Si sales a la calle con más miedo a los maderos que al inexistente coronavirus es que has entendido a la perfección que lo que menos les importa es nuestra salud. Si veías absurdo y surrealista el secuestro domiciliario para luego ir obligado a trabajar es que has entendido que les importa más su buen parné que nuestra salud, que por cierto llevan jodiendo minuciosa y deliberadamente desde hace décadas.

Benjamin y la subjetividad histórica

Siempre es necesario volver a leer a Walter Benjamin. La lucidez del filósofo judío alemán, inabarcable e imponderable. Su luminoso concepto de subjetividad histórica, por ejemplo. Benjamin inquiere, poderoso y homérico  –a través de un agudo y detallado análisis sobre la plural mezcolanza de experiencias subjetivas y las aparentes inconsciencias que van solidificando nuestro carácter – por qué interiorizamos con tanta desenvoltura la tiranía, simbolizada habitualmente en la figura del Estado, adopte el disfraz que adopte. Estado siempre aliado con el Gran Capital.

Benjamin reflexiona, en ese sentido, sobre las consecuencias- siempre deletéreas- por disentir de los postulados nucleares del Leviatán. Con el burdo y obsceno pretexto de una falsa pandemia, bajo su opresiva bota, la historia devendría ya, por lo tanto, un estado de excepción permanente, un enorme campo de concentración, prefigurando en algunos lustros a Giorgio Agamben. Para los actuales tiranizados, en consecuencia,  solo restaría resistir y batallar y contender.

Punto de quiebra

Benjamin nos recomienda- casi exige- la obligatoriedad de una toma de conciencia histórica, una suerte de “terapia” personal y colectiva –como nación y civilización -  para hacer consciente lo inconsciente, y partiendo de este quebradizo punto de partida, aparentemente banal, dar el salto para liberarnos definitivamente de este Estado Grancapitalista singularmente despótico. Los esclavizados deben plantearse un cambio efectivamente rupturista que no genere una nueva forma de opresión. El reformismo (hoy en día, tan toscamente palmario, a través de partidos - Vox, Podemos- que personifican la perfecta disidencia controlada), ineficaz y mierdero. Reformismo que perpetúa, de igual manera, el horror presente. Y legitima el espanto futuro. En fin.