La intolerancia política que se respira es asfixiante, las ideas parecen irreconciliables y las acusaciones son continuas: homófobo, racista, facha, son los insultos que hoy dedica la izquierda a todo aquel que no inca la rodilla ante sus postulados existencialistas y ante el materialismo marxista. “no habrá piedad para los malvados” parecen decir las caras de aquellos jóvenes fanatizados por sus líderes a la convocatoria de alertas antifascista, que no son otra cosa que las persecuciones de la disidencia.

En este ambiente fratricida se destila un debate sobre la tolerancia de lo adverso –ambiguo término que se confunde con el de respeto– la ciudadanía increpada y seducida por la extrema izquierda ha asumido que es imposible convivir en el respeto a las ideas del adversario –se muestra incapaz de hacer un mínimo esfuerzo por entenderlo– así se produce una transmutación del adversario al enemigo y el por tanto se pasa del adversario respetado al enemigo que hay que combatir.

Sostener la idea de la “intolerancia tolerante” además de constituir un error lógico en su formulación teórica, conduce a graves consecuencias prácticas, no solo aniquila el respeto a la libertad de pensamiento del otro, si no que impide el necesario pluralismo que es la sustancia de un estado de derecho moderno; es la muerte de la libertad y de la democracia.

Es por esta doctrina llamada «la paradoja de Karl Popper», que algunos partidos políticos han decidido llevar las cosas aún más lejos y amenazarse mutuamente con ilegalizarse los unos a los otros. Tales proposiciones constituyen una infamia, no son sostenibles si no desde la demagogia más abyecta y producen un clima de violencia y represalia totalmente innecesario.

Proponga lo que proponga un partido, ya sea la independencia de una región de España, la canonización del Estado o la nacionalización de la banca no se le debe amenazar con una prohibición, no es misión del legislador ni del Estado decidir por un ciudadano las opciones políticas a las que puede o no puede adherirse; esas ideas no van a desaparecer y sus adeptos reafirmaran su adhesión, además de que insinuar que las ideas de uno debieran estar prohibidas es algo muy doloroso y capaz de crear y recuperar rencores maliciosos.

La buena noticia es que aun viviendo en un mundo donde la demagogia se encuentra en su zenit, la difusión de la verdad también está al orden del día, no podemos dejar que legiones de propagandistas incultos sigan deteriorando el estado de derecho y sus instituciones, que adoctrinen a nuestra buena gente en pensamientos erróneos y que conducen a la insatisfacción personal y colectiva.

La misión que la historia impone a los leales a España en las horas más sombrías de la patria, es la de luchar por la belleza, el bien y la verdad. Esta lucha debe ser adecuada a los tiempos y a las circunstancias, hoy el combate ha de ser intelectual; en parte colectivo y en parte individual. Individual por que cada uno ha de poner de su parte, formándose y formando a otros en la belleza del conocimiento, y colectiva porque la fuerza reside en la unidad, que en definitiva constituye la idea más elemental de los patriotas y la más alejada para los nacionalistas.

La superstición, la intolerancia, la violencia, la división y la supremacía moral e intelectual no cabe en la nueva España que debemos conformar; una patria moderna, alejada las ideologías y basada en la racionalidad social, la realidad cognoscitiva y la objetividad moral, donde jamás se vuelva a proponer la ilegalización de una persona o de sus ideas.