Luis XVI ya había escupido la cabeza en el saco, la de su mujer, María Antonieta, pendía de un hilo de la levita de Robespierre, que el atildado padre del Terror no tardó en cortar. Pero antes de la consumación del segundo regicidio había que someter al Heredero de la Corona, al Delfín de Francia, Luis Carlos, un niño de ocho años, a la perversión de un sistema educativo que le llevó a denunciar ante los tribunales jacobinos que su madre le masturbaba y mantenía relaciones sexuales con él. Robespierre es el profeta de Lenin: “contra los cuerpos la tortura, contra las almas la mentira”. También es el precursor de Celaá y su ponzoñosa Ley de Educación.

Para los jacobinos, igual que para Celaá, la vieja maestra de veneno docente, los niños no son de los padres, son del Estado, de la Revolución, y para perpetuar el Estado Revolucionario se les separaba de los padres en nombre de la ideología con el objetivo de ensuciarles el cerebro con una lavativa tóxica llena de consignas y de odio.

La Celaá de 1793 eran el diputado jacobino Hébert y el alcalde de París, Chaumette. Mandaron a la Torre, la prisión en la que María Antonieta velaba la muerte, a un matrimonio sórdio y brutal para que educaran al Delfín, Simon, un zapatero jacobino y analfabeto, y su mujer, una sucia sans culottes que olía a flujo de burdel y a sudor de cuartel. Dos almas como la de Celaá, cuya misión era la de pervertir al Heredero robándole su identidad y su conciencia hasta convertirlo en un monstruo de ocho años capaz de acusar a su madre de masturbarse con él y para él. Le hicieron olvidar lo que había aprendido, le emborrachaban a diario, le enseñaron a hablar como un estibador y a comportarse como una bestia.

Eso es lo que la Ley de Educación de la sans culottes Celaá pretende hacer con los niños españoles más de doscientos años después de la Revolución Francesa, embrutecerlos convirtiendo sus escuelas en tabernas ideológicas y sus vidas en el bidé de la libertad.

Tuvo que llegar un soldado para acabar con la basura educativa de la Celaá sans culottes, afirmando que prefería que la formación de los niños franceses estuviera en las manos de un cura que solo supiera el Catecismo y las Cuatro Reglas, a que se encargaran de ella los venenosos jacobinos. Se llamaba Napoleón Bonaparte. En España se llamó Francisco Franco.