El viernes, tras la festividad del Corpus Christi, los católicos celebramos adorando el misterio del triple amor de Dios al hombre, en el místico símbolo del Sagrado Corazón de Jesús (este año el día 11).

¿Qué significa este culto?

No sólo es el Corazón de Cristo físico, sino el misterio de los amores vertidos por el Creador, Padre eterno sobre su creación en este mundo.

Así lo definió la encíclica de Pio XII “Aurietis aquas”.

1º. – Amor divino, como proyecto creador del mundo con todas sus creaturas, poniendo al humano como cumbre de su sabiduría en función de venturanza final. Plan libérrimo, fruto único del amor puro según la esencia del fenómeno volitivo amoroso: “el amor es difusivo”, no llamado a vivirlo en pura y contemplativa felicidad solitaria.

2º. – Amor humano sensitivo (de Cristo Nuestro Señor), cuyo corazón latió con el natural afecto sensorial hacia su santa Madre, a San José, a sus apóstoles y amistades, hacia los enfermos y atormentados posesos, hacia los descarriados arrepentidos o los hambrientos de pan y de doctrina salvífica.

Fue humano y su corazón representa todas las funcionalidades orgánicas y afectivas de todo hombre normal.

Reconocemos su valor caritativo y adoramos su afecto reconfortante.

3º. – Amor humano espiritual; es decir esa tendencia benéfica, salvadora de ignorantes y extraviados en las tinieblas del pecado y la desesperación, doctrinal y esperanzadora, pero con completo desinterés por su parte, propio de un Dios que nada necesita de nosotros y sólo se preocupa de la realización de su plan salvífico sobre el mundo y de cada uno de nosotros.

En estos tres grados de amor (tendencia operativa al bien de alguien o de algo) se sintetiza la obra redentora de Dios sobre el mundo.

¿Fue necesaria la Redención?

Objetivamente, era la única solución ante la ruptura del género humano con su Creador por el pecado soberbio de nuestros primeros padres Adán y Eva.

Ningún humano podía pagar aquella deuda de dimensión infinita.

Solo Dios podía condonar la deuda, restableciendo las familiares relaciones.

Pero esa solución no era obligada por parte del ofendido.

Por tanto: necesaria la Redención (y no con tanto costoso dolor humillante de la Cruz) objetivamente, pero NO necesaria hipotéticamente, sino libérrima generosidad caritativa del Dios-Padre amoroso que vuelve a darnos como a hijos pródigos, la nueva ocasión de conseguir el sapientísima fin último de nuestra salvación eterna.

Los tres estados morales en que una Humanidad como la nuestra podía hallarse, son:

  • Humanidad en estado de gracia original primigenia impecante.
  • Humanidad en estado de caída y ruptura enemistosa sin redención y abandonada a su infelicidad eterna.
  • Y Humanidad caída en ruptura, pero redimida y por tanto, esperanzada, salvada de las tinieblas del pecado (con su consiguiente absurda existencia hacia el abismo de lo irredento)… Estamos redimidos por purísimo amor de Dios.

Tras estas brevísimas consideraciones de doctrina teológica elemental, sólo cabe suponer que será del mundo que se está paganizando a pasos acelerados, yendo en la nube del ateísmo práctico, ingrato y alejado de esa correspondencia amorosa que debe por Justicia a su Dios redentor y santificador, y trasmuta su existencia en un falso paraíso terrenal, como si no existiera el eterno seno de un Padre de cuya misericordia abusa y olvida que la Justicia Dívina va a sr la balanza ineludible del último aliento terrenal.

Adoramos y correspondemos al Sagrado Corazón de Jesús: ¡amor, con amor se paga!