Como la justicia, la libertad es un producto de nuestra imaginación, irracional, pero tan necesaria en la sociedad por ser utopía, que es a fin de cuentas, aquel referente inalcanzable al que se debe aspirar si lo que se pretende es progresar, tanto en el conocimiento como en la utilidad. Sin embargo, no es –la libertad– una facultad que el poder conceda sin exigir a cambio un alto precio; o bien impone una buena contribución al tesoro o permite su ejercicio a poderes más omnímodos y oscuros; la historia tiene también esa perspectiva, no exclusiva, pero real.

La vida es, como han dicho muchos hombres de Dios recitando los solamos «militia hominis superterram», o: la vida del hombre sobre la tierra es una batalla; y a esa batalla nos enfrentamos los mortales a diario, desde las primeras luces del alba hasta la caída del sol, y a veces incluso cuando dormimos: soñamos con que volamos, que visitamos a personas que ya no están o que se han ido; en definitiva fantaseamos con los deseos más profundos del alma.

De esta manera, el hombre, se ve obligado a lidiar, como un matador a la bestia, con todas aquellas contingencias que le privan de su más preciada facultad; ya sean las desavenencias del clima, las catástrofes naturales, proveerse de recursos, y sobre todo de la acción de aquellos que monopolizan el poder y que para mantenerlo han de privarle –o tener el poder de privarle– de una parte de su sustento, no solo por mantener un elevado estatus jerárquico, si no por que el tributo, es el más primitivo y repugnante símbolo de sometimiento.

Ahora bien, la tiranía de un jerarca no es capaz de sostenerse sin encontrar una causa que justifique la ocupación de los bienes ajenos, la ocupación por la ocupación –conquista– es la chispa de la sublevación. Es aquí donde empieza la propaganda, la justificación emocional del robo institucionalizado, y si antes clérigos fanáticos al servicio del poder amenazaban al súbdito con las llamas del infierno, hoy sus sustitutos –políticos no menos ortodoxos– nos amenazan con falta de servicios públicos, nos prometen horribles muertes –de las que desde luego no han conseguido librar a 50.000 españoles estos meses– o crean problemas ficticios de salud pública como “el crimen de género” mientras se siguen lucrando de los impuestos al tabaco.

Así cada cual va ocupando su lugar en el Estado, o bien se es un díscolo al que le espanta una presión tan acuciante sobre su libertad, o bien se es un esclavo satisfecho con su servilismo al que poco le importa vivir sometido. Pero a esta última hay que añadir otra categoría, son aquellos que además de ser vasallos serviles persiguen a todo aquel que está descontento o disconforme con el credo estatal; en el pasado fueron los familiares de la inquisición, que denunciaban a sus vecinos, los acusaban de practicar el judaísmo o la brujería; hoy son los marxistas de toda clase que exigen a los demás que practiquen su misma moral, a esas brujas y judíos a los que hoy llaman “fachas”.

Estos talibanes de la moral, que siempre los hay y los habrá, tratan de imponer a los demás una moral tan exigente que siempre se conducen a la hipocresía más repulsiva: mientras predican la pobreza acumulan riquezas en su templos, compran casas lujosas o derrochan en las plataformas que censuran, y es que recurriendo de nuevo a los salmos –como los antiguos griegos a la Ilíada– «los tiranos caerán sobre sus propias redes».

Todos ellos comparten un rasgo común: la superstición. Creen que en la realidad hay cosas buenas o malas en si mismas, no han tenido la deferencia hacia los demás –que los tenemos que sufrir– de pararse a pensar que las cosas son o buenas o malas según para que fin, pero lo más bochornoso es que en su vejestorio fanatismo hacen gala de un espíritu progresista y empirista del que detestan y abominan cuando sus argumento se ven superados por la realidad.