El maná del dinero prestado por los miembros del club liberal europeo ha hecho que Pedro Sánchez pase definitivamente a cambiar su nombre, y desde el pasado martes sea conocido como Narciso Sánchez. Porque si ya de por sí se embelesaba él con su belleza y apostura, si era difícil encontrar un adonis en Castilla parecido al líder socialista, ese aplauso sin duda espontáneo, tan sin trampa ni cartón como el resto de cosas de este Gobierno, han subido el ego de Sánchez a la troposfera. Todos los ministros, con mascarilla y gel hidroalcohólico, en una larga y sentida ovación a quien tanto ha hecho por el menesteroso pueblo español.
 
Cuando los muertos por la pandemia en España superaban los veinte millares, algunos ya dijimos que este Gobierno volvería a ganar las elecciones. Dijimos que ni la bomba vírica del 8 de marzo (con Irene Montero tosiendo en la cara de sus correligionarias), ni el irresponsable mando único en las residencias de mayores de Pablo Iglesias, ni las chapuzas de protocolos sanitarios y las pueriles medidas económicas, nada de eso le quitarían el más mínimo apoyo popular al gobierno socialcomunista. Por la misma razón por la que un tirano sanguinario como Nicolás Maduro sigue manteniendo a parte de la población venezolana en un síndrome de Estocolmo permanente.
 
El modelo populista bolivariano que Monedero, Iglesias y Errejón llevaron a Hugo Chávez en bandeja de plata (y, por lo que parece, generosamente cobrado) es el que ya ha echado a andar en España gracias a este virus fugado de algún laboratorio. Ese mismo modelo que consiste en dar un subsidio (miserable pero suficiente para no morir de hambre) a toda la población que se ha caído de la clase media. Primero diez millones, después veinte millones, más de la mitad de la población española pendiente de la paga del Estado, en forma de pensión, de ayuda o de subsidio. Para no tener que trabajar y para no tener que pensar más a quién votar.
 
Lo que estos mentirosos compulsivos llaman "ayudar a los más necesitados" no es más que el intento de convertir España en la Venezuela europea. Robando las libertades poco a poco (ahora por una pandemia y mañana sin necesidad de ninguna excusa); hurtando derechos fundamentales que la mayoría de los ciudadanos desconoce. Dando a cambio otros derechos que no lo son, pero que sirven para anestesiar las almas, para adormecer las conciencias, para empujarnos al mátrix progresista de tal forma que cuando queramos despertar, ya estaremos al final de la novela de Orwell.
 
Los 70.000 millones de euros que nos ha regalado Bruselas a cambio de que nos convirtamos en un país serio en un tiempo récord, es el ansiolítico social que necesitaban Sánchez e Iglesias para decorar su proyecto totalitario. Dinero fresco para tapar bocas y llenar estómagos antes de que se empiece a escuchar, como por megafonía colectiva, el ruido de las tripas de los españoles. 70.000 en ayudas y otros 70.000 en préstamos, y después una de gambas, porque yo lo valgo. Sin reconocer que tenemos el país en colapso financiero y en la UCI de la confianza.
 
Somos un país, en fin, que ni siquiera fue capaz de celebrar con una festividad nacional a nuestro Santo Patrón, Santiago Matamoros, suponemos que para no molestar a nadie de los que no se debe molestar. Un país que como no cree en los santos, porque tampoco cree en el Padre Celestial, tiene que creer en los billetes verdes que llegan de Bruselas, en las paguitas de 400 euros que nos regala graciosamente Pablo Iglesias, y en una cultureta de libertinaje permanente que no hace más que proponer los peores vicios como si fuesen las virtudes colectivas de antaño.
 
Ya saben que somos optimistas por naturaleza aunque a veces no lo parezca. Y como ocurriera en la batalla de Clavijo, en las Navas de Tolosa, en Lepanto y siglos después con motivo de la invasión napoleónica, España sabrá sacudirse la mugre infecta que le impide ser ella misma y respirar. Volverá a reír la primavera sobre la piel de toro, por mucho que nos aborrezcan a los españoles quienes tienen la obligación de servirnos. Tendremos la ayuda del Apóstol Santiago y también de nuestra Madre del Cielo.