El espectáculo sórdido de esta semana confirma lo que desde hace tantos años venimos denunciando, a pesar de la incomprensión y los insultos de muchos desdichados. Los partidos políticos han parasitado las instituciones públicas, han gangrenado el alma nacional y han convertido nuestra amada Patria en un estercolero. Un mercadillo de vanidades donde los peores, los más torpes y mediocres trafican con los votos de los españoles para seguir en el poder.
 
Hace años, cuando se hacía público un caso de transfuguismo, se organizaba un enorme escándalo y el tránsfuga recibía tal cantidad de improperios que a menudo abandonaba el cargo y se marchaba a su casa, avergonzado. Ahora, cuando se ha perdido ya toda noción de decoro y el mínimo respeto a las formas, los politicuchos cambian de partido de un día para otro, con toda desfachatez, para seguir agarrados a la ubre del sueldo público, ese maná fácil e inagotable que les permite hacer el vago y vivir como verdaderos reyes.
 
Vayamos por partes. Parece claro que toda esta marejada política parte de la voluntad de Inés Arrimadas de ser el felpudo de Pedro Sánchez. A través de sus perritos falderos, Redondo y Cuadrado (nótese el cachondeo), idearon una moción de censura en Murcia para echar al PP del poder por un "quíteme allá esas pajas". Al final, tres diputados naranjitos han abandonado a Arrimadas, frustrando la moción y dejando todo como estaba. Tanto lío y tanto secretismo para finalmente hacer el ridículo de manera lamentable. 
 
El amago en Murcia sirvió a Díaz Ayuso para curarse en salud y convocar elecciones en Madrid, cosa que tenía todo el derecho a hacer cuando quisiera, como cualquier presidente. Isabel estaba hasta el moño del niñito Aguado, que debe ser pelma como un cuñado en paro. Su órdago no solamente hace picadillo a C'S en Madrid, sino que permite recomponer la alianza con Vox, construyendo los puentes que torpemente bombardeó Casado durante la frustrada moción de censura de Abascal a Sánchez. Ayuso empieza a dejar claro que los únicos pantalones que hay en su partido los viste ella.
 
Ahora las urnas decidirán el 4 de mayo. A veces se convocan elecciones en la certeza de que uno va a arrasar y el pueblo (siempre caprichoso y voluble) te da la espalda. Pero Díaz Ayuso representa la única y verdadera oposición real a Sánchez e Iglesias, que han intentado de todo para intentar derribarla, sin éxito. Con un machismo institucional, furibundo, desesperado, viendo cómo una jovencita plantaba cara a sus torpezas y desmanes totalitarios sin despeinarse. Y dando ahora un golpe de mano para afianzar una mayoría que, con Rocío Monasterio como aliada, será una derecha reconocible y con muy pocos complejos.
 
Es, en fin, el único aspecto a destacar en un contexto político y social decadente. En una España que agoniza lentamente por una pandemia engañosa y una creciente ruina económica para trabajadores y familias. Una España que ya ni siquiera se indigna ni sale a protestar, porque prefiere el desahogo de la terraza entre amigos y cervezas clandestinas, sin distancias y con la mascarilla en el codo. Bebiendo y riendo para olvidar, porque para hacer la revolución pendiente (pensarán) siempre habrá tiempo.