En su columna de ayer, Juan Manuel de Prada recuperaba una sentencia magistral de Marcuse, quien dijo que el hombre moderno se caracteriza por reclamar "el derecho de la razón autónoma a reconfigurar la realidad, aun en contradicción con los hechos". Lo tremendo del caso no es que Marcuse acertase de pleno en esto, sino que son pocos los hombres modernos que consiguen escapar de esa forma de esquizofrenia. Convertir los caprichos particulares en derechos universales, y hacer de cualquier aberración moral una nueva ley.
 
A lo largo de los últimos años, este programa ha combatido ferozmente las mentiras del Sistema, entre las cuales la Desmemoria Histórica y todo lo relativo a la Dictadura de Género ocupan un lugar destacado. Y si en lo primero, era obligado borrar la realidad de nuestros mejores hombres para convertir a los peores en necesarios, en lo segundo era imprescindible borrar la ley natural y la moral objetiva para así configurar una nueva y aterradora naturaleza humana. La que permite que cada cual decida su sexo, se aparee con quien quiera, que el Estado reconozca la aberración y encima la pareja resultante pueda adoptar niños como si tal cosa.
 
Nosotros ya hemos dicho que nos importa entre poco y nada con quien se junte cada cual en la alcoba. Al contrario de lo que dicen los analfabetos y los manipuladores, durante el franquismo sí había homosexuales, la mayoría de los cuales vivían sus relaciones de la misma forma que los heterosexuales, es decir, en la intimidad de su casa, que entre otras cosas, para eso está. La diferencia es que ahora, con el apogeo del libertinaje, la intimidad se ha convertido en espectáculo público. Y la homosexualidad ha pasado de ser una extravagancia de la naturaleza a una especie de obligación cívica y democrática, pasando a ser los varones heteros una especie de trogloditas.
 
Ningún motivo de orgullo, por tanto, es ser homosexual, ni tampoco ser lo contrario. Salvo, claro, que de ese orgullo dependa la ideología izquierdista, que, tras la caída de la dictaduras comunistas en los años ochenta, se quedó prácticamente sin nada que defender. De ese fracaso ideológico nació el homosexualismo y el feminismo, otra aberración llena de clichés facilones y mentiras, que está destrozando familias, humillando a miles de hombres decentes y haciendo prácticamente imposibles las relaciones entre hombres y mujeres, antaño tan naturales como las fuentes de agua clara. Detrás de esas aberraciones hay mucha gente cobrando sueldos millonarios sin dar un palo al agua.
 
En esta España que está jaque mate en la economía, con un vicepresidente del Gobierno que se dedicó presuntamente a fisgar en el teléfono móvil de una compañera de partido, que vive en un casoplón como si fuese un marqués cuando decía que era Carrillo redivivo y la esperanza del menesteroso proletariado español, en esta España que pasará en poco tiempo de las UVIS llenas de ancianos moribundos a la mendicidad de miles de trabajadores, con un presidente que miente más que habla, en esta España, amigos, siempre hay dinero para tonterías. Siempre hay dinero para organizar fiestuquis ideológicas, como la bomba vírica del 8 de marzo, para más gloria de la marquesa de Galapagar, o como las estupideces en torno al Orgullo Gay de este año, por suerte sin carrozas ni espectáculos denigrantes, pero con la misma propaganda mediática.
 
No pidan un aumento de las pensiones, porque para pensiones no hay un duro. Si tienen un hijo discapacitado, no pidan ayuda, porque las arcas públicas están vacías. Si necesitan una dentadura postiza, se siente pero se la pagan ustedes, porque el Estado no puede. Ahora, eso sí, dinero para subvencionar a los partidos, a los sindicatos, a las ONGs entregadas a la izquierda sectaria, dinero para lobbies feminoides, dinero para las víctimas del franquismo, dinero para cambiarse de sexo cada dos o tres semanas, para eso, el que quieran, el que haga falta. No tendremos UVIS para el coronavirus ni trajes especiales de protección para los médicos, pero dinero para que se pueda abortar gratis, el que haga falta. Así es la España del siglo XXI.
 
Decía De Prada ayer que las ideologías son hoy "meras colecciones de consignas que niegan la realidad de las cosas y la someten a la voluntad humana, cada vez más fanatizada". Sin asomo de la verdad, igual que sin asomo de Dios, que hace tiempo fue expulsado a patadas de la modernidad. Así nos va. Hemos cambiado la fortaleza por la sensiblería, el sentido de la realidad por el derecho a opinar acerca de ella, y el apego a las verdades eternas por la farfolla pestilente del democratismo, con sus puerilidades y sus fantasías. Muchos nos tememos que ni esta pandemia, que parecía destinada a cambiarlo todo, nos sacará de nuestro bucle demencial.