Traen la muerte en el zurrón. La ofrecen como un relago desnudo de crueldad, envuelto en filantropía y piedad. La obsequían a manos llenas a quienes los hijos de Prometeo consideran candidatos a su misericordia de amables jueces de horca y cuchillo y sonrientes verdugos de lastre humano, cachivaches sin futuro que liban dolor en la ponzoña de la enfermedad e impotencia y parálisis en los labios de la mutilación y la tara, en la deficienza física y en la misteriosa niebla mental, que en los oscuros siglos de la barbarie los hubiera llevado a todos, antes de la primera leche, del pecho de la madre a la falda del monte Taigeto de la mano de los éforos de la Eugenesia y de su primordial bisturí, la Eutanasia, para que los colmillos de la intemperie se los llevase al Tártaro por higiene social. Sin ruido, sin un lamento ni una lágrima, como se pasa la bayeta, como se echa un desperdicio a la basura o se desguaza un trasto viejo.

Terminaban ya la ronda de la tómbola de la muerte. Al fondo del pasillo había una luminaria. Los éforos de la Eutanasia siguieron la luz como el lobo que rastrea a su presa. En la habitación, una mujer morena se derramaba sobre la cuna, cálida como la caricia del pan recién horneado. El niño dormía con la paz en los ojos y el arrullo de su madre en los oídos.

Los éforos sacaron del zurrón el expediente de Miriam y de su hijo. Te negaste a abortar -le dijeron con bondadosa y patriarcal severidad- y ahora tendremos que acabar con él nosotros. Os ahorraremos dolor a los dos. La amniocentesis y las ecografías no mienten, Miriam, y tú lo sabes. Lo sabías. Tu hijo no vivirá más de treinta y tres años y tú morirás poco a poco, lentamente, cada día de ese plazo, porque el niño trae consigo los estigmas del látigo de Roma y de la Cruz del Gólgota. Sé sensata y práctica, Miriam, no dejes que el fruto de tu vientre, Jesús, acabe implorando “Padre, aparta de mí este cáliz”, flagelado en el patio del Pretorio, arrastrando un madero por la Vía Dolorosa y crucificado en el Calvario, contigo a sus pies, Miriam, viéndole agonizar sin remedio. Está escrito desde que fuieste elegida entre todas las mujeres para concebirlo.