Escribía Arturo Alejandro Muñoz, periodista chileno: "desde mi rincón yo acuso a muchos periodistas, a la mayoría en realidad, de "colijuntismo". No soy el único acusador, ni tampoco estoy inscrito en la minoría."

Hoy, en España como en casi todas las naciones del mundo desarrollado, siguiendo con este autor, es posible intuir que el periodismo resulta ser la única profesión universitaria donde el actor principal –el periodista– ha coadyuvado a rebajarse laboralmente, pues permite que sus conocimientos, ética y dignidad sean aplastadas por personajes carentes de lo anterior, pero dueños del capital y de las maromas subrepticias con las que rutinariamente cruzan la línea de la decencia y de la humanidad aplicando la máxima de lo "políticamente correcto" que, en esencia, no es sino colocar clavijas y pernos a la rueda de la Historia.

Tal "colijuntismo" (antiguamente se le conocía como "cartuchismo", aventura con inicio, desarrollo y término en un mismo capítulo ) caracteriza hoy a muchos periodistas, los define, y la prensa "oficial" (cadenas de TVE y autonómicas) se ha esmerado en rebajarse a niveles de maleteros en su afán sin límites por cumplir a cabalidad las instrucciones de un grupúsculo de empresarios y políticos que, a su vez, manifiestan estar decididos a todo; a mentir, a engañar, a distorsionar los hechos, con tal de mantener inmovilizada a una sociedad, aunque ello signifique –tarde o temprano– la ruina moral, social y económica del país.

Es en ese contexto que la prensa es un significativo aporte al crecimiento de la brecha económica y de las desigualdades sociales, así como es también responsable del mantenimiento durante décadas de una democracia de mentira y una estratificación social deficitaria y negativa.

Más aún, la prensa es causante –en alto grado– de las carencias educacionales que asfixian a los jóvenes del país, y culpable, también en grado sumo, del clientelismo desatado con la pandemia y con las "ayudas/subvenciones" a organizaciones totalmente manipuladas por los políticos "progresistas".

En todo ello, los "profesionales de la prensa", ergo, los titulados de universidades llevan muchas velas en este entierro. Ningún empresario puede torcer la voluntad y decisión profesional de un ingeniero, un geólogo, un trabajador social, un profesor, un médico... pero sí lo hace, a diario, con la feble voluntad de periodistas "colijuntos" que muestran disposición al anacronismo, aún a sabiendas que están tergiversando los hechos, aún a sabiendas que serán desnudados y apaleados a través de las redes sociales... aún a sabiendas que están lacerando España.

Sus predecesores eran esa otra estirpe, otra "raza" de hombres y mujeres de prensa, muy diferente a la actual, a esta casta de periodistas que desconocen la herencia que se les ha dejado, que incumplen las enseñanzas recibidas en la universidad, y destacan no solo por su entreguismo laxo a las órdenes de empresarios que utilizan los medios como un asunto de neta propiedad privada destinados a privilegiar los intereses de la clase política chabacana dominante, sino, también, por una lamentable carencia de información y de cultura que se ve acompañada –en muchos casos– por una débil estructura de personalidad que alimenta el menosprecio patronal a la profesión.

Pareciera mentira que muchos "profesionales de la prensa" hubiesen cursado cinco o más años de estudios en una universidad para ejecutar, finalmente, lo único que realmente hacen hoy día, lo único que saben hacer y gustan hacer, cual es obedecer ciegamente las órdenes de un editor que, a su vez, recibe un sueldo por cumplir las peticiones de un empresario... y ambos, editor y propietario, utilizan el medio de comunicación de masas sólo para defender el statu quo que permite mantener las riendas del país en las mismas manos sucias y mal cuidadas del social-comunismo.

Para tales efectos cuentan con la mano de gato precisa: periodistas colijuntos y lacayos que soslayan la historia de su propia actividad.

En ningún otro oficio como el del periodismo la frase de Neruda cobra mayor vigencia: "los de antes ya no somos los mismos". Es que los de antes sí eran periodistas de verdad (independiente del color político de cada cual). Los de ahora... ah, los de ahora, ¿qué son? No sé lo que son, pero sí sé que no merecen mi respeto.