Cada vez es más frecuente escuchar a personas que son públicamente relevantes cometer errores de impropiedad léxica al atribuir a algunas de las palabras o expresiones que emplean un significado que en realidad no tienen. Estamos tan acostumbrados, que nadie se encuentra libre de equivocarse en este sentido, y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. ¿Quién no ha utilizado alguna vez “adolecer” en lugar de “carecer”? “Adolecer” es padecer dolor o enfermedad, mientras que “carecer” es tener falta o privación de algo. Yo mismo he oído a personas cultas decir que “adolescente” quiere decir “que adolece de madurez”.

La expresión “punto álgido”, quien más y quien menos, la hemos empleado para referirnos a un momento o situación que se encuentra en su período culminante, en lo más alto. Error. Álgido proviene del latín algidus, que tiene el único significado de “frío”. El punto más frío, el punto álgido, es el de congelación. Su contrario es el punto de ebullición. Tanto es así que cuando algo está en todo lo suyo está bullendo, mientras que para referirnos a algo que está parado decimos que está congelado.

En el mundo del famoseo, hay casos en que el uso incorrecto del lenguaje ha hecho que alguien sea recordado su desacierto. Seguro que saben a quién me estoy refiriendo si digo “estar en el candelabro”, ¿a que sí?

Es muy frecuente, si de política hablamos, escuchar o leer cómo se utiliza indistintamente “ostentar un cargo público” y “desempeñar un cargo público”, cuando en realidad no es lo mismo. Ostentar es tener un título u ocupar un cargo que confieren autoridad, y desempeñar es ejercer las obligaciones inherentes a una profesión, cargo u oficio. Qué más quisiéramos que muchos políticos que ostentan un cargo público también lo ejercieran. O al contrario, que aunque lo ostentaran, no lo ejercieran. ¿Verdad?

Por eso, no seré yo quien critique a Adriana Lastra por utilizar inapropiadamente la palabra “cacatúa” para referirse a Teodoro García Egea. Si lo hubiera dicho otra persona sí lo haría no lo duden. Pero en el caso de Adriana Lastra no, porque no tiene estudios superiores (aunque está muy satisfecha y orgullosa de carecer (no de adolecer) de ellos). Esa es la razón, y no otra, por la cual opino que hay que disculparla. No se le pueden pedir peras al olmo, y a la portavoz de PSOE creo que es excesivo exigirle que sepa que la Real Academia de la Lengua define “cacatúa” como “mujer mayor que disimula la edad con recursos exagerados en su apariencia física”. Teodoro puede pasar por algunas cosas, pero por mujer mayor, Adriana, lo siento, no pasa. Cacatúa, además, tiene otro significado igualmente insultante y despectivo para quien lo recibe, y es el de persona muy fea y de aspecto estrafalario, definición en la que, estarán conmigo, tampoco encaja Teodoro. Porque feo no es, las cosas como son, no es. Y estrafalario en el vestir, tampoco.

Debemos ser comprensivos con el hecho de que Adriana se haya sentido molesta si Teodoro ha proferido algún comentario mientras la portavoz del PSOE se encontraba en el uso de la palabra, y es que, reconózcanlo, a ninguno nos gusta que nos interrumpan cuando hablamos. Pero eso es una cosa, y otra pasar por alto que se haga en el Congreso un uso totalmente impropio de la palabra “cacatúa”. Le podría haber llamado inoportuno o maleducado. O decirle a quien ejerciera las funciones de Presidente de la Sala que lo llamara al orden. Pero llamarle “cacatúa” no, porque denota una falta de propiedad en el uso del lenguaje que es preciso poner de manifiesto. Si en algún sitio hay que ser preciso es en el Congreso, que definió el Presidente del Gobierno de España como la Casa de la Palabra. Y si lo dijo él, punto redondo.