Pocas cosas me producen tanto asco como la izquierda de este país. Además de ruines y miserables, son cobardes. Siempre muy laxos con los crímenes de su sector “ideológico”, muy comprensivos con grupos terroristas a los que algunos incluso llegan a considerar como luchadores por la libertad, confundiendo el ser antifranquista con ser demócrata, en una perversión histórica que algunos han aceptado como buena, que ser empático con las víctimas, a las que exigen pasen pagina y olviden a sus muertos. ETA, FRAP, GRAPO y varias marcas blancas del marxismo armado español, son tan solo unas bandas de asesinos, de delincuentes y extorsionadores, que sembraron el terror en España a mediados de los 70 y hasta bien entrado los años 90. Después ya no necesitaron matar. El Estado español se rindió y la rentabilidad en los crímenes decayó. Es más cómodo estar en las instituciones que en el monte, es más cómodo manejar presupuestos y fondos públicos, que extorsionar empresarios, es más cómodo quitar o poner presidentes de una nación, que intentar matarlos, es más cómodo condicionar las leyes más importantes del estado español, que secuestrar a políticos.

La gran mayoría de los partidos políticos y sindicatos de eso que conocemos como la izquierda española, tiene una deuda con las bandas asesinas marxistas. Estas hicieron lo que ellos como organizaciones políticas, no se atrevieron. En el fondo admiran a estos criminales, a estos asesinos, a estos cobardes y miserables que mataban con el mando a distancia o por la espalda. Niños, mujeres, hombres, embarazadas, políticos, empresarios, obreros, militares, policías, civiles, solteros, casados, fueron víctimas de los asesinos. Ministros como el comunista Alberto Garzón o la borrica Irene Montero, incluso el que fuera conocido como el macho Alfa de la manada, el ex vicepresidente Pablo Iglesias, han mostrado su admiración y respeto por alguna de estas bandas de asesinos o se han mofado de algunas de las víctimas.

Este fin de semana en Mondragón, estaba prevista una marcha de 31 kilómetros para homenajear al asesino de 39 personas. Un kilometro por cada año que lleva en la cárcel. Henry Parot lleva en la cárcel 31 años, de los más de 4.500 a los que fue condenado. Por el momento, el muerto no le ha salido ni siquiera a un año de prisión por cada una de sus víctimas. La marcha fue sustituida por un sinfín de aquelarres reivindicativos para homenajear a criminales y exigir el fin de su prisión. La siempre comprensiva izquierda nacional, guardaba silencio, el silencio cómplice de los miserables, de los ruines, de aquellos que siempre han estado mucho más cerca de las alimañas que de las víctimas, aunque muy de vez en cuando entre sus filas, cayera algún camarada cercano. Con la perspectiva del tiempo, deben pensar que esos caídos suyos, eran daños colaterales asumibles, como así parecen demostrarlo los hechos.

La Audiencia Nacional no prohibió ni la marcha ni los aquelarres. Si la marcha no se llevo a cabo, fue por decisión de los propios convocantes, por decisión de los familiares y amigos de los asesinos. El gobierno presidido por el socialista Sánchez, tampoco se pronuncio ni hizo nada por evitarlos. Su cercanía a BILDU es más por devoción que por obligación, pues teniendo socios donde elegir, prefirió la opción más lógica y racional en la izquierda, pactar con los amigos de los asesinos de ETA. Marlaska tampoco habló. Debió entender que entre los asesinados por Henry Parot, no se encontraba ninguna víctima homosexual por la que mereciera la pena pronunciarse.

La semana pasada Sánchez y Marlaska convocaron el chiringuito conocido como el observatorio de los delitos de odio, para condenar una agresión imaginaria y a ocho encapuchados ficticios, en lo que conocemos como “el bulo del culo”. La verdad no les podía arruinar una buena historia. Ahora tenían la ocasión de condenar y prohibir la exaltación a un asesino real de carne y hueso, un asesino de niños, mujeres y hombres. Una historia verdadera con 39 muertos sobre la mesa y un criminal condenado, una historia que este indigno gobierno trata como “ficticia”. La izquierda de este país ya no necesita esconderse.