Sólo las sociedades enfermas en estado terminal, y la nuestra lo es sin duda, necesitan solemnizar las obviedades y normalizar las aberraciones morales. Al mundo de hoy no parece haberle servido de mucho haber vivido una pandemia decimonónica y devastadora, porque a poco que ha vuelto el bicho al estado cuasi-latente, hemos vuelto nosotros con nuestras memeces y anormalidades de antaño, volviendo locos a los pocos cuerdos que van quedando en este manicomio global.
 
Si en Estados Unidos, hubiese sido un policía negro el que hubiera asesinado a un delincuente negro, no habría pasado nada. Se asume como casi normal que haya, entre cualquier colectivo, un ajo podrido que se extralimita en sus funciones. Tampoco ocurre nada si una mujer asesina a otra mujer, o si dos homosexuales se agreden entre sí. Y no pasa nada por la sencilla razón de que lo que menos importa al mundo de hoy es la persona humana. El dolor y el sufrimiento humanos no importan; lo único que importa es que haya una diferencia racial, sexual o religiosa que pueda alimentar el conflicto.
 
Después, de ese conflicto viven todos. Los promotores de conflictos, con Soros y Gates a la cabeza. Los politicuchos de todo el mundo, que siguen las consignas mundialistas a pies juntillas, so pena de no volver a ser invitados a las tenidas masónicas del Club Bilderberg. Y por supuesto, los medios de comunicación, alimentados con el dinero público que manejan los partidos, y gobernados por editores sin escrúpulos, capaces de venderse al mejor postor, aunque sea a costa de mentir, de manipular, y de falsear la realidad. De presentar los hechos de manera distorsionada para confundir a la opinión pública. 
 
George Floyd no murió por ser negro. George Floyd murió porque tuvo la mala suerte de cometer un delito menor y caer en manos de un policía sin escrúpulos, un matón de discoteca con un currículum lleno de atrocidades parecidas a la última que cometió en Minesotta. Todo lo que ha venido después de ese suceso, las primeras protestas, los saqueos en las tiendas, las algaradas violentas de los antifas, las redes sociales con sus puerilidades, el supermercado arrasado en Gerona por una turba de inmigrantes solidarios con la muerte de Floyd, primeros ministros clavando su rodilla en el suelo..., todo eso no es más que parte de la estrategia globalista para resucitar un problema que lleva muerto y enterrado varias décadas. 
 
Porque el racismo, como el machismo o el fascismo, son fantasmas del pasado que ya no volverán. Pertenecen a los libros de la historia de la humanidad. Y es precisamente por eso, porque no existen o porque lo que queda de ellos es absolutamente residual, por lo que los popes del globalismo necesitan revivirlos. Necesitan presentarlos como un problema presente, un peligro para la democracia y para la convivencia, y de paso agitar el conflicto, que es de lo que ellos y sus MCS afines, viven espléndidamente bien. Enfrentando a las pobres gentes y engañándolas con mentiras de consenso que cualquier persona capaz de mantener un juicio sereno comprobará que son burdas falacias. 
 
No es necesario condenar el racismo, como no es necesario repetir que hombres y mujeres tenemos igualdad de derechos y obligaciones. Son obviedades. Las preocupaciones reales de la gente de bien son otras. Pero para esos problemas, la casta política española y mundial no tiene soluciones ni respuestas; para esos problemas, la casta política no está preparada y no lo estará nunca. Lo suyo es la demagogia barata, la mentira, la manipulación constante y el envilecimiento de los ciudadanos, que terminan siendo rehenes y esclavos de sus demenciales planteamientos. Pretendiendo que un problema de hace dos siglos, como era el racismo generalizado, lo siga siendo hoy.
 
En España, han muerto decenas de miles de compatriotas en una pandemia mal gestionada por nuestro gobierno. Todavía no se les ha hecho el merecido homenaje, ni vemos un clamor general de respeto y recuerdo por unas muertes tan injustas e inhumanas. Sin embargo, nos ponemos el delantal y agarramos con fuerza el compás para unirnos a la clase globalista, no sea que alguien vaya a pensar que somos racistas por no condenar el asesinato de un negro a manos de un blanco. Sin que nadie se pare un momento a pensar que si el policía hubiese sido negro, no habría ocurrido nada.