y además despiertan en nosotros poderosos mecanismos intelectuales y sensaciones vivificantes que elevan nuestra alma a esferas superiores del pensamiento (sea lo que se entienda por estas esferas, que yo nunca he visto).

Por mi parte, mi homenaje a la primavera es el que hago a su magna creación: la rosa, a la que he ido a presentar mis respetos este domingo. Pero yo no voy a presentarme a este concurso.

La rosa

Escuchad lo que me pasa:

¡Todo mi ser se embelesa

cuando me trae la brisa

el efluvio de una rosa!

Dicha tal que se desusa

es la que mi rostro acusa

cuando esta flor tan hermosa

me perfuma la camisa

con su aroma de princesa,

de una elegancia sin tasa,

que a su belleza acompasa.

La rosa es una promesa

de amor que a su vez precisa

de nuestra entrega amorosa.

¿Y quién al amor rehúsa

poniéndole alguna excusa?

¡Qué magia tan poderosa

la rosa tiene y avisa,

que el corazón al que apresa

se transfigura en su casa!