Es de estos días la triste noticia del fallecimiento de un niño de dos años en Alicante, víctima del maltrato de la nueva pareja de la madre. O quizá de ambos, que no sería la primera vez. De cualquier manera, cualquiera que sea la mano que ha matado a ese niño y lo que decidirá la justicia, esa madre es moralmente asesina cuanto el bárbaro que había metido en su cama. En efecto, si la madre no ha protegido al niño como era su deber, máxime si el maltrato era habitual como parece, ella es también responsable y cómplice, aunque sea por inacción.

¿Y el padre? ¿Por qué no ha protegido él a su hijo?

Porque no podía. Separado de la mujer, desde hacía meses no podía ver a su hijo porque ella cambió de ciudad sin avisarle, llevándose al niño y poniéndole una denuncia por violencia de género. Con ello el contacto con el niño quedó interrumpido y el padre no pudo advertir que su hijo estaba siendo maltratado, hasta que fue demasiado tarde.

Una de esas denuncias que sabemos falsas en la gran mayoría de los casos, fomentadas por la repugnante e injusta Ley de Violencia de Género, la Gran Basura Legislativa española; una de esas denuncias que a menudo son utilizadas por madres-hiena y abogadas-culebra como armas para alejar al padre de sus hijos y dañarlo todo lo posible; una de esas denuncias de las que vive la mafia feminista del maltrato, ese odioso cáncer de la sociedad que ha convertido la ley y la justicia en un campo minado y un territorio hostil para el hombre.

Por lo tanto, además del asesino directo y la asesina por inacción, tenemos la responsabilidad de todo este sistema judicial, legislativo, mediático e ideológico que odia al varón y al padre, permeado en cada una de sus fibras por la lacra feminista que, más allá de este caso particular, ha convertido en in infierno judicial y psicológico la vida de los padres separados o divorciados. Feminismo asesino pues es responsable de esa persecución legislativa y judicial, causa directa de la extraordinaria incidencia de suicidios entre los hombres en esa situación.

No se pueden sacar conclusiones de un solo caso obviamente. Pero no es un solo caso el drama de los suicidios masculinos. No es un caso aislado el hecho de que la violencia contra los menores sea ejercida mayoritariamente por mujeres, ni que cuando falta la tutela del padre las probabilidades de que los hijos sean maltratados aumentan; a menudo por el nuevo compañero de la madre, pero también y no pocas veces por la misma madre.

Estas afirmaciones parecerán chocantes y contrarias a la percepción de la mayor parte de la gente, acostumbrada a recibir una imagen exactamente opuesta por parte de los grandes medios de comunicación. Pero es que tales medios son cómplices de la propaganda antipaterna, auténticos falsificadores de la realidad; en infinita mala fe utilizan los casos de padres asesinos como materia prima para cocinar su veneno de las mentes; aprovechando estos crímenes atroces, injustificables, de padres indignos o desequilibrados, producen esas basurpiezas periodísticas que todos hemos leído (aparecen con estudiada regularidad) cuya función es meternos en la cabeza la idea de que el padre es un peligro para sus hijos.

Cuando la madre es la asesina, en cambio, además de que el suceso recibe una atención muchísimo menor, se encuentra siempre una manera de justificarla o exculparla. Que si era maltratada, que si sufría depresión y blablablá. Y por supuesto nada de manifestaciones contra la “violencia materna” ni “tarjeta roja a la madre asesina”, ni lacitos ni payasos de la política lamiendo los ovarios a las feministas, como sucede cuando el padre es el criminal.

Esta es la idea de justicia y de “igualdad” vigente en el matriarcado histérico de Occidente.