De la contestación que se haga a esta pregunta y del análisis reflexivo de la misma, saldrá la respuesta razonada para defenderse, para existir y oponerse; hasta para sufrir y sacrificarse, más allá de lo lógico.  Hasta las fuerzas de la naturaleza y la física se incardinan en los vectores “acción/reacción”. Tomar conciencia de la persecución y prevenirse de ella, puede otorgar la ventaja de anticipar una línea de defensa estratégica acertada y prolongarla en el tiempo.

 

Las razones de la persecución son variadas y obedecen a múltiples factores: morales, históricos, políticos, religiosos, sociales y hasta étnicos (el separatismo lo tiene como elemento diferenciador). Aunque siempre subyace un espíritu totalizador, una actitud excluyente, una idea incompatible, una fobia insalvable, un odio patológico, y hasta un complejo insuperable. Nada de ello es nuevo en el mundo; hemos vencido las invasiones bárbaras y, de su enseñanza, asentamos nuestra civilización. El problema es que las generaciones que no les ha costado esfuerzo alguno su bienestar, pronto se olvidan de sus antecesores y del deber de engrandecerlos, volviendo al punto de origen de la noria existencial.

 

¿Merece respeto la Memoria de Franco? ¿Porqué es la figura más controvertible desde los Reyes Católicos? ¿Que propósito encierra la destrucción de su figura y obra? ¿Que razón existe y asiste para qué no le defiendan quienes más le deben? ¿Puede haber futuro democrático contra Franco? Resulta esencial la contestación a estas y otras preguntas que cualquier español formula. Se hace necesaria no sólo la defensa de Franco, bastante sencilla si nos basamos en los hechos documentados; también por el honor a la verdad, presupuesto ineludible de la libertad.

 

Cuando la persecución se prolonga e incrementa, desde su muerte, hasta pretender borrarlo de la enseñanza, la memoria, la cultura, y demonizarlo; es porque obedece a un diseño para colonizarnos definitivamente, destruirnos irremediablemente y empobrecernos naturalmente. No es sólo una frustración, una patología de la izquierda por haberles derrotado en vida y haber gobernado mientras tuvo un aliento de vida. Es mucho más; es un solido proyecto para llevarnos a la fracasada republica, donde “la mano no alcance la herida”; en distintas fases, casi todas cumplidas y en trance de culminar.

 

Que todavía se oiga la estupidez conformante de que “Franco es el comodín del gobierno para desviar la atención de los problemas”, me produce idéntica sensación a la sentida de niño cuando leía a los hermanos Grimm en su fábula del “Flautista de Hamelín”. ¡Estúpidos, confiados, malvados, egoístas!, quiero ser aquel niño con muletas al que salva su lentitud y contaros, antes de que sea tarde: La historia de España fue convertida en un campo de batalla política para beneficio de Francia e Inglaterra, potencias que luchaban contra nuestra hegemonía, desde el siglo XVIII, e incrementada enormemente por los “afrancesados españoles” de la Ilustración. Y Franco es el último eslabón de nuestra continuidad histórica. ¡Despertad la inteligencia!¡abandonar la comodidad!¡suprimir la tolerancia que nos destruye! Ahí radica la persecución tenaz, sin concesiones, contra Franco.

 

Sólo quien no se respete a si mismo y defienda sin rigor una ficción histórica, puede no respetar a Franco. Sólo el que repruebe a la generación de nuestros padres y abuelos que nos salvaron del comunismo, puede condenar a Franco. Sólo el que pretenda romper nuestra unidad, la paz social y la industrialización de nuestro país, puede condenar a Franco. Sólo desde la ingratitud colectiva se puede consentir la persecución histórica de Franco. Sólo nos sostendrá la fe y la razón que la sustenta. No condenemos a España, condenando a Franco, en nombre de la civilización, de la humanidad, de la modernidad o de la democracia. Más bien al contrario, por esas cuatro poderosas razones, debemos defender a Franco y, con él, a nosotros mismos.

 

Ante las corrientes de pensamiento dominantes, creadas por las élites sociales, también debemos oponernos por razones de conciencia; de lo contrario aceptaríamos que nuestros padres y abuelos eran unos monstruos, dirigidos por un monstruo hasta su muerte, curiosamente acaecida en una cama de hospital de la Seguridad Social creada por ese “malvado”, al que la inmensa mayoría veneraba. Y a esa rotunda falsedad hay que tener el valor de oponerse, cualquiera que sea el coste; pues peor sería el triunfo de la mentira, el engaño y su consecuencia: la destrucción de la patria común e indivisible.

 

¿Es la figura más controvertible, desde los Reyes Católicos? Sin duda, los Reyes Católicos representan el final de la Reconquista y los cimientos del futuro Imperio en base a la unidad política, territorial y de la fe católica, con fundamento en el derecho. Duró tres siglos nuestra hegemonía cultural, económica y política, no sin zozobras y enemigos, incluida la invasión Napoleónica. Pero con todo y con la perdida de lo que fuimos, transcurrió el convulso siglo XIX y parte del XX en constante decadencia, hasta que llega Franco y acepta el “Mandato Comisorio”, en la guerra y en la paz, como Julio Cesar, hasta consumar su mandato vital. La transformación de nuestra nación y pueblo es irreversible, en solo cuarenta años, y partiendo de las ruinas de una guerra civil y el saqueo de todos los recursos. La doble legitimidad del régimen de Franco, en origen y ejercicio, queda sellado el 1 de abril de 1939 y refrendado, a su muerte, con la aceptación, mediante el referéndum de diciembre de 1976, por la inmensa mayoría de la sociedad española. Para deslegitimar la actual democracia y todas sus instituciones, comenzando por la Monarquía, tiene que hacerse forzosamente deslegitimando de quien trae causa, extremo que incomprensiblemente ha pasado desapercibido, cuando no aceptado, por todo el espectro político no socialista/separatista. Gravísimo error cuyas consecuencias estamos pagando.

 

El propósito que encierra la destrucción de su obra a través de su figura, lleva más de cuarenta años y todavía no lo han conseguido; tiene que ver con nuestra grandeza histórica y la capacidad de conseguirlo todo, cuando nos sentimos bien mandados, dentro de un orden moral meritorio y de un sistema natural de representación política. Si no destruyeran su imagen y su obra, la comparación entre su sistema y el actual, haría insoportable la pervivencia del mismo. La mentira, la manipulación de las conciencias y de las almas desde la infancia y una presión obsesiva y totalitaria contra Franco y su obra, hacen el resto. ¿Cuanto durará?, me atrevo a aventurar que no más de cinco años, hasta alcanzar la cifra redonda de los cincuenta años de su muerte, como le ocurriera a Napoleón en Francia.

 

¿Porqué no le defienden quienes más le deben? Cuando en el Congreso, con motivo del 40 aniversario de las elecciones de 1977, el actual Jefe de Estado, Felipe VI, afirma con rotundidad en su discurso: “la guerra civil y la dictadura fueron una inmensa tragedia sobre la que no cabía fundar el porvenir de España”, un halo de perplejidad embargó mi espíritu; imagino que semejante al de los españoles que oyeron decir a Fernando VII, el 10 de marzo de 1820, “marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”, en el que refrenda su decidido apoyo a la Constitución de Cádiz de 1812. ¿Nadie le ha educado en el respeto a quien le debe el Trono? Sin esa tragedia y lo que califica de dictadura, él, su padre y su abuelo, seguirían privados de la paz jurídica “degradado de todas sus dignidades, derechos y títulos” y “cualquier ciudadano español podría aprehender su persona si penetrare en territorio español”. Eso fue lo aprobado, el 26 de noviembre de 1931, por las Cortes Constituyentes de la II República y firmado por, su admirado, Manuel Azaña. ¡Con Monarcas así, no hacen falta republicanos! ¡Que ingenuidad, ignorancia histórica o deslealtad manifiesta! Así se pierden las batallas, aún antes de plantearlas.

 

No puede haber futuro democrático contra Franco por la misma razón que no puede sostenerse un edificio sin cimientos. Franco después de vencer a la degradación democrática que conducía al totalitarismo comunista, pacificó el país, creó el estado de derecho y las instituciones actuales; donde no había más que pobreza y desigualdad, creó una clase media y elevó el nivel de “renta per cápita” al nivel de nuestro entorno europeo, industrializando el país, sin ayuda exterior. Dejó en su sucesor y en las instituciones creadas, la posibilidad de proseguir la senda de paz, progreso y libertad por él iniciado. Si hoy, después de cuarenta y cinco años, se está volviendo al origen del que partieron nuestros padres y abuelos, no es por culpa del legado de Francisco Franco, más bien por su destrucción, sin reparar en las enseñanzas de la historia.

 

Tal es el panorama de nuestra Patria: un Gobierno que languidece en su consunción; una derecha falta de fe y de convicciones, que busca el centro; unas izquierdas antinacionales. Y olvidando todos el sustantivo: ¡España!