No tienen miedo porque no tienen vergüenza. No tienen futuro porque tienen demasiado pasado, un pasado sin animales rampantes en su heráldica, salvo, si acaso, el piojo, el conejo o la gallina. Tienen, eso sí, la soberbia condescendiente del imbécil que ha cubierto las consecuencias de sus actos con impunidad y con la misericordia del tiempo que siempre acaba convirtiendo el drama en un chiste, la tragedia en una broma y la traición en un chascarrillo. Sus palmeros de hogaño, que jalean el vuelo gallináceo de sus felonías de antaño encumbrándolos a los pedestales de Pericles y paseándoles de vez en cuando, de convención en convención, como se adora a un mito, son todos como esos estúpidos que se hacen sonrientes selfies en las puertas de Auschwitz. Adánicos gilipollas que desprecian el pasado porque lo ignoran y que están convencidos de que Aznar y Rajoy, comparados con Pedro Sánchez, son como los patriotas del 2 de mayo de 1808. Por eso corren a hacerse un selfi con ellos en la Convención del PP. Ven águilas y halcones donde no hay más que gallinas de corral que, a cambio de alpiste y tiempo, entregaron los despojos de España a los separatistas catalanes, a los que, desde sus mullidas jubilaciones, hoy se atreven a enfrentarse con palabras vacías e impotentes que ya nada remedian porque carecen de la fuerza del Poder.

Pablo Casado, el tonto del selfi, ha sacado de los armarios de naftalina y traición a Aznar y a Rajoy, para llevarlos envueltos en épica a la Convención del PP para hablar de España y de su Unidad frente al desafio separatista catalán. Cuando ambos tuvieron los arreos del Poder en sus manos ninguno hizo nada por defender y fortalecer la Unidad de España a la que hoy, cuando no son más que basura política jubilada, componen emasculados madrigales. Aznar vendió  España a Pujol para que el ganster separatista le permitiera hacer abdominales en la Moncloa en su primera legislatura, y el manso de Pontevedra, de dudosa masculinidad política, perpetró el crimen sin castigo de fomentar con su incuria, con su cobardía y con su fluida tolerancia un referéndum separatista y la proclamación de una republica independiente que devino ridícula en sus ocho segundos de existencia, sólo gracias a que Puigdemont es aún más cobarde que Rajoy. Si el jefe del hampa separatista hubiera tenido el escroto sólo un poquito más grande que el del pastor del rebaño de felones del PP, hoy estaríamos conmemorando el cuarto aniversario de la independencia de Cataluña.

Con esas dos gallinas de corral se ha hecho un selfi Pablo Casado en la Convención del PP como si estuviera fotografiándose con Daoiz y Velarde. No podían haber criado a un pollito mejor en el gallinero del PP.