Los secretos de los Reyes queman los ojos y los oídos de sus custodios quienes, a medida que el Monarca se degrada en su conducta, asumen, siquiera sea en los desvanes de su conciencia, tan alejados de la pompa y del protocolo como el Honor del Rey decadente, que cuando Napoleón Bonaparte decía que “no hay hombre grande para un ayuda de cámara” iba más allá de las igualitarias necesidades fisiológicas y de su necesaria e inapelable satisfacción, tanto en el plebeyo como en el patricio.

Cuando un Rey olvida los Versos Áureos de Pitágoras: “No cometas nunca una acción vergonzosa/ni con alguien ni a solas/Ante todo, réspetate a ti mismo” abdica y deserta de la magistratura del ejemplo, que es lo único que hace al hombre vencer, incluso cuando apura hasta las heces el vino amargo de la derrota. Por tu ejemplo vencerás. Siempre. No importa el lugar que ocupes en el podium de la vida. Importa el ejemplo de tu conducta para, al final, desplegar la bandera de Runhar Kipling en “el minuto inolvidable y cierto de sesenta segundos que te llevan al Cielo”. Eso importa, lo demás es quincalla.

Por codicia y por lujuria el Rey Juan Carlos se ha degradado a sí mismo. Sus acciones vergonzosas, perpetradas al amparo de los privilegios de su linaje le han arrastrado a un destierro autoimpuesto (¿) del que, si le queda un eco de memoria histórica y una brizna de respeto por España y por la Corona, no debería regresar jamás. Sus regularizaciones fiscales, no le eximen de su vergonzosa conducta, la confirman. La pública renuncia de su hijo a recibir la herencia paterna es un gesto que honra a Felipe VI en la misma medida que degrada al padre, y que rubrica y evidencia la pringosa ponzoña del patrimonio material acumulado por Juan Carlos I.

No te han derrotado, Juan Carlos, los republicanos, te ha derrotado el ejemplo de tu vergonzosa conducta que, por supuesto, llena de munición los arsenales republicanos. Tus caducos juglares recitan hoy tus alabanzas con menos entusiasmo con que los bachilleres de antaño cantábamos la tabla de multiplicar. Esa es tu herencia, Juan Carlos, lo demás es quincalla y propaganda, consigna y maquillaje que a nadie engaña ya. Ni siquiera a tu hijo, Felipe VI.

Solo y degradado, viejo, decadente y sin amantes prusianas, tendrás tiempo para comprobar que tu inmensa fortuna, amasada al amparo de tus inmensos privilegios, no es más que quincalla y que el teorema de Pitágoras sobre la conducta pública y privada es tan cierto como el de los catetos y la hipotenusa.