La tendencia a personalizar los males, como los bienes, no es justa. Está claro que los jefes, los líderes, en todos los sectores, desde los más elevados a los más populares, son importantes y marcan la pauta, pero incluso reconociendo lo anterior, no son sólo ellos.

Lo anterior viene a cuento de la manía de concentrar en Pedro Sánchez la responsabilidad y autoría de todos nuestros males actuales que son, sin duda, muchos. Pues bien, no es así.

No es Pedro Sánchez, no, es el PSOE, esa organización antinacional e históricamente criminal desde su constitución como ya dejó bien sentado públicamente su fundador en sesión parlamentaria en 1909.

Los males de hoy, que se achacan a Sánchez en exclusiva, tienen su origen en aquel Pablo Iglesias Posee. Son, asimismo, debidos a sus sucesores, provocadores de golpes de Estado revolucionarios y de una cruenta guerra civil, tales como, entre muchos, Largo caballero, Indalecio Prieto y Juan Negrín. Y, más cerca, tras el periodo de gobierno del Generalísimo, Felipe González y Rodríguez Zapatero; el primero, al que absurdamente no pocos echan de menos y dan categoría de “estadista”, supo que tenía que aparentar porque entonces todavía había quienes podían optar por no tragar, aunque fueran pocos; el segundo, recogió lo sembrado por el primero. Lo que ahora hace Sánchez no es otra cosa que explotar el éxito de González y Zapatero pues la fruta está madura para ser recogida.

Por lo dicho, el problema no es Sánchez, que también, claro, sino el PSOE, nacido antinacional –el único partido socialista que lo es en todo el mundo--, marxista-leninista y, sobre todo, revolucionario al peor de los estilos. Un “partido” que nunca ha hecho examen de conciencia, que nunca ha reconocido sus crímenes, que nunca se ha arrepentido y que nunca, menos aún, ha renegado de ellos, sino todo lo contrario, es decir, alardea de su historia, tapa sus vergüenzas con leyes de desmemoria y acusa a los demás de lo que él ha hecho hasta hartarse; y lo que hará si puede, porque de lo que puede ya lo viene haciendo sin rubor alguno.

El problema estuvo en la Tra(ns)ición, cuando en vez de reforma y actualización del Régimen se optó por la ruptura y su destrucción. Y pero aún, pues ya que se iban a legalizar los partidos, al PSOE había que haberle exigido para ello, al menos: a) reconocer, disculparse y renegar públicamente y sin tapujos de sí mismo y de su historia criminal que es toda, b) aceptar la historia de España y a España misma en toda su extensión y c) cambiar de nombre, o sea, legalizarse, por ejemplo, como Partido Socialista a secas. De la legalización del PCE para qué hablar, pues nunca debió permitirse debido a sus terribles antecedentes criminales en España… y en el mundo. Pero nada de ello se hizo y por eso el PSOE sigue haciendo lo único que sabe hacer: destruir España y delinquir. Así, Pedro Sánchez no es sino el capítulo actual de una serie de terror y crimen cuyos episodios anteriores se titularon Pablo Iglesias Posse, Largo Caballero, Indalecio Prieto, Juan Negrín, Felipe González y Rodríguez Zapatero, arropados por cuantos “actores secundarios” socialistas fueron necesarios, todos de igual calaña y baja estofa que ellos.

PD.- Los “otros”, o sea, la cadena UCD-AP-PP, son también, y casi más, parte del problema actual por razones múltiples que a nadie con un poco de sesera se le escapan, y para avalar lo dicho ahí están Suárez-Fraga-Aznar-Rajoy y, en breve, Feijóo --¿hubo un tal Casado?--, todos, también, y en realidad, de la misma calaña y baja estofa que los socialistas.