Septiembre sabe como el café de los crápulas, ese café del final de la madrugada bebido como un antídoto contra las primeras oleadas de la resaca en una barra llena de gente que huele a ducha reciente y a jornada pendiente. Septiembre abre sus cortinas de pereza y urgencia ante la inercia del bostezo de agosto. Los relojes de septiembre son lentos, muy lentos. Las horas y sus cachorros, los minutos, se hacen de fatiga y plomo en la relatividad del tiempo, y su hoja en el calendario se hace perenne en la mesa de la oficina o en la alcayata de la cocina, de la que cuelga como el aviso de una condena.

En septiembre la noche apaga la luz cuando aún volaban los pájaros de agosto. En septiembre despegan antes los murciélagos en ese espacio sin ventilar que dejamos al marchar y que encontramos al regresar. Nada empieza en septiembre por mucho apresto que le echemos a la voluntad de renovación. Nada. Septiembre es deuda y tarea pendiente arrastrando los pies sobre sus mañanas remangadas y sus tardes de chaleco. En septiembre nos espera el tiempo viejo como un fiscal, sin la esperanza de un tiempo nuevo porque las mañas y las rutinas, la comodidad y el miedo no los hemos arrojado por los acantilados de agosto, viajan con nosotros en el equipaje que nos traemos a septiembre. Y como las maletas tienen ruedas, no hay agobio ni fatiga acarreando el fardo. Tiramos del morral, en vez de tirar el morral, sin saber que es él el que tira de nosotros.

Bienvenidos a septiembre, a su café de resaca vieja y a su futuro de espejos añejos, a los que se asoman golfos veteranos y tontos nuevos.