Ha echado a los pasayos quemados por su incuria y por sus delitos todavía en el limbo de la presunción pero, aún así, evidentes  para todo el que no sea un giliprogre de esos que le hacen asquitos a un chuletón de Ávila porque las vacas se tiran pedos que derriten los casquetes polares y porque es mucho más sana una brocheta de algas y de gusanos. Por cierto, al chef de la gusanera dietética comunista lo mantiene en la barraca de la Moncloa, no vaya a ser que los podemitas de la coalición se peguen un atracón de patatas bravas y de esas setas alucinógenas que les manda el tovarich Maduro y tenga que desmontar la carpa del circo gubernamental más rápido que un mantero de Lavapiés sin acta de diputado cuando otea a la Policía.

Cuando el sábado se nos apareció Pedro Sánchez para anunciar, hortera y campanudo, que acababa de hacer lo que cuarenta y ocho horas antes le dijo a uno de sus periodistas pajilleros que no iba a hacer: cambios en la alineación de tarados gubernamentales que gestiona con la misma eficacia que el entrenador del mítico Alcoyano, no pude evitar evocar lo sucedido en las fiestas de Tudela, hace tantos años que yo no había nacido, con un circo ambulante. Fíjense si hace años, que sucedió cuando Navarra era la vanguardia del españolismo y los navarros se enorgullecían de subdividirse en “brutos, brutísimos y de Tudela”. ¡Y a mucha honra!

Apareció por Tudela el circo. La carpa abarrotada de paisanos festivos con ganas de jarana y de lo que hubiera menester. Sale al centro de la pista algo así como el tatarabuelo de Pedro Sánchez anunciando con voz engolada: “Damas y caballeros, a continuación, traídas desde el corazón del Himalaya, veinte acróbatas liliputienses que harán las delicias de todos ustedes”. Pausa expectativa, cañón de luz sobre la pista y aparecen medio en pelotas y con tutú las veinte liliputienses. Silencio espeso en la grada. Silencio que anuncia tormenta y, efectivamente, al grito feroz de un tudelano que se sentían estafado: “¡Que no son putienses, que son jodias enanas!”, el bramido estalló en las gradas con la fuerza de una jota navarra: “¡Queremos putienses, queremos putienses y no jodias enanas!”

Eso es lo que acaba de hacer, Pedro Sánchez, el tataranieto de aquél jefe de pista circense que tuvo que huir a uña de caballo de Tudela para no acabar en el pilón, por darles a los paisanos enanas por putienses. Nos acaba de dar a todos enanos y enanas de género, sostenibles y feministas, en vez de ministros. No puede ofrecer otra cosa, en el banquillo solo tiene enanos y putienses. Muchas putienses.