¿Qué está pasando en Aragón? Por Santiago Molina García

El pasado domingo, día 9 de agosto, publiqué este artículo en El Periódico de Aragón. Dado que fue lo más leído de dicho diario, lo más comentado en las redes sociales por los lectores y, sobre todo, porque estoy convencido de que ocurre lo mismo en otras regiones españolas, he considerado útil enviar dicho artículo a este periódico debido al amplio impacto nacional del mismo. Doy las gracias al equipo directivo de El Correo de España por haber aceptado su publicación.

Todos los datos empíricos que se han publicado demuestran que Aragón es la región de toda Europa en la que hay mayor número de personas contagiadas por el coronavirus en relación al número de sus habitantes. Esa triste realidad ha motivado que un elevado número de gobiernos extranjeros hayan aconsejado a sus ciudadanos no viajar a Aragón.  Creo que, ante tan grave situación, lo mínimo que debe hacer cualquier persona honesta y sensata es preguntarse a sí misma cuáles pueden ser los motivos por los que nuestra región está mucho peor que la mayoría del país. Yo entiendo que  los líderes de los partidos políticos no se hagan ese tipo de preguntas, ya que todos tienen mando en plaza (PP, Cs y Vox en el ayuntamiento zaragozano; PAR, Podemos, Chunta y PSOE en el gobierno regional). En cambio, me cuesta mucho entender que, con la que está cayendo, no haya surgido un grupo de científicos y de intelectuales aragoneses que, además de reflexionar con rigor sobre el tema, no se hayan adherido a ese grupo de 20 científicos prominentes que han solicitado que una comisión internacional independiente evalúe el modo en que el gobierno ha gestionado esta horrible pandemia.

Me consta, por lo que he podido leer, ver y escuchar en los medios aragoneses de comunicación social, que el gobierno regional está preocupado por el tema. Sin embargo, hasta ahora no he encontrado por ningún lado que haya hecho pública ninguna autocrítica. Por el contrario, se ha limitado a echar la culpa a otros. En el caso de las residencias de ancianos, la culpa la tienen los trabajadores y los propietarios. En el caso de los jóvenes, la culpa radica en su irresponsabilidad social. En el caso de los temporeros, la culpa la tienen los patronos desaprensivos y chupópteros. Pero de todas las explicaciones dadas por el gobierno regional, la más descabellada, al menos desde mi punto de vista, ha consistido en afirmar que el motivo de que aquí tengamos más contagiados y más muertos que en otras regiones es porque este gobierno está siendo mucho más transparente y honesto que el de las restantes. A la vista de esta fácil y complaciente estrategia, yo me pregunto: ¿Qué ganan los otros gobiernos regionales ofreciendo cifras falsas?

Como he dicho antes, entiendo perfectamente que el gobierno aragonés no haga ninguna autocrítica y que se limite a echar la culpa de nuestra triste situación a los demás, o que los dirigentes del resto de partidos políticos que no participan en este cuatripartito que nos gobierna estén callados. Lo que me parece más sorprendente es que los científicos e intelectuales aragoneses independientes permanezcan en silencio. Pero todavía me parece mucho más inaudito que haya sectores sociales que adopten una actitud victimista y que se autoengañen creyendo que las decisiones tomadas por otros gobiernos extranjeros y regionales para evitar que sus ciudadanos vengan a Aragón se deben a que nos tienen envidia. Por desgracia, debo confesar que también ha sido muy habitual  la apelación a la leyenda negra contra España para justificar que la no aceptación por parte de medios extranjeros de las cifras de muertos por el coronavirus que ha ofrecido el gobierno español se debe  al odio y a la envidia que nos tienen los de fuera.

Esas actitudes y comportamientos conformistas muestran de forma bastante clara que vivimos en la sociedad de la cultura del silencio, cuya característica más evidente es que son muy pocas las personas que se atreven a decir en público lo que piensan, sobre todo cuando lo que se piensa es contrario a lo políticamente correcto y, por tanto, susceptible de perder algún privilegio o algún derecho. Son muchos los intelectuales que han estudiado los motivos por los que este modelo de sociedad es el hegemónico en nuestros días, aunque hay que reconocer que no existe unanimidad al respecto. Sin embargo, todos los estudiosos del tema coinciden en asegurar que ese es el mejor caldo de cultivo para que los líderes demagogos y populistas hagan creer al pueblo que el único modo de salir de una catástrofe más fuertes (¿les suena a ustedes esa expresión?) es dejando de pensar y confiando en que solo esos líderes tienen en sus manos nuestra salvación. Cuando se logra que el pueblo interiorice esos dos valores (el conformismo y la aceptación de que nuestra salvación depende del líder de turno), que es lo que ha ocurrido en esta pandemia, los principios fundamentales sobre los que se asienta la democracia se convierten en algo secundario e irrelevante.

Como explicó Freud en su libro Totem y Tabú, en las sociedades donde el principal tabú consiste en la aceptación de que solo podemos ser salvados por un líder autocrático, las personas jamás hacen preguntas impertinentes. Por el contrario, se someten a las prohibiciones irracionales como si fueran una cuestión evidente y se sienten convencidas de que cualquier violación de esas prohibiciones se resuelve siempre mediante el castigo. Ese convencimiento es esencial para entender por qué, una vez que un tema se ha convertido en tabú (es decir, en un símbolo sagrado e irracional), se produce una espiral de silencio de la que resulta casi imposible salir. A mi juicio, esto es lo que está ocurriendo en la sociedad española (y, obviamente, también en la aragonesa) y es lo que explica este peligroso silencio que impide cualquier crítica a las decisiones que están tomando los gobernantes en este tiempo de pandemia.