Casi todo, en nuestra democracia de la señorita Pepis, es tan falso como la destrucción de armas de destrucción masiva de ETA ante la atenta mirada de Pedro Sánchez. Unos cetmes, unas escopetas de perdigones, seis tirachinas y un par de pistolas de agua. La broma macabra logró su punto culminante al día siguiente, con el acercamiento a Vascongadas del etarra Asier Carrera, asesino de Fernando Buesa. Así respeta Sánchez la memoria y el dolor de la familia socialista. 
 
Esa apisonadora que hizo un puré de hierro y plomo con unas armas viejas e inservibles es la metáfora de cómo la mentira institucional, la mentira desde el poder, aniquila y destroza la libertad del pueblo, dejándole cautivo de sus peores hombres. Gobernantes sin escrúpulos morales, sin respeto a nada, sin miedo a las consecuencias, porque nunca las hay. Con tal sensación de poder absoluto que no hay idea, por disparatada y vergonzante que sea, que no se atrevan a realizar para mayor escarnio de los más débiles, de las víctimas. 
 
Porque el teatrillo montado por Redondo para dar a su jefe la aureola de estadista hubiese sido eso, solamente una opereta en tres actos, una astracanada sin gracia, de no haber sido porque existen unas víctimas del terrorismo. Muchas de ellas, cuatrocientas, ni siquiera saben el nombre del asesino de su familiar. Probablemente nunca vean a ese asesino en la cárcel, porque probablemente nunca sea juzgado. Porque este circo de las pistolitas en el suelo, con Marlaska mirando su reloj para saber cuándo podría marcharse, lo que busca en realidad es desviar la atención de los beneficios penitenciarios que el PSOE y Podemos están regalando a Bildu en justo pago por su apoyo parlamentario. 
 
Sánchez no conoce la vergüenza. Tiene una sola palabra grabada en sus meninges, que es el poder a cualquier precio. Y se ha buscado un Petronio de todo a cien que además de abanicarle cuando se sofoca, le compone escenarios tan grotescos y lamentables como el del pasado jueves. Pretendiendo que nos creamos que esa chatarra convertida en foie gras tiene algún significado real. Como si la apisonadora pudiese borrar, con su paseíto de cien metros, medio siglo de crímenes atroces.
 
Quizá lo tremendo de esta truculenta historia consiste en que habrá, con seguridad, cientos o miles de españoles que se la comerán con gusto. Que pensarán lo mismo que Iván Redondo y que Pedro Sánchez. Que se dejarán engañar, una vez más, quizá porque son felices viviendo en la mentira. Que creerán que esas cientos de familias destrozadas por ETA van a respirar aliviadas después del circo de las pistolitas. Traicionando sus propias conciencias, que es casi igual de peligroso y cobarde que traicionar a los que más sufren.
 
Así es la democracia española. Un sainete de poco provecho y bastante cuento. Una ópera bufa donde siempre ríen los mismos, que son los malos. Donde el pueblo ha perdido ya la capacidad de indignarse y prefiere darse a Netflix o a la bebida para no ser consciente de la ciénaga que le rodea. Donde el inquilino de La Moncloa ha comprendido que puede hacer todo, cualquier cosa, hasta la más surrealista, en la certeza de que jamás habrá castigo ni consecuencias. Puede decirse que hemos llegado a la cima de la degradación colectiva.