Lo recuerdo como si fuera ayer. Corría el año 2012, yo era un joven estudiante de segundo curso de Derecho; tras el gobierno de Zapatero la economía había quedado arrasada, el PP gobernaba con mayoría absoluta. Después del 15M y antes de que se dieran a conocer los que finalmente lo expropiaron para si, la izquierda había tomada las calles: se convocó la manifestación “rodea el congreso”, Interior desplegó una barbaridad de policías y la cosa no terminó bien ni para unos ni para otros. Esa noche veríamos la “primera” aparición pública de Pablo Iglesias en televisión.

En la universidad no estaba menos tenso el ambiente, la ideología de género empezaba a impregnar las lecciones, las leyes y las conversaciones; los marxistas radicales se colaban en las aulas para dar sus sermones, convocaban huelgas, formaban piquetes e impedían el paso, hasta circuló la noticia de que un grupo de extrema izquierda habían arremetido contra una asociación de estudiante de derecho en la Complutense causándoles serias lesiones, por no hablar de la profanación de capillas, los explosivos incautados en manifestaciones, las palizas por exhibir símbolos patrióticos y otras lindezas.

En este clima, en el que el método kale borroka se había institucionalizado entre los piadosos marxistas, en Cataluña había nacido una partido liderado por un joven jurista que fue la única esperanza para muchos de superar la timorata política del PP, que nos había dejado expuestos a esa tiranía izquierdista de facto que hoy vemos en su cenit.

Si, la situación era tensa en el resto de España pero en Cataluña se había llevado al límite, convergencia estaba dando los primeros paso de la aventura independentista –situación desconocida hasta el momento en la España constitucional–, todos sentíamos una profunda indignación y nos llevábamos las manos a la cabeza. Sin embargo, ahí estaban los chicos de ciudadanos defendiendo a capa y espada la unidad nacional en el parlamento catalán, dejándose la piel por una España fuerte y liberal .

En aquellos días la indignación que sentía no era menor que la de hoy, pero estaba en la universidad y vivía los acontecimientos en primera persona. No recuerdo como me enteré de que un grupo escindido del PP se había propuesto constituir una agrupación de ciudadanos en mi ciudad natal –Elche– , decidí contactar con ellos y pronto me uní aquella insensatez política que estábamos empezando.

Uno de mis primeros trabajos fue crear un decálogo con las ideas más destacadas del partido: regular la migración ilegal, suprimir las diputaciones provinciales, duplicidades administrativas, rebajar los impuestos, liberalizar el empleo, desideologizar la educación; en definitiva todo lo que se podía esperar de un verdadero partido liberal, anti-nacionalista y patriótico.

Aquella experiencia fue muy divertida, desde luego obtuve sobresaliente en aprender lo que se debe aprender de la política: jamás confiar en un político –no expondré aquí las tramas de las que fui testigo, quizá en otra ocasión–. Con el paso del tiempo, aquel partido casi clandestino que aun mantenía su nombre catalán se fue extendiendo por todo el territorio y en las elecciones de 2015 obtuvo unos resultados inimaginables. El bipartidismo se había quebrado, la tercera vía se materializaba, creíamos que estábamos palpando el sueño de un España verdaderamente liberal.

Poco nos duro aquella miel en la boca, una vez en las instituciones el partido empezó a doblegarse paulatinamente a todo aquello de lo que tanto habíamos abominado: la democracia interna dejaba bastante que desear– todo el que ha estado en un partido sabe que la democracia interna es un elemento decorativo–, los tributos pasaron a ser un tema secundario y la ideología marxista estaba contagiando la formación.

Unos años después, Ciudadanos me había empezado a decepcionar. Una tarde me acerqué a la reunión semanal de mi agrupación local, nada más llegar un muchacho me dio una insufrible, zafia e inculta prédica izquierdista sobre la la historia de España, y por si fuera poco al finalizar la asamblea se aprobó dar patente de corso a los partidos comunistas e independentista del municipio para reglamentar disposiciones favorables a la ideología de género. En ese punto vi que el asunto no tenía remedio y que aquellas personas habían aprendido muy poco de aquellos convulsos años, la receta para el fracaso estaba servida.

Después de aquel episodio jamás volví a ir a la sede del partido, di de baja mi afiliación, me fui con con el rabo entre las piernas y la lección bien aprendida. Poco a poco la inmensa mayoría me mis antiguos compañeros siguieron el mismo camino. Al final incluso aquel Joven jurista – ya no tan joven– catalán dimitió de la presidencia demostrando una dignidad inédita en los políticos de su generación.

En la actualidad nada queda de aquellos valientes que osaron desafiar las brutalidad del nacionalismo catalán, es doloroso contemplar como un partido que empezó siendo liberal, en el que muchos depositamos nuestra confianza, inca la rodilla ante aquellos que un día fueron sus más feroces rivales políticos. Todo lo que queda es lo que un día fue, como muchas cosas, un suspiro de España.