El pasado día 25 de abril asistí a una invitación en plan tertulia instructiva, sobre temas diversos, vertientes sobre lo divino y lo humano.

Siempre he creído que lo mejor de la mesa, es la sobremesa, el ambiente más propicio para disertar sobre esos temas próximos a nuestra situación actual o antecesora, relacionada como causa o efecto de la actualidad.

Nada ocurre por mera casualidad.

Fue el honorable militar, don Francisco Bendala Ayuso, teniente coronel, quien me invitó a su casa, junto a El Escorial, y al grupo de militares y juristas amigos, quienes nos reunimos a la animada tertulia, y velada familiar selecta, que duró hora y media, con piscolabis posterior.

Comencé recordando temas de fondo, siempre desde la óptica irrefutable de la doctrina católica, en temas como el concepto de patriotismo, con sus obligadas condiciones de justicia social, piedad como respeto a sus enseñas e historia gloriosa y gratitudes obligadas.

Clases de regímenes políticos reconocidos por la Iglesia, en preferencia a la monarquía, como conciencia de paternidad amante del colectivo patrio y autoridad contundente y consecuente con la Justicia.

Traté del concepto de la autoridad militar como potencia defensiva nacional y de la guerra justa, derivada del derecho a la legítima defensa nacional, y elogiando el valor heroico e impagable de nuestros cruzados y mártires, testigos de la España católica secular, reducto de la defensa occidental del Reino de Cristo contra la inveterana envidia y caustica ofensiva masónica contra la imperial España, evangelizadora demedio mundo, y bastión tridentino contra protestantes, liberales y comunistas, en cuyos campos ha sido derrotado el marxismo materialista, ateo y, por esencia, anticatólico.

Hice la distinción entre “la paz de Cristo y la paz del mundo”, alusión evangélica en la que Nuestro Señor distingue entre la mera ausencia de guerra y la paz de la conciencia cumplidora con nuestros deberes de justicia para con Dios y con el prójimo, por lo que condenamos el abuso del concepto del diálogo y la paz (sin justicia), frente a la doctrina incontestable e innegociable de la justicia, cuyo fruto es la paz verdadera, la cual, no se predica: se cosecha.

No faltó la pregunta sobre el actual Papa y sus imposiciones de vacunarse. Dije que no es materia doctrinal en un Papa, la medicinal relativa al cuerpo, sino la del alma y que no siendo tal vacuna una garantía absoluta, sino recomendación de frenado a una epidemia, nunca he hablado en público del tal aseveración papal, ni he puesto en duda las decisiones personales de cada creyente, ante los fallos de tal “vacuna”.

Dije que nos es más fácil y más cobarde hablar de paz que de justicia.

Recordé que el mayor problema del  mundo es la descristianización que está suponiendo estos castigos divinos que el mundo está sufriendo, y seguirá sufriendo, cumpliendo el 3er. Secreto de Fátima, tan ocultado por el Vaticano en su integridad, “para no ser profeta de desgracias” –como dijo Juan XXIII-, cuando le preguntaron.

Las cobardías vaticanas de decenios, las estamos pagando en esta “Gran Tribulación” o “Misterio de la iniquidad” (Tes. 2), anunciada por San Pablo.

“Pero el que persevere hasta el final, se salvará” (Mat. 24).