Y yo, no. Y lo lamento hondamente. A la sazón, el actor Alfonso Vallejo. “Me llamaron para una sesión de fotos, me hicieron fotos frontales, laterales y de todo lados, y las mandaron al taller de Jim Henson, y le dijeron “queremos un muñeco basado en este tío”, rememoraba hace escasas fechas en entrevista volandera

Don Pi, siempre Don Pi

Espinete y DonPi. Chelo Vivares y Alfonso Vallejo. El tiempo desfiló, el transcurrir de las estaciones lo empozoñó todo, el desmoronamiento se produjo. Ambos actores siguen encumbrando la memoria de sus personajes. De hecho, Vallejo veló durante varios años a su retoño que él era Don Pimpón, para que el crío pudiera disfrutar como cualquier otro espectador. La magia no debía desgarrarse.

Alfonso recuerda “un reportaje entero en el que se ve cómo me voy montando yo de Don Pimpón, porque yo mismo tuve que hacer inventos, ya que el personaje era muy grande y no me gustaba cómo se movía”. Pero jamás reveló nada.  Por una sencilla razón: deviene acrisolada maldad romper el indeleble embeleso que consiguió aquel barrio ochentero en el que convivían Chemita el panadero, la gimnasta Ana o el kioskero Julián. Hasta Ruth Gabriel pululaba por allí.

Afortunado, muy afortunado, el magnífico columnista de El Correo de España, César Bakken. Enhorabuena amigo, Caesar Invictus. Y gracias por tus indispensables artículos. En fin.