“Porque la mujer tiene el afán y es su condición complicar la vida con miserias y pequeñeces, la necesidad de vivir y desenvolverse en un ambiente de murmuraciones y de intrigas” Pio Baroja

“Buscaron el silencio para hacerse santos y lo encontraron en altivos y elevados montes, en las vastísimas soledades alejadas del siglo”

Esta leyenda estaba escrita a grandes caracteres sobre el lienzo que cubría la reforma de una iglesia en Ponferrada. La leí en uno de mis viajes por Castilla León, aquel que me llevó hasta las Médulas.

El silencio es una de esas cosas que este siglo de progreso tecnológico ha desahuciado de todas las viviendas, de todos los edificios, de todas las ciudades y de sus calles y establecimientos. De todos los lugares públicos. Ha sido sustituido por el ruido, mejor dicho, por los ruidos. Ruidos de todas clases nos envuelven estemos donde estemos. Se lleva, está de moda el ruido. Las voces, que no la conversación sosegada; atacan nuestros oídos donde quiera que estemos salvo que hayamos tenido la suerte o la inteligencia de buscarnos ese espacio nuestro y solo nuestro. Claro, que hoy el hombre y la mujer no saben estar solos porque la soledad les sobrepasa, porque no saben estar consigo mismos y el silencio, en vez de sosegarlos, los vuelve locos. Los amantes del silencio buscamos ese lugar apacible para expandir nuestros pensamientos, para sentirnos a nosotros mismos y sentir el pulso de nuestro organismo acompasado al curso del Universo, en ese ritmo circadiano que tanto beneficia a la salud porque mantiene el equilibrio entre nuestro reloj biológico y el reloj del Universo. Nunca olvidemos que formamos parte del Cosmos y que muchas de las enfermedades que asolan hoy al mundo moderno provienen de la falta de equilibrio entre nosotros los humanos y el mundo que nos rodea. Y este ruido ensordecedor que domina este mundo proviene de la masificación. Como lo denomina Ortega y Gasset en “La rebelión de las masas”: “El lleno” Hoy todo está lleno, desde las casas hasta las playas pasando por hoteles, trenes, cafés, consultas médicas, calles, parques, aeropuertos, cruceros, espectáculos…todo, todo está lleno a rebosar, lleno de gente y lleno de ruido de forma que ni encontramos sitio, ni encontramos paz y sosiego. Y uno de los ruidos más persistentes es el hablar, el hablar sin sentido; como papagayos; el hablar sin escuchar, el hablar todos a la vez importándoles nada lo que el otro dice, habla o contesta. Se habla en todos los lugares, incluso por las calles se oye hablar solas a las gentes que, con cara de alucinados, hablan a un aparatito llamado móvil que llevan pegado al oído o pegado a la boca semejando a los walking dead o a los zombis de Thriller de Michael Jackson. Y sin embargo no hay comunicación entre nadie. Y en estas el señor Rojas Marcos nos viene a decir que la mujer vive más que el hombre porque habla más ¡Acabáramos!

 Luis Rojas Marcos sevillano de origen y nacionalizado norteamericano, es profesor de psiquiatría de la Universidad de Nueva York. Acaba de afirmar que la mujer vive más que el hombre porque habla más. Según él la mujer pronuncia de medía ¡15.000! palabras más al día que el hombre y eso le da más años de vida. Lo que no aclara este psiquiatra es si el hombre muere antes porque habla menos que la mujer o porque su organismo termina agotado de oír el bla, bla, bla interminable y, muchas veces sin sentido, de la mujer. Son años, señor Rojas Marcos, los que un hombre soporta el interminable bla, bla, bla de la mujer, de forma que sus neuronas terminan agotadas y las funciones de su organismo llegan a un colapso que termina en fallo multiorgánico. Lo digo en tono irónico, pero, señor Rojas Marcos, usted debería estudiar muy profundamente si la muerte del hombre es antes que la de la mujer, no porque hable menos, sino porque el pobre hombre termina por consunción una vida en la que diariamente ha tenido que soportar ¡¡más de 15.000 palabras diarias añadidas y, posiblemente sin sentido!! que le impedían tener momentos de paz, sosiego y SILENCIO. Ese bendito silencio, señor Rojas Marcos, que ha desaparecido de nuestras vidas.