La primera cuestión consiste en determinar qué es la Iglesia, pues el error reside en considerar que las decisiones equivocadas de algunos jerarcas son constitutivas, o sea propias de la Iglesia, como si fueran dogmas de fe. El Espíritu Santo ilumina progresivamente a la Iglesia, donde a lo largo de su historia se han producido una serie de decisiones en el orden práctico, especialmente en medidas concretas, que pudieran ser oportunas para un determinado momento y que posteriormente ya no resultaban adecuadas, y otras que nunca fueron coherentes con el Evangelio. La Iglesia es instrumento de santificación, sin embargo, en este mundo su santidad no es perfecta y no es capaz de evitar que todos sus hijos, también los constituidos en jerarquía, cometan pecados que dañan el testimonio y actuación de la Iglesia.

Resulta absurdo e injusto, por anacrónico, condenar las actuaciones de nuestros antepasados por compartir la cosmovisión de su época histórica concreta y carecer de la mentalidad, supuestamente pluralista y filantrópica, del hombre contemporáneo. En cualquier caso, tales decisiones lo fueron de las personas que las tomaron, no de la Iglesia en cuanto tal, y por supuesto han de ser situadas en su contexto histórico.

Nos encontramos ante la estrategia derrotista y acomplejada del «perdonismo», por la que la mayor parte de la jerarquía eclesiástica ha optado desde el Vaticano II y que solo conduce a que los enemigos de la Iglesia de Cristo se sientan ratificados en sus calumnias. De este modo, la sociedad ve confirmados los prejuicios que han inoculado en su mente la corrupta e ignara clase política, el sectario sistema educativo y los medios de manipulación de masas como el cine, los documentales, las series, etc. Resulta suicida asumir las calumnias, objetivamente falsas, que sobre ti lanza el enemigo.

Los pecados de los miembros de la Iglesia no recaen sobre ella porque es Santa. La Iglesia carece de pecados. Que un padre de familia tenga la desdicha de que uno de sus antepasados fuera un asesino no lo criminaliza a él. Por consiguiente, ni el Papa ni nadie puede ser responsable de los pecados de las personas que nos precedieron.

Conceder valor absoluto a las decisiones de los jerarcas de la Iglesia implica un grave error teológico al divinizar voluntades humanas falibles, elevando cualquier decisión del politburó eclesiástico a la categoría ex cathedra, es decir infalible. Sustituyendo así la verdad por la autoridad, entendida en clave nominalista y fideísta y, en derecho, positivista. Así se comprende la desafortunada decisión de Juan Pablo II cuando durante el Jubileo del año 2000 realizó la denominada «purificación de la memoria»: una petición de perdón ambigua y contraproducente que solamente produjo una mayor confusión entre los católicos.

El principio de unidad en la Iglesia, y por el cual el Papa posee autoridad, es la gracia del Espíritu Santo que Cristo concede por los medios que Él ha establecido, mientras que los pecados y errores, ya sea de fieles, ya sea de pastores, no tienen por principio el Espíritu Santo. Con lo cual, carece de sentido, en rigor, este tipo de petición de perdón que obedece más a la supeditación de la fe a la política. Como mucho se podrá reconocer que algunos eclesiásticos actuaron mal, o que faltó fidelidad al Evangelio, siempre, por supuesto, aclarando adecuadamente el contexto histórico. En todo caso, la oportunidad de ese tipo de explicaciones debería realizarse dentro de un ámbito académico, en el que se pueda establecer un debate riguroso y no en un contexto propicio al indigenismo, penúltima mutación, junto a la ideología de género, del comunismo.