Lo siento, amigos míos, pero este 15 de octubre he cometido un fallo garrafal. Después de 65 años me olvidé de mi amiga Teresa de Jesús y de sus versos, que han sido mis acompañantes todo este tiempo y especialmente el que aprendí de memoria cuando se abrió mi rebeldía a los 15 años. Estos:

“Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero.

Esta divina prisión,
del amor en que yo vivo,
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga:
quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.

Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo el vivir
me asegura mi esperanza;
muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte;
vida, no me seas molesta,
mira que sólo me resta,
para ganarte perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero
que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba,
que es la vida verdadera,
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva:
muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios que vive en mí,
si no es el perderte a ti,
para merecer ganarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero”

 

Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada ( 1515-1582), Teresa de Ávila o Teresa de Jesús como religiosa, santa Teresa para la Iglesia desde 1622, es una de las figuras señeras de la vida espiritual de todos los tiempos. Fundadora de la Orden de los Carmelitas Descalzos, por la que se reformaba una orden anterior, la de Nuestra Señora del Monte Carmelo, del siglo XII.

Sus versos fueron y siguen siendo mi Norte y mi vida. No soy un místico, porque en este mundo ya no hay mística posible y todo es movimiento y ambiciones. Tal vez porque “aquella vida de arriba, que es la vida verdadera” está muy lejos y nunca se sabe cuándo, dónde y cómo va a llegar.

Ya sé que hablar hoy de Santa Teresa y de sus versos, y sus llantos y sus quejíos e incluso de sus “amoríos” divinos es una “ensoñación” pero como estudioso que soy de su Dios, que es mi Dios, ahí nos unimos y ahí nació, creció y sigue creciendo nuestra amistad.

Como cualquier ser humano de este siglo he vivido, he sufrido, he viajado, he trabajado, he soñado, pero también yo me lo dije un día a mí mismo:

¡DIOS!

“Yo no sé si existe Dios,

lo que sí sé es que cada mañana

cada tarde, cada noche,

cada mes y cada año

yo hablo con mi Dios.

¿Y saben por qué?

Porque mi vida necesita

que exista un Dios”

 

Y por ella, y para ella, y para mis amigos y mis enemigos, otro día escribí:

“No le tengo miedo

al mundo.

No le tengo miedo

a la muerte

No le tengo miedo

al hambre,

ni a la miseria

ni a Hacienda.

No le tengo miedo

a los hombres

ni al cáncer.

No le tengo miedo

al diablo

ni al infierno.

No le tengo miedo

al Poder,

ni a la traición…

sólo les tengo miedo

¡ay, ay, ay!

a mi mente

y a mí imaginación”

Esperemos que el año que viene no me olvide de mi amiga Teresa.